uando
uno habla de bioastronomía resulta casi inevitable que se
despierten susceptibilidades acerca de sospechosas búsquedas
de marcianitos, alienígenas y Ovnis. Sin embrago, lejos está
esta nueva rama de la Astronomía de parecerse a las pseudociencias.
El interés por descubrir organismos vivos fuera de nuestro
planeta ha motivado el interés y el trabajo de astrónomos
y biólogos que han abordado el tema con seriedad y rigor
científico. Tal es el caso de Guillermo A. Lemarchand, físico
argentino, discípulo de Carl Sagan y actual Director del
Proyecto SETI (Search for Extraterrestrial Intelligence) en el Instituto
Argentino de Radioastronomía e investigador del Centro de
Estudios Avanzados de la UBA.
Guillermo Lemarchand nació en Buenos Aires hace 39 años.
Su interés por comprender lo que veía en el cielo
estuvo presente en él desde que puede recordar. "El
solo hecho de contemplar el cielo y tratar de entender qué
es lo que uno ve, despierta la curiosidad", dice con naturalidad.
"Desde aquella edad temprana, la pregunta obvia, que no podía
dejar de hacerme, era si estamos solos en el Universo". Su
interés inicial, continuó y lo llevó a cursar
estudios de Física en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales
de la Universidad de Buenos Aires. Allí, a falta de una carrera
específica de Astronomía, junto a un grupo de estudiantes
interesados en el tema organizaron una Comisión de Astrofísica
para fomentar el estudio de la física aplicada al espacio
y compartir, de algún modo, su interés común.
"Fui muy afortunado porque en los primeros años de la
carrera tuve la oportunidad de organizar junto con otros estudiantes
las primeras Jornadas Interdisciplinarias sobre Vida Inteligente
en el Universo que se realizaron en la Facultad en el año
1985. Eso me puso en contacto con la gente que estaba trabajando
en el exterior, con los cuales empezamos a trabajar en la Argentina
en el proyecto SETI", nos relata.
Con esta sigla SETI, iniciales de Search for Extra Terrestrial Intelligence
(búsqueda de inteligencia extraterrestre), se definen los
programas mediante los cuales se investiga sobre la posible existencia
de civilizaciones tecnológicamente evolucionadas más
allá de la Tierra. Estos estudios, se realizan empleando
radiotelescopios, que rastrean señales provenientes del espacio
profundo, las cuales podrían ser el producto de seres similares
a nosotros. La historia comenzó hace casi 40 años
cuando el astrónomo norteamericano Frank Drake utilizó
por primera vez el radiotelescopio de Green Bank para detectar emisiones
lejanas de radio que indicaran la presencia de civilizaciones inteligentes.
Aquel histórico día, Drake sólo pudo escuchar
el ruido de fondo del cosmos, similar a la interferencia que se
escucha cuando se sintoniza mal una radio. Sin embargo, ese fue
el puntapié inicial para un nuevo uso de la radioastronomía.
Desde entonces y hasta hoy, se han acumulado más de 350.000
horas de escucha espacial.
Llamáme
antes de venir
"Las distancias que nos separan de otras estrellas son excesivamente
grandes y no nos es posible diseñar una nave para que pueda
ir hasta ellas", explica Lemarchand cuando se le pregunta por
qué se busca vida extraterrestre de este modo. "Por
el momento no tenemos tecnología como para buscar vida más
primitiva porque no podemos acercarnos a otras estrellas. Algunos
especulan con que exista la posibilidad de algún tipo de
vida en alguna de las lunas de los planetas gigantes como Titán
(Saturno) o Europa (Júpiter).
Las agencias espaciales europeas y norteamericana ya comenzaron
a preparar naves interplanetarias automáticas para explorarlas.
Sin embargo, todas estas misiones son muy costosas y demandan muchos
años". En cambio si las hipotéticas civilizaciones
extraterrestres hubieran desarrollado tecnología, encontrarlas
tal vez sería más fácil. "Si especulamos
que la vida pudo haber surgido en otros mundos, en otras estrellas,
uno puede también especular acerca de la posibilidad de que,
con tiempo suficiente, esa vida pueda haber desarrollado inteligencia
y, con tiempo suficiente, esa inteligencia haya desarrollado tecnología.
