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Mensaje
 

El Mensaje de la Misión Voyager
María E. Vera

Sonda espacial Voyager
En Agosto y Septiembre de 1977, fueron lanzadas respectivamente las dos naves gemelas de la Misión Voyager. Luego de una exitosa misión primaria de doce años, que permitió adquirir conocimientos sin precedentes sobre Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno, los Voyager 1 y 2 están destinados a vagar eternamente por entre las estrellas...
La siguiente narración fue hecha por una de las personas encargadas de elaborar el mensaje que transporta cada uno de los Voyager, y apareció publicada hace algunos años atrás en un prestigioso medio gráfico norteamericano.
ijos a un costado de la nave por medio de lustrosos pernos de titanio blanco se encuentran un fonocaptor de porcelana, una aguja de diamante y un disco fonográfico de cobre rociado de oro. Todo el paquete ha sido encerrado en aluminio para asegurar la sonoridad del disco durante 1.000 millones de años y en su cubierta se grabaron instrucciones escritas en lenguaje científico para tocarlo.

El astrónomo Dr. Carl Sagan de la Universidad Cornell; su esposa Linda Sagan; el escritor de cuestiones musicales y científicas Timothy Ferris y yo formábamos parte del equipo dedicado a la desafiante tarea de configurar un mensaje de 120 minutos para dicha grabación. Decidimos integrarlo con saludos en muchos idiomas humanos y el de algunas ballenas, un ensayo sonoro de 12 minutos, 90 minutos de música y una serie de indicaciones visuales que pueden ser convertidas en fotografías en blanco y negro y en color por extraterrestres viajeros del espacio.

Fue imposible predecir si nuestro mensaje sería recibido alguna vez por seres de otros mundos. Nunca sabremos su destino final. Transcurrirán 40.000 años antes que dicho artefacto espacial se acerque a la estrella más cercana, cientos de millones de años mientras vaga entre las estrellas de nuestra galaxia, y pasará ocasionalmente a la distancia de un año luz de una estrella, es probable que nunca más cerca. La realización del disco se convirtió por tanto en un medio curiosamente práctico de confrontar ciertas cuestiones abstractas respecto a la vida y el arte en la Tierra. ¿Somos los seres humanos capaces de realizar algo de valor universal? ¿Quiénes somos? ¿Cuáles son las características esenciales de nuestra identidad? ¿Cómo representamos a nuestro planeta? Y debido a que el Voyager estaba destinado a cruzar vastas distancias espaciales y temporales, nos enfrentó con una reencarnación del antiguo problema de la isla o el desierto. Sólo puede uno llevar un número limitado de objetos al partir a ese aislado lugar. Uno va a estar allí una buena temporada. Debe pensar con cuidado. ¿Qué es preciso llevar? ¿De qué se puede prescindir?

El disco empieza con 116 cuadros gráficos: diagramas que indican nuestra posición en la Vía Láctea; esquemas de ADN y de nuestros cromosomas, de nuestra anatomía; de nuestra estrella, el Sol; de la composición química de la Tierra y nuestra atmósfera; imágenes de nuestros océanos, ríos, desiertos, montañas, continentes, flores, árboles, insectos, aves, animales, fauna marina y copos de nieve.

También estamos representados por diversos aspectos de nuestra identidad social: nuestra forma de comer, beber, trabajar, jugar y bailar en una serie global de situaciones. Hay fotografías de logros humanos de ingeniería como el Taj Mahal, la Gran Muralla China y el puente Golden Gate. Nos mostramos solos y en grandes conglomerados como las urbes modernas. Se incluye una ilustración del Sistema del mundo de Isaac Newton que muestra la forma de colocar en órbita una bala de cañón. La secuencia termina con imágenes de una puesta de sol, un cuarteto de cuerdas, un violín y una página de la partitura del cuarteto para cuerdas en si bemol Núm. 13, opus 130 de Beethoven. (Junto con la partitura se incluye una frase musical de dicho cuarteto para demostrar la relación entre la notación y los sonidos).

