Las poblaciones estelares en
la Vía Láctea Jesús
Salvador Giner |
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Las estrellas que vemos en el
cielo son habitualmente de un mismo tipo; astros jóvenes
con abundancia de metales en su interior. En cambio, si
observamos una zona concreta del firmamento, en particular
en dirección hacia el centro de la Vía Láctea,
distinguiremos estrellas de una clase distinta. ¿A
qué se debe esta distribución estelar? ¿Por
qué no son iguales todas las estrellas? |
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a historia
de las diferentes poblaciones de estrellas de las galaxias tales como
la nuestra está ligada a la evolución de las propias
galaxias. Al igual que un ser vivo, y del mismo modo que las estrellas
que las pueblan, las galaxias también tienen ciclos vitales,
a través de los cuales nacen, se desarrollan y desaparecen,
aunque para nuestra escala humana estos acontecimientos son temporalmente
tan largos que nos es imposible verlos en directo.
No obstante, cabe la posibilidad de, entre la gran cantidad de galaxias,
encontrar algunas que representen el estadio joven, otras el maduro,
y otras más el terminal, de modo que solamente observando podamos
tener un esquema básico de cómo evolucionan. Uno de
los problemas a solucionar es saber qué tipo galáctico
se corresponde con qué estadio evolutivo.
Hoy en día conocemos, gracias a las observaciones avanzadas
del Telescopio Hubble (HST) y de los modernos telescopios en tierra,
la existencia de galaxias que han sufrido cambios importantes en su
forma debido al paso cercano de otra galaxia. A veces lo que con anterioridad
era una galaxia elíptica corriente (con forma de disco) se
transforma en una espiral, o en una galaxia irregular con largos puentes
de materia estelar y gaseosa. En ocasiones, estos ejemplos de galaxias
resultan extraños y sorprendentes (figura 1). |
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Por tanto, la pregunta que nos podemos hacer es la
siguiente: ¿las distintas formas de las galaxias son debidas
a que estas han tenido una evolución diferente o son estadios
distintos dentro de la evolución típica de cualquier
galaxia?. Es decir, cuando vemos una galaxia elíptica y otra
espiral, ¿estamos viendo dos ejemplos característicos
de tipos opuestos de galaxias o, por el contrario, son como las dos
caras de una moneda?. Podríamos resumir la cuestión
con un símil humano: ¿una galaxia elíptica y
otra espiral son como un hombre y una mujer o como un chico adolescente
y un anciano?
Edwin P. Hubble tenía seguramente esta idea cuando clasificó
las galaxias en su famoso “diapasón”. Resultaba
tentador suponer que las galaxias nacían como grupos compactos
de estrellas (elípticas), para posteriormente convertirse en
un disco achatado. Más adelante, debido a la mayor rotación
de la galaxia, aparecerían los brazos espirales y, hacia el
final de la vida de la galaxia, los brazos de desperdigarían
por la rotación galáctica hasta desaparecer, quedando
únicamente tal vez un residuo en forma de galaxia irregular.
Este esquema de evolución galáctico era muy atractivo,
pero para apuntalarlo se necesitaban observaciones precisas de ciertos
hechos. Uno de ellos era determinar por qué los brazos espirales
de una galaxia cercana, por ejemplo el caso de Andrómeda, eran
resolubles en estrellas y no así el núcleo. Se pensó
que tal vez era debido a que había tantas estrellas que era
imposible individualizarlas, o que quizá simplemente en esas
regiones no había estrellas supergigantes1. Pero
Walter Baade (1893-1960) tuvo la idea, al ver que en ciertas galaxias
enanas predominaban las estrellas gigantes rojas en lugar de las supergigantes
azules, de emplear un tipo distinto de emulsión fotográfica,
que fuera sensible en la parte roja del espectro. Así, Baade
pudo resolver por fin el núcleo de Andrómeda, y determinó
que albergaba básicamente gigantes y supergigantes rojas.
Los estudios estelares de Baade tuvieron una trascendencia vital para
el mejor conocimiento de la estructura y evolución de las galaxias.
