¿Civilizaciones en el Universo?
El debate histórico entre Ernst Mayr y Carl Sagan
Alberto G. Fairén Centro
de Biología Molecular, Universidad Autónoma de Madrid.
Seminario de Ciencias Planetarias, Universidad Complutense de Madrid.
Francisco Anguita
Departamento de Petrología y Geoquímica,
Universidad Complutense de Madrid.
Seminario de Ciencias Planetarias, Universidad Complutense de Madrid.
|
| |
| En el año 2000,
el libro “Rare Earth” retomaba el viejo debate
sobre la pluralidad de la vida inteligente en el Universo.
Sin embargo, cinco años antes, Ernst Mayr y Carl
Sagan habían profundizado ya en las raíces
científicas del problema desde puntos de vista diametralmente
opuestos, en un debate que permanece como un clásico
en los anales de la gran ciencia popular moderna. |
 |
|
a
vida de tipo microbiano es muy común en el Universo, tal vez
más común de lo que soñaron Frank Drake y Carl
Sagan". Esta aseveración se recoge en el prólogo
del libro "Rare Earth"(1),
publicado en el año 2000 por el paleontólogo Peter Ward
y el planetólogo Donald Brownlee, profesores de la Universidad
de Washington, que ha vuelto a poner de actualidad el debate sobre
la posibilidad de vida inteligente en el Cosmos. Los autores abundaron
en el tema durante el año 2001 por medio de dos artículos:
uno en la prestigiosa revista planetaria Icarus(2);
y otro, que lleva el expresivo título "El Universo hostil",
en Scientific American(3).
Este mismo año 2004 el argumento ha renacido en un nuevo trabajo
publicado en Science(4). Basándose
en argumentos astronómicos, geológicos y biológicos,
los autores defendían la universalidad de la vida microbiana,
pero consideraban un exotismo particular de la Tierra las organizaciones
complejas de tipo animal; y mucho más aún la inteligencia.
Es muy posible que la tecnología futura (de un futuro quizás
inminente) permita la resolución de esta duda fundamental;
pero en el momento presente, esta polémica recuerda demasiado
a las que, al menos desde el Renacimiento, se han mantenido sobre
la unicidad o pluralidad de seres inteligentes en el Universo. No
podemos olvidar que una opinión demasiado avanzada sobre este
tema llevó a la hoguera a Giordano Bruno. Sin embargo, el heliocentrismo
y el antropocentrismo fueron superados hace tiempo por los primeros
arquitectos de la Ciencia moderna, Copérnico y Darwin. Desde
entonces, sabemos que el Sol es sólo una estrella entre billones,
y Homo sapiens el último primate que ha evolucionado
sobre la Tierra.
Este repaso histórico nos sirve para fijar posiciones ideológicas
aproximadas: tradicionalmente, los progresistas han sido partidarios
de la multiplicidad de seres inteligentes, y los conservadores
de su carácter único, lo que encaja con el carácter
utópico o realista de una y otra postura. En 1995, dos gigantes
de la Ciencia, el zoólogo Ernst Mayr [CUADRO
1] y el planetólogo Carl Sagan [CUADRO
2] sostuvieron, en las páginas de Bioastronomy News,
el boletín de Astrobiología de la Sociedad Planetaria,
un apasionante debate sobre las probabilidades de éxito del
programa SETI (siglas de Search for ExtraTerrestrial Intelligence,
búsqueda de inteligencia extraterrestre): en otras palabras,
se dedicaron a evaluar nuestra posible soledad cósmica(5).
El hecho de que Sagan estuviese ya gravemente enfermo (una extraña
forma de leucemia le había sido diagnosticada a finales de
1994) añade dramatismo al tema: de alguna forma, su toma de
postura es parte del testamento científico del gran comunicador
neoyorkino. |
 |
Los
cálculos de Ernst Mayr: una casualidad increíble. |
Abrió el debate Mayr, que tachó de “improbabilidad
de dimensiones astronómicas" la idea de que la vida inteligente
pueda existir en múltiples mundos. Para apoyar su postura planteaba
una serie de preguntas que delimitaban el problema. Comenzaba concediendo,
como hacen Ward y Brownlee, que en las galaxias deben existir miles
de millones de planetas, y que la existencia de vida procariota en
el Cosmos tiene una alta probabilidad. Sin embargo, a continuación
planteaba serias dudas sobre las condiciones que tales mundos pudieran
ofrecer como asiento para la vida compleja y para el desarrollo de
la inteligencia: "La evolución no sigue una línea
recta hacia un objetivo (la inteligencia), como ocurre en un proceso
químico". En realidad, aseguraba, sólo una de las
quizá cincuenta mil millones de especies que han poblado la
Tierra a lo largo de su historia ha desarrollado la capacidad necesaria
para establecer una civilización; tal vez porque en realidad
la inteligencia no esté favorecida por la selección
natural, o porque en todo caso su aparición sea extraordinariamente
difícil.