Esta sección continúa con saludos del presidente Jimmy Carter, del secretario general Kurt Waldheim, de oradores en 60 idiomas diferentes, de algunos miembros del Comité de las Naciones Unidas para el Espacio Exterior y unos saludos especialmente cordiales de una pareja de ballenas.
Sigue un montaje de 12 minutos con ruidos terrestres. Se inicia con un vertiginoso torbellino sonoro que refleja los movimientos de los planetas de nuestro Sistema Solar en sus órbitas (trascripción musical del "Harmonice Mundi" de Johannes Kepler, el tratado matemático cuyos ecos pueden todavía encontrarse en las fórmulas que hicieron posible el Voyager). Sigue una secuencia de sonidos más o menos cronológicos que se inicia con los cataclismos de la etapa de formación de nuestro planeta, a través de los diluvios que dieron origen a los mares, hasta el fermento de la vida inicialmente vacilante y más tarde vigoroso. Los sonidos humanos surgen de las frías ventiscas de las eras glaciales; la tecnología presenta también sus ruidos (cuyos encantos pueden quedar extravagantemente de relieve para los extraterrestres que hayan soportado y superado su propia era mecanicista) y concluye con los primeros llantos de un nene, un conjunto de registros del cerebro y signos vitales humanos, así como la fría estática de un pulsar.
Tres cuartas partes de la grabación se componen de música. La elección de la misma resultó una cuestión tormentosa (en ocasiones discutimos hasta las tres o cuatro de la madrugada). Los melómanos tienden a defender con vigor sus opiniones al respecto y como sólo contábamos con un tiempo determinado para la grabación, todos tuvimos que aceptar la posibilidad de que fueran excluidas las preferencias personales. Algunos reconocíamos una deuda con respecto a cierta obra favorita que debíamos incluir en la grabación.

Nuestro criterio de selección de las composiciones se basó en la idea de mostrar lo más representativo de la música mundial, sugerir algo de la riqueza y diversidad de las culturas humanas de nuestro planeta y no incluir nada que no despertara un entusiasmo general (no grabar algo por simple sentido del deber). Resulta claro que era imposible encontrar la "mejor" música del mundo, independientemente de lo que esto significa. Estábamos conscientes, además, de que como norteamericanos de habla inglesa llevábamos el bagaje de una determinada cultura y no era de esperar que nos pudiéramos divorciar de nuestras predisposiciones. Pero tratamos de hacer éstas a un lado lo mejor posible sin caer en los fríos cálculos que caracterizan normalmente a los comités de selección. En el proceso, cada uno de nosotros abrió las puertas a horizontes musicales de gran belleza, cuya existencia desconocíamos. Fue durante esos días que llegamos a tomar en cuenta la solución del Dr. Lewis Thomas. "Yo votaría por Bach", escribe en The Lives of a Cell (las vidas de una célula). "Todo lo que escribió Bach salió al espacio una y otra vez. Podría decirse que estábamos haciendo alarde, por supuesto, pero sin dudas es excusable que presentemos nuestra mejor faceta al principio de tal intercambio de mutuo conocimiento. Las verdades menos gratas podrán expresarse después".

En la grabación se incluyen tres composiciones de Bach y dos de Beethoven. Ninguna de Wagner, Debussy o Brahms. Sabíamos que esta decisión se prestaría a controversias. Pero supusimos que la labor de "traducción" se facilitaría para los extraterrestres si ofrecíamos más de una obra de determinado autor, ya que el estilo personal del mismo puede captarse en cada pieza, ayudando de esta manera a establecer una base para la interpretación de toda la música. Así, acertada o erróneamente, es difícil ofrecer una visión somera de la música mundial sin ser un tanto generosos con esos dos gigantes. He aquí una ojeada a siete de las 27 selecciones y algunas de las razones para su inclusión:

Concierto de Brandeburgo Núm. 2 de Bach, primer movimiento. Escogimos la grabación de Karl Richter con la orquesta Bach de Munich por su aire exuberante -adecuado como saludo de bienvenida- su excelencia técnica y las partes de los bronces tan bien grabadas que podrían sonar claramente de los surcos del disco al llegar éste a su aniversario mil millones.