La pregunta que todo el mundo se hacía, al comprobar la presencia
de estrellas rojas en el núcleo y de estrellas azules en los
brazos espirales, era por qué existía esta dicotomía.
Resultó por tanto que galaxias como Andrómeda estaban
formadas por dos tipos muy distintos de estrellas (figura 2): |
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1-
Estrellas del halo galáctico: este primer grupo abarcaría
astros con un bajo contenido en metales (es decir, en elementos
más pesados que el helio), una elevada velocidad relativa
en relación con el Sol, y órbitas de elevada inclinación
con respecto al plano de la galaxia. Este tipo de estrellas
forman, por ejemplo, los núcleos galácticos, cúmulos
globulares (situados en la periferia y en torno a la región
central de la galaxia), las nebulosas planetarias, los astros
tipo RR Lyrae (un caso particular de estrellas variables), etc.
Los espectros obtenidos de las zonas centrales de la galaxia
de Andrómeda y otras pusieron de manifiesto que se correspondían
bien con la clase espectral K. Este tipo de espectro se asocia
a estrellas más frías y menos luminosas que el
Sol (precisamente, las estrellas gigantes rojas observadas en
los núcleos galácticos). |
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2-
Estrellas del disco galáctico: en este caso se trataría
de astros muy ricos en metales, con unas velocidades relativas
respecto al Sol bastante reducidas, y cuyas órbitas se
sitúan dentro del plano galáctico. Ejemplos de
este tipo de estrellas los tenemos en los cúmulos abiertos,
y en aquellos astros muy luminosos (gigantes y supergigantes)
que brillan con luz blanca o azulada por todo el cielo. Los
espectros de los brazos espirales, donde se confinan generalmente
estas estrellas, sugerían en cambio un tipo F, más
acorde con astros de una mayor luminosidad y temperatura que
nuestro Sol. |
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Baade llamó estrellas de “Población
II” a las de primer tipo, y “Población I”
a las del segundo. Un aspecto fundamental de esta división
estelar radica en la edad de las estrellas de cada grupo. Las de Población
I son astros jóvenes, mientras que las otras son viejas, quizá
casi tan viejas como la propia galaxia. Al conocerse este hecho se
hizo evidente que las teorías de formación y evolución
de la Vía Láctea necesitaban de una importante remodelación,
ya que hasta entonces se aceptaba que las estrellas que la constituían
habían sido creadas en un mismo proceso global. Incluso la
idea original (no manifiesta) de Hubble de un paso evolutivo de galaxias
irregulares a elípticas y después en espirales tuvo
que ser alterada notablemente: como los avances en el conocimiento
de los procesos que origina la luz de las estrellas sugería
que los astros grandes y brillantes duraban poco tiempo (porque gastaban
rápidamente las reservas de energía), entonces era lógico
suponer que los brazos espirales, provistos de estrellas de este tipo,
eran una característica efímera en la evolución
de una galaxia. Por tanto, lo que el hallazgo de Baade indicaba era
el paso de galaxia irregular a espiral y, finalmente, a elíptica.
Sin embargo, también hubo quién pensó que la
forma de las galaxias (irregulares, espirales, etc.) no se correspondían
con cambios evolutivos normales, sino que representaban distintos
tipos galácticos temporalmente estables, y que en absoluto
cambiaban a lo largo de los eones. Así, una galaxia espiral
mantendrá su forma, excepto en el caso de ser trastornada por
el paso cercano de otra, y lo mismo para los restantes tipos. La causa
de que una galaxia sea de una clase u otra deberá buscarse
en la cantidad de momento angular en el momento de la formación
de la galaxia en cuestión.