Además, continuaba, sólo una de las grandes civilizaciones
terrestres ha llegado a un nivel tecnológico suficiente como
para enviar y recibir señales del espacio, y esto sólo
muy recientemente. Por otra parte, no sabemos cuánto tiempo
puede durar esta civilización, pero los indicios no son tranquilizadores.
Para Mayr, éste último punto era de crucial importancia:
para que dos civilizaciones lleguen a comunicarse, ambas deben de
coincidir en el tiempo, lo que, dada la probable fugacidad de las
civilizaciones avanzadas, sería a su juicio una fantástica
casualidad. En definitiva, concluía, el programa SETI continúa
en marcha únicamente porque ha sido ideado por astrónomos,
físicos e ingenieros, sin tener en cuenta que el problema de
la vida inteligente en el Universo "es esencialmente una cuestión
dependiente de factores biológicos y sociológicos". |
 |
La
réplica de Sagan: tantos soles, tantos mundos... |
| Figura
1: Mensaje pictográfico enviado en 1974 desde el
radiotelescopio de Arecibo, en Puerto Rico, en una emisión
omnidireccional equivalente a 20 trillones de vatios, que
podría ser recibida por radiotelescopios de similares
características en cualquier lugar de la Galaxia. (SETI). |
 |
En su réplica, Sagan defendió ardientemente el Programa
SETI (Figura 1). En primer lugar, basándose en los entonces
recientes descubrimientos de los primeros planetas en torno a otras
estrellas, y en las propuestas sobre la estabilidad de los océanos
en planetas de tipo terrestre, concluía (en lo que hoy parece
un optimismo desbordado) que era probable la existencia de uno o dos
mundos oceánicos en torno a cada estrella de tipo Sol. A su
juicio, tales perspectivas aumentaban enormemente la probabilidad
de que existiesen innumerables biosferas en el Cosmos, puesto que
la vida en la Tierra surgió en cuanto las condiciones geológicas
y astronómicas se suavizaron mínimamente. Pero Sagan
reconocía que todo su razonamiento era una gigantesca extrapolación
basada en un único ejemplo. “Es lo único que podemos
hacer”, argumentaba.
Desde esta perspectiva optimista, el problema de la comunicación
entre civilizaciones se reducía al de la probabilidad de que
surgiesen criaturas "capaces de construir y manejar radiotelescopios,
tanto si viven en tierra como si son seres marinos o aéreos,
y sean cuales fueren sus composiciones químicas, formas, tamaños,
colores, apéndices y opiniones", ya que esas particularidades
serían sólo los finales de los muy distintos caminos
evolutivos posibles. A continuación, Sagan subrayaba un rasgo
de la biosfera terrestre que le parecía esencial: en su opinión,
el registro fósil muestra una tendencia general hacia la inteligencia.
En términos coloquiales (y aparentemente perogrullescos), "es
mejor ser listo que ser tonto". La presión de la selección
natural a favor de la inteligencia sería intensa en unos mundos
y moderada en otros. Pero la Vía Láctea contiene innumerables
estrellas con edades de hasta diez mil millones de años y abundantes
elementos pesados como para tener en órbita planetas de tipo
terrestre. Es decir, espacio y tiempo suficientes para el desarrollo
de millones de civilizaciones, si tomamos la nuestra como referencia.
No sería improbable que muchas de ellas "se precien de
ser la única inteligencia del Universo".
