| El Mensaje de la Misión
Voyager
María E. Vera |
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ijos
a un costado de la nave por medio de lustrosos pernos de titanio blanco
se encuentran un fonocaptor de porcelana, una aguja de diamante y
un disco fonográfico de cobre rociado de oro. Todo el paquete
ha sido encerrado en aluminio para asegurar la sonoridad del disco
durante 1.000 millones de años y en su cubierta se grabaron
instrucciones escritas en lenguaje científico para tocarlo.
El astrónomo Dr. Carl Sagan de la Universidad Cornell; su esposa
Linda Sagan; el escritor de cuestiones musicales y científicas
Timothy Ferris y yo formábamos parte del equipo dedicado a
la desafiante tarea de configurar un mensaje de 120 minutos para dicha
grabación. Decidimos integrarlo con saludos en muchos idiomas
humanos y el de algunas ballenas, un ensayo sonoro de 12 minutos,
90 minutos de música y una serie de indicaciones visuales que
pueden ser convertidas en fotografías en blanco y negro y en
color por extraterrestres viajeros del espacio.
Fue imposible predecir si nuestro mensaje sería recibido alguna
vez por seres de otros mundos. Nunca sabremos su destino final. Transcurrirán
40.000 años antes que dicho artefacto espacial se acerque a
la estrella más cercana, cientos de millones de años
mientras vaga entre las estrellas de nuestra galaxia, y pasará
ocasionalmente a la distancia de un año luz de una estrella,
es probable que nunca más cerca. La realización del
disco se convirtió por tanto en un medio curiosamente práctico
de confrontar ciertas cuestiones abstractas respecto a la vida y el
arte en la Tierra. ¿Somos los seres humanos capaces de realizar
algo de valor universal? ¿Quiénes somos? ¿Cuáles
son las características esenciales de nuestra identidad? ¿Cómo
representamos a nuestro planeta? Y debido a que el Voyager estaba
destinado a cruzar vastas distancias espaciales y temporales, nos
enfrentó con una reencarnación del antiguo problema
de la isla o el desierto. Sólo puede uno llevar un número
limitado de objetos al partir a ese aislado lugar. Uno va a estar
allí una buena temporada. Debe pensar con cuidado. ¿Qué
es preciso llevar? ¿De qué se puede prescindir?
El disco empieza con 116
cuadros gráficos: diagramas que indican nuestra posición
en la Vía Láctea; esquemas de ADN y de nuestros cromosomas,
de nuestra anatomía; de nuestra estrella, el Sol; de la composición
química de la Tierra y nuestra atmósfera; imágenes
de nuestros océanos, ríos, desiertos, montañas,
continentes, flores, árboles, insectos, aves, animales, fauna
marina y copos de nieve.
También estamos representados por diversos aspectos de nuestra
identidad social: nuestra forma de comer, beber, trabajar, jugar y
bailar en una serie global de situaciones. Hay fotografías
de logros humanos de ingeniería como el Taj Mahal, la Gran
Muralla China y el puente Golden Gate. Nos mostramos solos y en grandes
conglomerados como las urbes modernas. Se incluye una ilustración
del Sistema del mundo de Isaac Newton que muestra la forma de colocar
en órbita una bala de cañón. La secuencia termina
con imágenes de una puesta de sol, un cuarteto de cuerdas,
un violín y una página de la partitura del cuarteto
para cuerdas en si bemol Núm. 13, opus 130 de Beethoven. (Junto
con la partitura se incluye una frase musical de dicho cuarteto para
demostrar la relación entre la notación y los sonidos).
Esta sección continúa con saludos del presidente Jimmy
Carter, del secretario general Kurt Waldheim, de oradores en 60 idiomas
diferentes, de algunos miembros del Comité de las Naciones
Unidas para el Espacio Exterior y unos saludos especialmente cordiales
de una pareja de ballenas. |
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| Sigue un montaje de 12 minutos con ruidos terrestres.