"Johnny B. Goode", por Chuck Berry. El debate sobre esta selección fue particularmente tenso. Algunas de las docenas de personas consultadas arguyeron que no debería incluirse rock-and-roll de ningún tipo. Nos preguntamos si nuestra idea de incluirlo obedecía a que habíamos recibido nuestra formación inmediata dentro de la cultura correspondiente a esta forma musical y si, en efecto, era sólo un espasmo en la historia de la música por el que sentíamos simpatía. Decidimos que el rock-and-roll es un ejemplo de dos culturas distintas reunidas en un lugar extraño a ambas: África y Europa que se encuentran en América. Otros apoyaban algo más reciente, más refinado: los Beatles quizás, Chuck Berry ganó por ser un creador en este género quien, al contrario del también fascinante Elvis Presley, interpreta una obra de su propia invención.

"La casa de los hombres de Nueva Guinea". Grabación directa hecha por Robert McLennan que fue identificada por el etnomusicólogo Alan Lomax como perteneciente a la más antigua tradición de música "primitiva" que, en la grabación, no se ha visto alterada por la música de lo que conocemos como civilización. Con una antigüedad de cerca de 1000 años, resulta hipnotizante monocromática y totalmente diferente de las piezas restantes contenidas en la grabación.

"Canción nupcial para la mujer del Perú". Una de las dos selecciones sudamericanas, es cantada por una muchacha anónima de voz cristalina que por azar se hallaba frente al micrófono del musicólogo John Cohen. Si los trinos de las aves u otros sonidos puros de las criaturas terrestres tienen alguna resonancia para los habitantes de otros planetas, estamos inclinados a suponer que esta canción también la tendrá.

"Manantiales que fluyen". Cuando llamé al Dr. Chou Wen-chung de la Universidad Columbia y le pedí que nombrara una obra musical china para el disco, pensé que me iba a pedir tiempo para considerar su respuesta. No fue así. "Manantiales que fluyen", respondió. "Esa debe incluir en la grabación. Porque es ejecutada en un ch'in de siete cuerdas, instrumento que precede en dos milenios a Cristo. Porque esta selección ha sido parte de la cultura china desde tiempos de Confucio. Porque es una meditación a cerca del sentido de afinidad del ser humano con el universo. Porque todo tipo de personas en China, cualquiera que sea su posición política, quedarían conmovidas por tal elección. Además debe ser la interpretación del fallecido virtuoso Kuan P'ing.-Hu, el Heifetz de ch'in. Ya era muy anciano cuando grabó esta obra. Envíe ésta y estará expresando mucho acerca de China". La escuchamos y fue una de las decisiones más fáciles de la grabación.

"La noche era oscura", por Blind Willie Johnson. Johnson era un guitarrista texano de blues y salmos espirituales que nunca ganó suficiente dinero con la música para mantenerse. Este nocturno para guitarra grabado en 1917 no tiene letra, es sólo un lamento que suena como una pregunta solitaria, penetrante.

"Quinto movimiento (cavatina) del cuarteto para cuerda Núm. 13 en si bemol (opus 130) de Beethoven. Sabíamos que la última selección tendría el peso adicional de un mensaje final. Elegimos esta obra exquisita porque no es la expresión de ninguna emoción única; más bien es la expresión melódica, tranquila, del dolor humano, la nostalgia y la esperanza. Es una partitura compleja plena de ambigüedades como nuestro propio futuro.