En el caso de que tales civilizaciones no llegaran nunca a alcanzar
un estadio tecnológico, serían barridas por la selección
natural: en la Tierra ocurren cada cierto tiempo impactos de asteroides
o de cometas capaces de destruir una civilización entera (Figura
2). Sin la capacidad de detectarlos e interceptarlos, cualquier sociedad
(una formada por poetas, o por guerreros de la Edad del Bronce, según
los ejemplos de Sagan) que perdurase el tiempo suficiente sería
aniquilada. Y como este proceso colisivo debe de ser general en todos
los sistemas estelares, si una civilización ha persistido lo
bastante, necesariamente debería ser tecnológica,
y por ello poseer la capacidad de comunicarse con nosotros. |
|
| Como réplica a la acusación de Mayr de
que SETI es un programa puesto en marcha por astrónomos, físicos
e ingenieros, Sagan terminaba recordando a algunos de los biólogos
que trabajaban o habían trabajado en el programa, desde Melvin
Calvin y Stephen Jay Gould hasta Linus Pauling y Francis Crick. Y
añadía una declaración final de procedimiento:
"Estamos convencidos de que la única prueba concluyente
acerca de la existencia de inteligencias extraterrestres es de índole
experimental. En este tema, ningún argumento a priori
puede sustituir a un programa de observaciones". |
 |
Mayr
contraargumenta: la improbable inteligencia. |
| Los editores de Bioastronomy News concedieron
a ambos investigadores el derecho de réplica. En la suya, Mayr
retomaba la idea de que lo importante para realizar una evaluación
rigurosa del programa SETI era analizar las probabilidades de coincidencia
temporal de las posibles civilizaciones. Además, discutía
la perogrullada de Sagan: “¿Cuál es la probabilidad
de que la vida desarrolle un linaje de elevada inteligencia?”
Para el ilustre zoólogo de Harvard, muy baja: tanto como lo
demuestra el que, de esos 50.000 millones de especies, la inteligencia
sólo ha aparecido en un subgrupo de primates: ningún
procariota, ningún protista, ningún hongo, ninguna planta,
ningún otro animal ha desarrollado nunca ese rasgo que supuestamente
le habría dotado de enormes ventajas evolutivas. Para concluir,
se reafirmaba en que el caso de la Tierra demuestra que el tiempo
de permanencia de una civilización sobre un planeta es más
bien corto, por lo que las probabilidades de éxito de un programa
como SETI pueden considerarse nulas. |
 |
La
estirpe de las bacterias. |
En su contrarréplica, Sagan establecía
un paralelo entre los factores de probabilidad empleados por Mayr
y los que empleó el astrónomo Frank Drake en la ecuación
(en realidad, una expresión de probabilidad compuesta, Figura
3) que, para evaluar la probabilidad de vida inteligente en nuestra
galaxia, había planteado en 1961. Pero su gran triunfo (que,
hay que reconocerlo, el propio Mayr le sirvió en bandeja) fue
recordar que provenimos de las bacterias: "Los procariotas y
los protistas han evolucionado a seres inteligentes, ya que
son nuestros ancestros". La idea de que la evolución ha
formado criaturas muy complejas (y eventualmente inteligentes) a partir
de las bacterias es una de las bases de la concepción moderna
de la teoría evolutiva, tal como fue propuesta por
Lynn Margulis(6) (Figura 4), una
de las figuras científicas más brillantes y originales
de todo el siglo XX. Para Margulis, la vida es fuerte y oportunista
y busca continuamente estrategias nuevas para adaptarse a su ambiente
y prosperar. Probablemente la más inmediata de estas estrategias
es la cooperación entre estirpes celulares, base de la organización
multicelular (Figura 5). Puede ser una fase necesaria en la evolución
hacia sistemas complejos, o quizás no; de lo que no hay duda
es de que es posible: nosotros somos la evidencia. |
|
Por otro lado, Sagan resaltaba el hecho de que en la
Tierra la inteligencia ha surgido cuando aún tenemos ante nosotros
cinco mil millones de años de evolución planetaria:
si el ejemplo fuese representativo, una civilización se podría
desarrollar en mucho menos tiempo que la vida media de una estrella
de tipo Sol. Reconoció de nuevo que realizaba esta extrapolación
a partir de un único caso; pero si esto hacía inaceptable
el argumento, lo mismo sucedía con el de Mayr sobre la única
especie inteligente entre cincuenta mil millones. Por último,
tampoco le parecía convincente considerar una sola civilización
tecnológica en la historia: dado que el calendario astronómico
de los aztecas era superior al de los europeos de su época,
¿no podrían haber desarrollado radiotelescopios con
el tiempo si la invasión de su mundo por el imperio español
no les hubiese privado de futuro?