Se inicia con un vertiginoso torbellino sonoro que refleja los movimientos
de los planetas de nuestro Sistema Solar en sus órbitas (trascripción
musical del "Harmonice Mundi" de Johannes Kepler, el tratado
matemático cuyos ecos pueden todavía encontrarse en
las fórmulas que hicieron posible el Voyager). Sigue una secuencia
de sonidos más o menos cronológicos que se inicia con
los cataclismos de la etapa de formación de nuestro planeta,
a través de los diluvios que dieron origen a los mares, hasta
el fermento de la vida inicialmente vacilante y más tarde vigoroso.
Los sonidos humanos surgen de las frías ventiscas de las eras
glaciales; la tecnología presenta también sus ruidos
(cuyos encantos pueden quedar extravagantemente de relieve para los
extraterrestres que hayan soportado y superado su propia era mecanicista)
y concluye con los primeros llantos de un nene, un conjunto de registros
del cerebro y signos vitales humanos, así como la fría
estática de un pulsar. |
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Tres cuartas partes de la grabación se componen
de música. La elección de la misma resultó una
cuestión tormentosa (en ocasiones discutimos hasta las tres
o cuatro de la madrugada). Los melómanos tienden a defender
con vigor sus opiniones al respecto y como sólo contábamos
con un tiempo determinado para la grabación, todos tuvimos
que aceptar la posibilidad de que fueran excluidas las preferencias
personales. Algunos reconocíamos una deuda con respecto a cierta
obra favorita que debíamos incluir en la grabación.
Nuestro criterio de selección de las composiciones se basó
en la idea de mostrar lo más representativo de la música
mundial, sugerir algo de la riqueza y diversidad de las culturas humanas
de nuestro planeta y no incluir nada que no despertara un entusiasmo
general (no grabar algo por simple sentido del deber). Resulta claro
que era imposible encontrar la "mejor" música del
mundo, independientemente de lo que esto significa. Estábamos
conscientes, además, de que como norteamericanos de habla inglesa
llevábamos el bagaje de una determinada cultura y no era de
esperar que nos pudiéramos divorciar de nuestras predisposiciones.
Pero tratamos de hacer éstas a un lado lo mejor posible sin
caer en los fríos cálculos que caracterizan normalmente
a los comités de selección. En el proceso, cada uno
de nosotros abrió las puertas a horizontes musicales de gran
belleza, cuya existencia desconocíamos. Fue durante esos días
que llegamos a tomar en cuenta la solución del Dr. Lewis Thomas.
"Yo votaría por Bach", escribe en The Lives of a
Cell (las vidas de una célula). "Todo lo que escribió
Bach salió al espacio una y otra vez. Podría decirse
que estábamos haciendo alarde, por supuesto, pero sin dudas
es excusable que presentemos nuestra mejor faceta al principio de
tal intercambio de mutuo conocimiento. Las verdades menos gratas podrán
expresarse después".
En la grabación se incluyen tres composiciones de Bach y dos
de Beethoven. Ninguna de Wagner, Debussy o Brahms. Sabíamos
que esta decisión se prestaría a controversias. Pero
supusimos que la labor de "traducción" se facilitaría
para los extraterrestres si ofrecíamos más de una obra
de determinado autor, ya que el estilo personal del mismo puede captarse
en cada pieza, ayudando de esta manera a establecer una base para
la interpretación de toda la música. Así, acertada
o erróneamente, es difícil ofrecer una visión
somera de la música mundial sin ser un tanto generosos con
esos dos gigantes. He aquí una ojeada a siete de las 27 selecciones
y algunas de las razones para su inclusión: Concierto
de Brandeburgo Núm. 2 de Bach, primer movimiento. Escogimos
la grabación de Karl Richter con la orquesta Bach de Munich
por su aire exuberante -adecuado como saludo de bienvenida- su excelencia
técnica y las partes de los bronces tan bien grabadas que podrían
sonar claramente de los surcos del disco al llegar éste a su
aniversario mil millones. "Johnny B. Goode",
por Chuck Berry. El debate sobre esta selección fue particularmente
tenso. Algunas de las docenas de personas consultadas arguyeron que
no debería incluirse rock-and-roll de ningún tipo. Nos
preguntamos si nuestra idea de incluirlo obedecía a que habíamos
recibido nuestra formación inmediata dentro de la cultura correspondiente
a esta forma musical y si, en efecto, era sólo un espasmo en
la historia de la música por el que sentíamos simpatía.