¿Quién recibirá algún día la grabación? ¿La tripulación de alguna carabela interestelar en rutina de recolección de viejas sondas espaciales, que posiblemente reconozca al Voyager como la obra de una civilización naciente y lo libre del horno para desperdicios? ¿Un mundo de gigantes cuyo lapso de vida sea tan grande que nuestra mejor música no suene para ellos más atractiva que la nerviosa turbación de insectos? ¿Una nube interestelar viviente que sentirá nuestra nave como un hormigueo en las costillas? ¿O nadie? El reino estelar puede estar lleno de pequeños artefactos como el nuestro, pequeños saludos solitarios, o ninguno. Para averiguarlo tendremos que penetrar más profundamente por nosotros mismos dicho reino y escuchar quizá sus coros de ruidos radiofónicos en busca de una señal inteligente.

Si algún día tenemos noticia de otro mundo o hallamos algunos de sus artefactos, podremos señalar al menos esfuerzos modestos como la grabación del Voyager y decir que no permanecimos ociosos sino que enviamos por nuestra parte un mensaje o dos dentro de una botella. La grabación del Voyager es la prueba de admisión cultural de la Tierra en el universo y, en otro sentido, nuestra solicitud de ciudadanía dentro de esa inmensidad.
 
Para saber más...
EL Mensaje de la Misión Voyager


Sobre la Misión Voyager

La misión Voyager fue diseñada para aprovechar una disposición de los planetas exteriores del Sistema Solar a finales de los años 70 y principios de los 80, y que sólo se da cada 175 años. Esta disposición permitía a una nave "saltar" de un planeta a otro sin incorporar potentes sistemas de propulsión. Al sobrevolar cada planeta, la nave recibía un empujón gravitacional que cambiaba su trayectoria para guiarla hasta el siguiente planeta, y además incrementaba su velocidad. Usando esta técnica de "impulso gravitatorio", el viaje hasta Neptuno se pudo reducir de 30 años a 12.

Aunque la visita a los cuatro planetas exteriores era posible, la NASA no disponía de fondos suficientes para construir una nave que pudiese cumplir este objetivo, así que se decidió que las sondas se dedicasen a un estudio intensivo de Júpiter y Saturno. Se eligió una trayectoria que permitía una cita con Júpiter y una de sus lunas mayores, Io, y otra con Saturno y su luna más grande, Titán. Para el Voyager 2 se dejó abierta la posibilidad de continuar hasta Urano y Neptuno. Las naves fueron lanzadas finalmente en 1977, desde el centro de la NASA en Cabo Cañaveral por un cohete Titán Centauro.

La misión principal de las Voyager 1 y 2 las llevó a Júpiter a finales de 1979 y a Saturno en 1980. La Voyager 1 levaba una trayectoria que la acercaba más a Saturno para sobrevolar Titán, pero esto la llevó por encima del plano de la eclíptica, impidiendo que tuviera citas con otros planetas. La trayectoria de la Voyager 2 estaba diseñada de tal forma que después de Saturno iba dirigida hacia el planeta Urano.

Cuando la NASA se dio cuenta de que era muy posible que el Voyager 2 llegara a Urano con todos sus instrumentos en funcionamiento, aprobó una extensión de la misión, considerando que la sonda podría llegar hasta Neptuno.

La Voyager 2 se encontró con Urano en 1986, enviando fotos y otros datos del planeta y sus satélites. Mientras tanto, el Voyager 1 seguía alejándose del Sol proporcionando datos sobre el espacio interplanetario. Siguiendo con la Voyager 2, ésta se acercó a Neptuno en 1989, y después se dirigió hacia el sur del plano de la eclíptica. Esta parte de la misión se ha denominado la Misión Interestelar Voyager, que pretende encontrar el límite con el espacio interestelar.

Ambas naves continuarán estudiando fuentes ultravioletas estelares, y se espera que sigan enviando datos útiles durante dos o más décadas, hasta que sus fuentes de energía no puedan mantener en funcionamiento el transmisor principal. Pero esto sólo será el inicio de una eternidad errabunda entre las estrellas...

 
Mendoza, Argentina, 15 de Noviembre de 2003.
 
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