Tan pronto se dispone de tecnología para comunicaciones y
exploraciones radioastronómicas, es posible manifestarse
al resto del cosmos como civilización y establecer comunicaciones
con otras civilizaciones. Por ejemplo, a través de envío
de ondas de radio que se propagan a la velocidad de la luz, que
son fáciles de generar, fáciles de detectar y tienen
la virtud de poder ser portadoras de gran cantidad de información
a un costo energético realmente reducido. Teniendo en cuenta
todos estos hechos uno puede especular acerca de que pueden existir
otras civilizaciones que son inteligentes, llegaron a este tipo
de conclusiones y están haciendo transmisiones de mensajes
para darse a conocer a sus vecinos cósmicos".
En el año 1985 la Sociedad Planetaria, organización
sin fines de lucro fundada por Carl Sagan, construyó un analizador
de 8,4 millones de canales conocido con el nombre de META (Mega-channel
Extraterrestrial Assay) que fue instalado en el radiotelescopio
del Oak Ridge Observatory en la Universidad de Harvard. Apenas cinco
años más tarde, la Sociedad Planetaria instaló
un analizador espectral similar -el META II- en una de las antenas
de 30 metros de diámetro del Instituto Argentino de Radioastronomía
(IAR). La Argentina fue pionera en este campo y, aunque él
no lo diga, Lemarchand tuvo mucho que ver en eso. No sólo
su profundo interés en la búsqueda de inteligencia
extraterrestre sino también su activa militancia en favor
de crear conciencia sobre la responsabilidad social del científico,
despertó el interés de Carl Sagan, quien lo invitó
a trabajar durante un año junto a él como Visiting
Fellow, en la Universidad de Cornell.
"La Argentina era un buen lugar para la instalación
del Meta II", explica Lemarchand con humildad. "En el
hemisferio sur hay pocos radiotelescopios y nosotros teníamos
una de las antenas del IAR que se utilizaba únicamente de
noche, para un proyecto de relevamiento del continuo de radio. Empleándola
durante el día para el proyecto SETI se optimizaba el tiempo
de antena de los radiotelescopios del IAR. Ahora, hace 2 o 3 años,
los australianos comenzaron a utilizar una antena de 60 metros para
hacer investigaciones SETI pero lo hacen mientras otros observadores
usan la antena para hacer estudios de astronomía convencional.
Ellos detectan todas las señales que van llegando y las analizan
para ver si hay alguna señal artificial, pero no pueden controlar
el movimiento de la antena. Nosotros sí". Guillermo
A. Lemarchand es director del proyecto SETI que se desarrolla en
el IAR y que está financiado por la Sociedad Planetaria.
El IAR tiene dos antenas, una de ellas es la que está conectada
al analizador espectral de 8,4 millones de canales construido con
fondos provistos por la Sociedad Planetaria. "La Sociedad Planetaria
también financió la estadía de dos ingenieros
argentinos en la Universidad de Harvard, donde construyeron el aparato
que está hoy instalado y que fuera inaugurado el 12 de octubre
de 1990", explica. "Desde ese momento se hizo un relevamiento
de todo el cielo del hemisferio sur y se han analizado algo así
como 20 billones (20 seguido por 12 ceros) de señales distintas
que provenían del espacio".
¿Hay
alguien ahí?
"La mayoría de las señales analizadas eran ruidos
de fondo", continúa relatando Lemarchand. "El analizador
espectral encontró unas 4.000 señales que tenían
las características que nosotros esperamos que tengan las
señales de origen artificial. Sin embargo de estas 4.000
señales, la mayoría eran señales inteligentes
pero... de origen terrestre. O sea, eran interferencias locales.
Al hacer un análisis más exhaustivo solamente quedaron
unas 30 señales que nunca pudimos vincular con actividades
terrestres. Pero, lamentablemente, cuando volvimos a apuntar la
antena hacia el mismo lugar del espacio donde aparecieron esas señales,
éstas no se volvieron a repetir.
La pregunta que surge en forma inmediata es si en otros observatorios,
por ejemplo en el hemisferio norte, también se han registrado
señales sin explicación, ya que es bastante poco probable
que alguna civilización extraterrestre "transmita en
exclusiva" para la Argentina. La respuesta es sí. Sin
embargo, no hay que cantar victoria, la falta de explicación
sobre el origen de estas señales está más relacionado
con fallas en los sistemas de análisis terrestres que con
mensajes reales extraterrestres.