Decidimos que el rock-and-roll es un ejemplo de dos culturas distintas
reunidas en un lugar extraño a ambas: África y Europa
que se encuentran en América. Otros apoyaban algo más
reciente, más refinado: los Beatles quizás, Chuck Berry
ganó por ser un creador en este género quien, al contrario
del también fascinante Elvis Presley, interpreta una obra de
su propia invención. "La casa de los hombres
de Nueva Guinea". Grabación directa hecha por Robert
McLennan que fue identificada por el etnomusicólogo Alan Lomax
como perteneciente a la más antigua tradición de música
"primitiva" que, en la grabación, no se ha visto
alterada por la música de lo que conocemos como civilización.
Con una antigüedad de cerca de 1000 años, resulta hipnotizante
monocromática y totalmente diferente de las piezas restantes
contenidas en la grabación. "Canción
nupcial para la mujer del Perú". Una de las dos selecciones
sudamericanas, es cantada por una muchacha anónima de voz cristalina
que por azar se hallaba frente al micrófono del musicólogo
John Cohen. Si los trinos de las aves u otros sonidos puros de las
criaturas terrestres tienen alguna resonancia para los habitantes
de otros planetas, estamos inclinados a suponer que esta canción
también la tendrá. "Manantiales que
fluyen". Cuando llamé al Dr. Chou Wen-chung de la
Universidad Columbia y le pedí que nombrara una obra musical
china para el disco, pensé que me iba a pedir tiempo para considerar
su respuesta. No fue así. "Manantiales que fluyen",
respondió. "Esa debe incluir en la grabación. Porque
es ejecutada en un ch'in de siete cuerdas, instrumento que precede
en dos milenios a Cristo. Porque esta selección ha sido parte
de la cultura china desde tiempos de Confucio. Porque es una meditación
a cerca del sentido de afinidad del ser humano con el universo. Porque
todo tipo de personas en China, cualquiera que sea su posición
política, quedarían conmovidas por tal elección.
Además debe ser la interpretación del fallecido virtuoso
Kuan P'ing.-Hu, el Heifetz de ch'in. Ya era muy anciano cuando grabó
esta obra. Envíe ésta y estará expresando mucho
acerca de China". La escuchamos y fue una de las decisiones más
fáciles de la grabación. "La noche
era oscura", por Blind Willie Johnson. Johnson era un guitarrista
texano de blues y salmos espirituales que nunca ganó suficiente
dinero con la música para mantenerse. Este nocturno para guitarra
grabado en 1917 no tiene letra, es sólo un lamento que suena
como una pregunta solitaria, penetrante. "Quinto
movimiento (cavatina) del cuarteto para cuerda Núm. 13 en si
bemol (opus 130) de Beethoven. Sabíamos que la última
selección tendría el peso adicional de un mensaje final.
Elegimos esta obra exquisita porque no es la expresión de ninguna
emoción única; más bien es la expresión
melódica, tranquila, del dolor humano, la nostalgia y la esperanza.
Es una partitura compleja plena de ambigüedades como nuestro
propio futuro. ¿Quién recibirá algún
día la grabación? ¿La tripulación de alguna
carabela interestelar en rutina de recolección de viejas sondas
espaciales, que posiblemente reconozca al Voyager como la obra de
una civilización naciente y lo libre del horno para desperdicios?
