Azarquiel, el pionero olvidado
Jesús
Salvador Giner |
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Hay en el mundo de la Astronomía
algunos personajes históricos que han contribuido
de manera muy importante en el avance de esta ciencia y
que hoy sólo son recordados por unos pocos expertos
o por quienes han estudiado a fondo el periodo en que vivieron.
Y, sin embargo, las aportaciones de estos grandes sabios
tal vez hayan sido más trascendentales para la Astronomía
que muchos de los hoy exaltados y venerados científicos
occidentales. |
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robablemente
nadie ignorará, a estas alturas del conocimiento y difusión
cultural, quiénes fueron y qué aportaron al mundo del
saber hombres como Copérnico, Galileo, Newton o Kepler, entre
otros muchos. Todos ellos consiguieron implantar una nueva visión
de nuestro mundo (o de su relación con otros mundos), y son
debidamente estudiados y recordados. Ahora bien, en el oscuro periodo
que se inicia con el segundo milenio de nuestra era, esto es, hacia
el año 1000, hubo una serie de extraordinarios científicos,
astrónomos en particular, que fueron capaces de descubrir hechos
que, mucho más tarde, serían reconocidos como pilares
fundamentales en la comprensión del Universo. Hubo particularmente
uno de estos astrónomos, cuya existencia a veces pasa desapercibida
en los textos de historia de la Ciencia, que incluso se adelantó,
al parecer, a saberes que se conocerían sólo siglos
más tarde. Se llamaba Abu Ishaq Ibrahim Ibn Yahya Al-Zarqali
o, en su nombre en latín, Azarquiel.
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Figura
1: Azarquiel, retratado en su madurez.
(cortesía del autor) |
Azarquiel (figura 1), nació seguramente hacia el año
1029, en Toledo. Su nombre, Azarquiel, era en realidad una especie
de apodo, con el que era conocido en vida debido a sus intensos ojos
azules (zarcos). Ya de joven, Azarquiel mostró ciertas dotes
para trabajar con los metales, habilidad que le fue enseñada
por su padre, que trabajaba como cincelador. Azarquiel pronto aprendió
lo suficiente como para iniciarse en el mundo de la construcción
de instrumentos de precisión. Poco a poco perfeccionó
sus métodos, llegando a alcanzar un puesto de mucha relevancia
en la sociedad de su tiempo, pues proporcionaba todo tipo de instrumentos
a los sabios y maestros toledanos.
No fue hasta 1078-1080 cuando Azarquiel decidió trasladarse
a Córdoba a consecuencia de las invasiones cristianas que sufría
constantemente Toledo. Gracias a su pasado artesano, Azarquiel pudo
ser conocido en muchas partes por su talento en el trabajo manual,
pero nuestro personaje estaba decidido a ir más allá
e intentar, mediante el estudio del Cosmos, comprender algunos de
los mecanismos que movían los astros en los cielos.
Una de las más citadas contribuciones de Azarquiel fueron la
compilación de las Tablas Astronómicas de Toledo, en
su versión árabe. Sin embargo, resulta un poco paradójico
que, en realidad, Azarquiel tuviera una aportación a este respecto
bastante intrascendente. Más bien, la calidad y exactitud de
las tablas se debe a la labor de dos ayudantes de Azarquiel, Al-Juarismi
y Al-Battani. Pero de las Tablas hablaremos al final de artículo
con mayor detenimiento.
Azarquiel realizó estudios e investigaciones en varios campos
de la Astronomía. Por ejemplo, fue capaz de encontrar cuál
era el movimiento del apogeo solar (la distancia máxima entre
la Tierra y el Sol). Azarquiel pudo determinar con una gran precisión
que el punto del apogeo solar variaba en 1 grado cada 299 años,
analizando las observaciones que se disponían al respecto durante
los últimos 25 años.