"En particular, los que detectamos este tipo de señales
somos los que usamos el mismo aparto" comenta Lemarchand. "Sucedió
en Harvard, cuando tenía el Meta I y nos sucedió a
nosotros. Eso tiene que ver con el sistema que se utilizaba para
eliminar las interferencias terrestres. Los que usan otros tipos
de sistemas logran explicar como interferencia la mayoría
de las señales. Por eso si bien nosotros no fuimos capaces
de explicarlas, hay una creencia de que se trata de señales
de interferencias espúreas generadas en la Tierra. Yo diría
que lo más seguro es que sean interferencias terrestres".
Para evitar estas falsas alarmas, en el año 1996 se comenzó
a cambiar todo el sistema de adquisición de datos para modificar
la forma en la que se hacen las reobservaciones. El trabajo recién
finalizó el año pasado. "Todos estos cambios
en la tecnología fueron diseñados en este caso por
los ingenieros del IAR, pero nuevamente con el apoyo financiero
de la Sociedad Planetaria".
Mirando
para afuera, mirando para adentro
Es difícil pensar qué le sucedería a la humanidad
si de pronto se encontrara con la certeza de que no está
sola en el Universo y que algún organismo vivo está
enviando señales que nosotros podemos detectar ¿Cundiría
el pánico? ¿Nos armaríamos hasta los dientes?
¿Nos volveríamos más violentos o nos uniríamos
más? ¿Nos haría más humildes? ¿Cambiaría
realmente algo?
"Obviamente, lo primero que vamos a saber es que no estamos
solos en el Universo -dice Guillermo Lemarchand- independientemente
de que entendamos o no el contenido del supuesto mensaje. Podríamos
detectar una señal artificial pero que no contenga estrictamente
un mensaje, que sea algo así como una luz de un faro que
se enciende. Sin embargo, eso nos estaría mostrando que hay
alguien que construyó ese faro, y que por ende tuvo que haber
sido alguien inteligente. Esa sería la primera evidencia
de que no estamos solos en el Universo. Si viniera un mensaje encerrado
en esa señal, probablemente nos demandaría varios
años el tratar de interpretar el contenido de ese mensaje.
Pero, lo más importante será que habremos encontrado
la primera evidencia de que la vida surgió más allá
de la Tierra. Sería una extensión más del principio
copernicano de que no ocupamos ningún lugar especial en el
Universo. Es el movimiento que nos falta completar. Copérnico
mostró que la Tierra no era el centro del sistema solar.
A principios del siglo XX se demostró que el sistema solar
estaba muy lejos del centro de la galaxia. Simultáneamente
se demostró que nosotros habitamos en una galaxia típica
dentro de los miles de millones de galaxias que pueblan el Universo.
Lo que nos falta demostrar es que la vida no es originaria únicamente
de este mundo. Si alguien en el futuro detecta una señal
con estas características, la primera sorpresa va a ser esa".
Descubrir una señal extraterrestre es casi como encontrar
una aguja en un pajar de un tamaño equivalente a 35 planetas
Tierra. En escala cósmica y con estos números, 40
años de búsqueda no son nada. "Hasta ahora exploramos
una pequeñísima franja de ese pajar cósmico",
dice optimista Guillermo. "Y puedo asegurar que la ausencia
de evidencia no es evidencia de la ausencia. Al observar el cosmos
vemos que la Tierra no es nada especial. Por lo tanto, lo que sucedió
acá -la aparición de la vida- pudo haber ocurrido
en alguna otra parte del Universo. Ésta es una premisa básica
para el proyecto. Entonces, la probabilidad de que existan otras
civilizaciones es altísima. Si uno no cree en eso, no tiene
sentido seguir buscando".
La búsqueda intelectual de Guillermo Lemarchand no se termina
en el rastreo del cielo a la pesca de señales de inteligencia
extraterrestre. Su actividad en el proyecto SETI se alterna con
la investigación en el Centro de Estudios Avanzados de la
Universidad de Buenos Aires donde trabaja sobre modelos matemáticos
que puedan explicar la dinámica de los sistemas económicos
y sociales. Por eso no extraña su reflexión cuando
le preguntamos qué lo motiva a buscar vida fuera de la Tierra:
"Intentando pensar cómo serían las características
de un mensaje extraterrestre, estamos también analizando
cómo somos nosotros. En definitiva, en todo este proceso
estamos aprendiendo más sobre el comportamiento humano, tratando
de sacar todo lo que sea propio de nuestro mundo y tratando de buscar
aquello que es realmente universal".