De un modo u otro, parece ser que las galaxias como nuestra Vía
Láctea, han seguido una evolución similar a ésta:
los primeros instantes de vida de la galaxia nos muestran una gran
esfera de gas en rotación. Tras una primera fase de contracción
acelerada, debió llegar el momento cumbre en el que a causa
de la gran densidad de ciertas zonas, éstas se fragmentarían
y formarían las primeras agrupaciones de estrellas de Población
II. El gas que no formó parte de esta primera hornada de estrellas
se concentró en el disco de la galaxia, constituyendo una gran
región de material apto para el nacimiento de futuras estrellas.
Cuando, como consecuencia de nuevos movimientos y fuerzas entre el
gas, hubo las condiciones adecuadas, aparecieron los astros de Población
I (figura 3). |
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El motivo por el cual las estrellas de Población
II son pobres en metales y las de Población I muy ricas en
ellos tiene fácil explicación si tenemos en cuenta que
las primeras son generalmente astros de gran masa. Las de mayor masa
aún, tras su vida útil, acabarán estallando en
forma de supernova; estas estrellas, después de varios millones
de años, habían creado en su interior elementos pesados
que no existían entre el gas de la Vía Láctea.
Al explotar, lanzaron estos elementos al espacio, y nutrieron a las
nubes de gas con ellos las cuales los cederían al formar más
tarde estrellas de Población I. Por tanto, las estrellas recientes
son ricas en metales gracias a la muerte de sus predecesoras.
Resta por aclarar que sea cual sea el modelo galáctico que
adoptemos (a saber; galaxia irregular, espiral y elíptica (o
viceversa), o bien una evolución para los diferentes tipos
sin relación alguna entre ellos), nos encontramos ante una
dificultad: resulta que las reacciones nucleares que han tenido lugar
en las primeras etapas del Universo no son suficientes para explicar
por qué el mismo es tan rico en diversos elementos, como el
helio. Es decir, el Universo era en sus inicios demasiado rico en
metales si atenemos únicamente a las reacciones nucleares típicas.
Para intentar solucionar el problema se ha propuesto la existencia
de un tipo diferente de estrellas, que vivieron en los primeros tiempos:
las estrellas primigenias o “Población 0”.
Al parecer, estas estrellas nacieron solamente entre 100 y 250 millones
de años después del Big Bang, y se formaron en pequeñas
protogalaxias aparecidas tras ligeras fluctuaciones de densidad del
joven Universo. Como no existían más elementos que el
hidrógeno y el helio, las estrellas primigenias alcanzaron
unas características espectaculares (se especula con que eran
de 100 a 1.000 veces más masivas). Al igual que sucedería
mucho más tarde con los astros de Población II, las
estrellas primigenias explotaron en forma de supernova, expulsando
al espacio los elementos pesados que había forjado en su interior
(algunas de estas estrellas eran tan masivas que se convirtieron en
agujeros negros). Postulando la existencia de estrellas primigenias,
por tanto, solucionamos la cuestión de la presencia de elementos
pesados antes de la aparición de astros de Población
II.
De modo que el estudio de las estrellas de la Vía Láctea
y las demás galaxias nos ha permitido entender de una manera
razonablemente buena la evolución de las propias galaxias.
Sabemos ahora que nuestro entorno galáctico está formado
por dos tipos diferentes de astros, casi antagónicos en sus
características, pero que tienen un nexo en común: deben
su existencia a otras estrellas, hoy desaparecidas y absolutamente
anónimas. Al igual que en el caso de la Humanidad, que proseguimos
el camino iniciado por nuestros predecesores culturales, las estrellas
también continúan el sendero abierto por aquellas estrellas
primigenias, de cuya remota sustancia han sido forjados los bellos
astros que hoy jalonan el Universo. |
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| 1Cuando se hacían tomas fotográficas
de objetos lejanos como las galaxias, se empleaban habitualmente emulsiones
cuyo máximo de sensibilidad estaba en la parte azul del espectro.
De modo que las grandes concentraciones de estrellas en el centro
de las galaxias sería resoluble si en ella hubiese astros como
las supergigantes azules (como sucedía en los brazos espirales),
que emitían sobretodo luz azul, como su nombre indica. |
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Gandía (Valencia), España,
03 de Diciembre de 2005. |
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