¿Un mundo de gigantes cuyo lapso de vida sea tan grande que
nuestra mejor música no suene para ellos más atractiva
que la nerviosa turbación de insectos? ¿Una nube interestelar
viviente que sentirá nuestra nave como un hormigueo en las
costillas? ¿O nadie? El reino estelar puede estar lleno de
pequeños artefactos como el nuestro, pequeños saludos
solitarios, o ninguno. Para averiguarlo tendremos que penetrar más
profundamente por nosotros mismos dicho reino y escuchar quizá
sus coros de ruidos radiofónicos en busca de una señal
inteligente.
Si algún día tenemos noticia de otro mundo o hallamos
algunos de sus artefactos, podremos señalar al menos esfuerzos
modestos como la grabación del Voyager y decir que no permanecimos
ociosos sino que enviamos por nuestra parte un mensaje o dos dentro
de una botella. La grabación del Voyager es la prueba de admisión
cultural de la Tierra en el universo y, en otro sentido, nuestra solicitud
de ciudadanía dentro de esa inmensidad. |
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Para
saber más... |
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Sobre la Misión Voyager
La misión Voyager fue diseñada para aprovechar
una disposición de los planetas exteriores del
Sistema Solar a finales de los años 70 y principios
de los 80, y que sólo se da cada 175 años.
Esta disposición permitía a una nave "saltar"
de un planeta a otro sin incorporar potentes sistemas
de propulsión. Al sobrevolar cada planeta, la nave
recibía un empujón gravitacional que cambiaba
su trayectoria para guiarla hasta el siguiente planeta,
y además incrementaba su velocidad. Usando esta
técnica de "impulso gravitatorio", el
viaje hasta Neptuno se pudo reducir de 30 años
a 12.
Aunque la visita a los cuatro planetas exteriores era
posible, la NASA no disponía de fondos suficientes
para construir una nave que pudiese cumplir este objetivo,
así que se decidió que las sondas se dedicasen
a un estudio intensivo de Júpiter y Saturno. Se
eligió una trayectoria que permitía una
cita con Júpiter y una de sus lunas mayores, Io,
y otra con Saturno y su luna más grande, Titán.
Para el Voyager 2 se dejó abierta la posibilidad
de continuar hasta Urano y Neptuno. Las naves fueron lanzadas
finalmente en 1977, desde el centro de la NASA en Cabo
Cañaveral por un cohete Titán Centauro.
La misión principal de las Voyager 1 y 2 las llevó
a Júpiter a finales de 1979 y a Saturno en 1980.
La Voyager 1 levaba una trayectoria que la acercaba más
a Saturno para sobrevolar Titán, pero esto la llevó
por encima del plano de la eclíptica, impidiendo
que tuviera citas con otros planetas. La trayectoria de
la Voyager 2 estaba diseñada de tal forma que después
de Saturno iba dirigida hacia el planeta Urano.
Cuando la NASA se dio cuenta de que era muy posible que
el Voyager 2 llegara a Urano con todos sus instrumentos
en funcionamiento, aprobó una extensión
de la misión, considerando que la sonda podría
llegar hasta Neptuno.
La Voyager 2 se encontró con Urano en 1986, enviando
fotos y otros datos del planeta y sus satélites.
Mientras tanto, el Voyager 1 seguía alejándose
del Sol proporcionando datos sobre el espacio interplanetario.
Siguiendo con la Voyager 2, ésta se acercó
a Neptuno en 1989, y después se dirigió
hacia el sur del plano de la eclíptica. Esta parte
de la misión se ha denominado la Misión
Interestelar Voyager, que pretende encontrar el límite
con el espacio interestelar.
Ambas naves continuarán estudiando fuentes ultravioletas
estelares, y se espera que sigan enviando datos útiles
durante dos o más décadas, hasta que sus
fuentes de energía no puedan mantener en funcionamiento
el transmisor principal. Pero esto sólo será
el inicio de una eternidad errabunda entre las estrellas...

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| Mendoza, Argentina, 15 de Noviembre de 2003. |
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