El parlamento final de Carl Sagan tenía un tinte ideológico:
"No hemos sido testigos de la evolución de biosferas en
un gran número de planetas, no sabemos lo que es posible y
lo que no. (...) Admitamos nuestra ignorancia, olvidemos los argumentos
a priori, usemos la tecnología que hemos tenido la fortuna
de poder desarrollar e intentemos encontrar la respuesta. Esto es
lo que Charles Darwin, que se convirtió de la ortodoxia religiosa
a la biología evolucionista cediendo al peso de las observaciones,
hubiese defendido". |
 |
Epílogo:
¿Es la Tierra tan "rara"? |
A la luz de los argumentos aportados por Mayr y Sagan,
las reflexiones recogidas en el libro de Ward y Brownlee parecen,
cuando menos, poco originales. Pero no sólo eso: en “Rare
Earth” se descarta la posibilidad de que existan planetas habitables
en las galaxias elípticas, un tercio del total, al ser demasiado
pobres en elementos pesados; igualmente, en las espirales, sólo
un toroide bien definido, la “Zona de Habitabilidad Galáctica”,
sería propicio para la vida, pues en las zonas muy próximas
al núcleo galáctico la vida sería insostenible
a largo plazo, debido a los efectos de los agujeros negros, la radiación
y las supernovas, mientras que en la zona externa habría, de
nuevo, escasez de átomos pesados. Además, aseguran,
para que un planeta sea habitable precisa de compañeros gigantes
tipo Júpiter, capaces de desviar las lluvias de cometas y asteroides;
de un satélite de gran volumen, como la Luna, que ancle el
eje de rotación e impida el cabeceo caótico del planeta;
y de la cantidad suficiente de uranio como para generar por radiactividad
el calor preciso para agitar el interior del planeta y provocar así
el movimiento de los continentes, un rasgo esencial para la vida por
su influencia sobre el reciclaje de elementos y el clima. En definitiva,
Ward y Brownlee consideran la coincidencia de todos estos factores
como un evento altamente improbable, lo que hace prácticamente
nula la posibilidad de que la evolución haya tenido tiempo
para que la inteligencia llegue a desarrollarse en otros lugares del
Cosmos.
Sin embargo, los objetos en el límite del Universo observable
(los objetos HERO, de Hyper Extremely Red Objects) parecen ser galaxias
elípticas muy ricas en polvo, en las que se están formando
estrellas con una abundancia de elementos pesados similar a la de
las estrellas de cualquier galaxia espiral; el concepto de “Zona
de Habitabilidad Galáctica” recuerda demasiado al de
“Zona de Habitabilidad Circumestelar”, propuesto hace
décadas para la región alrededor de una estrella donde
existen las condiciones adecuadas para que el agua permanezca en estado
líquido, al menos local o temporalmente (para el Sol, coincidía
curiosamente con la órbita de la Tierra), y que se demostró
inconsistente a raíz del descubrimiento de los vastos océanos
internos de algunos satélites de planetas gigantes; desde 1995,
los datos nuevos incorporados al debate sugieren que lo excepcional
es que ciertos tipos estelares, nada escasos en la Vía Láctea,
no tengan planetas en órbita; y, en nuestros mundos vecinos,
hemos descubierto océanos, volcanes activos y toda una colección
de atmósferas (Figura 6). Además, la superficie de nuestra
Luna, saturada de impactos, es la prueba evidente de que Júpiter
no protege en absoluto a la Tierra del intenso bombardeo meteorítico
(Figura 7); y su papel como estabilizadora de la rotación terrestre
es aún hoy discutido. Por otro lado, el calor que mueve los
continentes parece provenir, en realidad, de su almacenamiento durante
la formación planetaria en el núcleo terrestre, donde
no hay uranio. |
|
Dado este contexto, plantear de nuevo el exotismo de
la Tierra como planeta, del Sol como estrella, e incluso de la Vía
Láctea como galaxia, constituyen excentricidades difíciles
de explicar. Difíciles pero no imposibles: “Rare Earth”
fue un gran éxito editorial. ¿Lo hubiese sido también
un libro que glosase la ubicuidad de vida inteligente en el Universo?
Ello por no citar la pertenencia de Guillermo González (un
tercer autor incorporado al grupo) a la Sociedad Bíblica Americana,
un colectivo de dudosa imparcialidad en el tema.