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Para
saber más... |
La Señal "Wow!" Amir Alexander
La
búsqueda más extensa, así como una de
las más famosas, se llevó a cabo con el uso
del radiotelescopio gigante "Big Ear" en la Universidad
Estatal de Ohio. El "Big Ear" no era un radiotelescopio
común: en lugar del familiar "disco", estaba
compuesto de una superficie plana de aluminio del tamaño
de tres campos de fútbol, con un reflector gigante
en cada extremo, uno plano y otro parabólico. Su sensitividad
era equivalente a la de un disco de 175 pies. Desde 1973 hasta
que fue desmantelado en 1998 (para dar lugar a un campo de
golf), su misión más importante era una búsqueda
SETI continua dedicada, en la línea del hidrógeno.
El momento más famoso en la historia de Big Ear, con
el que se ganó un lugar de honor en los anales de SETI,
tuvo lugar en la noche del 15 de Agosto de 1977. Como todas
las noches, mientras el Big Ear escudriñaba los cielos
en busca de una señal alienígena, sus observaciones
iban siendo registradas en un listado de impresora: una larga
lista de letras y números que crecía continuamente,
una larga lista para cada uno de los 50 canales examinados
por el telescopio. Una lista de caracteres parecía
registrar una transmisión inusual en la frecuencia
del canal 2: "6EQUJ5" se podía leer. Esto
llamó la atención del voluntario de Big Ear
Jerry Ehman, un profesor de la Universidad Franklin de Columbus,
quien controlaba las lecturas esa noche. Dibujó un
círculo en el código para posteriores observaciones
y añadió un simple comentario en los márgenes:
"Wow!" |
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Ésta
era, por supuesto, la famosa señal Wow!, que inmediatamente
entró en la historia de SETI. Las series "6EQUJ5"
describen la fuerza de la señal recibida en un corto
período de tiempo. En el sistema empleado en la época
del Big Ear, cada número del 1 al 9 representaba el
nivel de señal sobre el ruido de fondo. Para poder
extender la escala, el personal añadió letras,
de la A a la Z, representando incrementos de niveles de señal
más fuertes. La secuencia 6EQUJ5 representa una señal
que creció en potencia hasta el nivel "U"
y después gradualmente se redujo. En una notación
más familiar, la señal subió desde cero
a 30 "sigmas" sobre el ruido de fondo, y entonces
descendió de nuevo a cero, todo esto en el lapso de
37 segundos.
Dos aspectos de esta señal llamaron inmediatamente
la atención de Ehman y del director del proyecto John
Kraus, que vio los resultados la mañana siguiente.
En primer lugar, 37 segundos era precisamente el tiempo que
necesita Big Ear para explorar un punto determinado del cielo.
Debido a esto, cualquier señal procedente del espacio
seguiría precisamente el patrón de la señal
"Wow!" - incrementándose y decreciendo en
37 segundos. Esto eliminó prácticamente la posibilidad
de que la señal fuera el resultado de una interferencia
de radio procedente de la Tierra.
En segundo lugar, la señal no era continua, sino intermitente.
Kraus y Ehman sabían eso, debido a que Big Ear tiene
dos receptores separados que exploran la misma porción
del cielo sucesivamente, con varios minutos de diferencia.
Pero la señal apareció en sólo uno de
los receptores y no en el otro, indicando que había
sido "apagada" entre las dos exploraciones. Una
señal fuerte, enfocada e intermitente procedente del
espacio exterior: Podría ser que Big Ear hubiera detectado
una señal alienígena? |
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| Desde
1977 se han hecho varios intentos para encontrar la señal
"Wow!" una vez más. Hasta hoy no conocemos
la fuente de la señal más fuerte y clara que
jamás haya sido detectada con una búsqueda SETI.
Ya que era sin ninguna duda artificial, y prácticamente
seguro de origen celeste, Jerry Kraus especula que podría
venir de una sonda espacial (de origen humano, claro...) que
él y el personal del Big Ear desconocieran. Ciertamente
esa sería una señal inteligente de origen celeste,
pero no de origen alienígena. Y todavía, existe
siempre la posibilidad de que fuera algo más - una
auténtica señal de una civilización extraterrestre.
A no ser que la detectemos de nuevo, nunca lo sabremos seguro. |
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Cortesía
de The
Planetary Society
Traducción y Adaptación: María E. Vera |
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