Lo cierto es que una colección cada vez más abrumadora
de datos apunta en sentido contrario. Pero, aunque éste no
fuera el caso, tampoco habría que concluir por ello que la
vida compleja es exclusiva de la Tierra: de hacerlo así, estaríamos
cayendo en el geocentrismo de suponer que todas las posibles biosferas
requieren condiciones terrestres. Los requisitos adecuados
pueden ser diferentes en otros lugares de la Vía láctea
o de otras galaxias. Las respuestas de sus posibles biosferas serán,
por tanto, distintas. Y allí donde la cooperación entre
estirpes, o cualquier otro sistema de aumento de complejidad, constituya
un beneficio evolutivo, sucederá.
En palabras de Sagan, “la ausencia de pruebas no es prueba de
la ausencia”. Nuestra ignorancia no es menor que en 1995, pero
la altura del debate entre Mayr y Sagan ha quedado como un hito de
la gran ciencia popular moderna. Y nos proporciona fuerza moral para
seguir a la escucha. |
 |
Referencias
y notas: |
1.- Ward, P. y Brownlee, D. (2000). Rare Earth.
Why complex life is uncommon in the Universe. Copernicus Books/Springer,
Washington. 2.- González, G., Brownlee, D.
y Ward, P. (2001): The Galactic Habitable Zone: Galactic chemical
evolution. Icarus, 152, 185-200. 3.-
González, G., Brownlee, D. y Ward, P. (2001): Refuges for life
in a hostile Universe. Scientific American, 285,
60-67. 4.- El texto original del debate puede encontrarse
en la página web de la Sociedad Planetaria: http://www.planetary.org/html/UPDATES/seti/Contact/debate/default.html
5.- Lineweaver, C.H., Fenner, Y. y Gibson,
B.K. (2004): The Galactic Habitable Zone and the age distribution
of complex life in the Milky Way. Science, 303, 59-62.
6.- Margulis, L. (1981): Symbiosis in cell evolution:
Microbial evolution in the Archaean and Proterozoic eons. W.H. Freeman
Company, New York. |
| |
| CUADRO
1 |
|
| Ernst Mayr nació
en Kempten, Alemania, en 1904. Comenzó su carrera como
ornitólogo, lo que, en los años 20, le dio la
oportunidad de participar en varias expediciones a Nueva Guinea.
En 1930 fue contratado por el Museo de Historia Natural de
Nueva York. Su labor docente comenzó en 1953, como
profesor de Biología Evolutiva en la Universidad de
Harvard, donde hoy ocupa el cargo de catedrático emérito
de Zoología. En 1995, esta Universidad puso su nombre
al Museo de Zoología Comparada que alberga.
Sus trabajos han contribuido a la revolución conceptual
en Biología que supuso la síntesis de la Genética
mendeliana y la Evolución darwinista, así
como a los conceptos de Especie Biológica y de Equilibrios
Puntuados en Evolución. Es autor de 23 libros y centenares
de artículos científicos, tanto sobre Evolución
como de Historia y Filosofía de la Biología
y el pensamiento de Darwin. Ha sido distinguido con los
más importantes galardones de la Biología,
tales como el Premio Internacional de Biología, el
Premio Balzan y el Premio Crafoord. |
| |
CUADRO
2 |
|
| Carl Sagan nació
en Nueva York en 1934. Se graduó en Física por
la Universidad de Chicago a los 20 años, doctorándose
después en Astronomía y Astrofísica.
Desempeñó un importante papel en las misiones
Mariner, Pioneer, Viking, Voyager
y Galileo, por lo que recibió el Premio Internacional
de Astronáutica. Fue fundador de la Sociedad Planetaria,
así como Presidente de la sección de Ciencias
Planetarias de la Sociedad Astronómica Americana y
de la sección de Planetología de la Unión
Geofísica Americana. Murió en 1996, siendo catedrático
de Astronomía y Ciencias del Espacio de la Universidad
de Cornell.
Director durante doce años de la revista Icarus,
escribió una docena de libros de ciencia popular
y más de 400 artículos científicos.
En 1978 fue galardonado con el Premio Pulitzer de Literatura
por su obra "Los dragones del Edén". Su
serie de televisión "Cosmos", y el libro
que la sucedió, abrieron las ventanas de la Ciencia
a toda una generación. |
|
| |
© Copyright 2004 Alberto G. Fairén
/ Francisco Anguita - Todos los derechos reservados.
Madrid, España, 15 de Febrero de 2004. |
|