También tuvo Azarquiel interés en el tema de la precesión
de los equinoccios. Escribió un trabajo sobre ello, hoy en
día desaparecido, en el que describe de qué manera podría
explicarse este hecho. Como la Tierra es un astro «deformado»
que recibe la influencia básica del Sol y de la Luna y, en
menor medida, de los otros planetas del Sistema Solar, se produce
un pequeño cambio en la dirección de su eje de rotación
a lo largo del tiempo. El eje se mueve en torno a un eje vertical
perpendicular al plano de la eclíptica, trazando en el proceso
un cono. Cada revolución del eje de rotación alrededor
del cono, le lleva a la Tierra unos 26000 años. En realidad,
la Tierra se comporta como una peonza (figura 2). |
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Sin embargo, si hay dos cuestiones en las que Azarquiel
realizó las mayores y más trascendentales aportaciones
a la Astronomía, éstas tienen que ver con las órbitas
de los planetas y la predicción de la aparición de los
eclipses y los cometas. En ambos casos, de ser ciertos, se habría
adelantado en varios siglos a sus homónimos occidentales.
Todos conocemos que las órbitas de los planetas de nuestro
Sistema Solar no son exactamente esféricas. De hecho, al parecer
no hay nada perfectamente redondo en todo el Universo; el Sol y la
Luna, por más que los percibamos como astros con una forma
idéntica a la de la circunferencia, son objetos achatados en
los polos. La misma Tierra es ligeramente oblonga.
Las órbitas de los planetas se suponían y aceptaban
como esféricas porque concordaban con el ideal de perfección
y belleza de la teoría geocéntrica, pero era sólo
una suposición. Aunque, por supuesto, los eclesiásticos
y todos aquellos que defendían la posición central de
la Tierra en el Sistema Solar habrían argumentado que tales
órbitas eran esféricas necesariamente, ya que
se ajustaban a la perfección con la ideal de magnificencia
cósmica que hubiera dispuesto el "Creador". Un Universo
en el que algo no era geométricamente perfecto no tenía
sentido en las mentes del hombre de los siglos medievales (figura
3). |
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Sin embargo, Azarquiel tuvo la osadía de considerar
la posibilidad de que en realidad las órbitas planetarias no
fuesen ni tan perfectas ni tan geométricas, sino que tal vez
tuviesen una forma bastante cercana a la de un óvalo, que en
esencia no es más que una especie de circunferencia alargada.
Algo similar a coger una cinta de goma, de las usadas para el cabello,
y estirarlas por dos extremos opuestos. El resultado es un óvalo.
No obstante, una intuición tan notable no tuvo ni mucho menos
buena acogida. Aunque esta idea de Azarquiel no era nueva, pues ya
los antiguos griegos habían adelantado algo similar, nadie
se preocupó de ella ni entonces ni en los años ni siglos
posteriores, simplemente porque no había manera de comprobar
su veracidad. Fue necesario que Johannes Kepler (1571-1630), bien
entrado el siglo XVII, con los conocimientos y adelantos matemáticos
propios de su época, quien demostrara que, en efecto, las órbitas
de los planetas no eran circulares, sino elípticas. Kepler,
con todo el merecimiento, ha sido el símbolo del cambio de
pensamiento antiguo al moderno, pero aún así deberíamos
al menos valorar en su justa medida el trabajo de Azarquiel, quien
ya había aventurado las conclusiones de Kepler casi 600 años
antes.
El otro hecho importante que Azarquiel parece haber descubierto mucho
antes que lo hicieran los científicos y pensadores occidentales
está relacionado con los eclipses y los cometas (figura 4). |
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Según lo que se deduce del estudio de las tablas
de Toledo, Azarquiel estaba en disposición de realizar predicciones
de suma importancia dentro de la Astronomía. Las Tablas tenían
como función principal la de ofrecer a los astrónomos
las posiciones en el cielo de cierto tipo de astros y las fechas en
las que tenían lugar determinados fenómenos cósmicos
(como las fases de la Luna, etc.). Por tanto, eran empleadas para
poder concretar la situación exacta de un cuerpo celeste en
épocas futuras. Azarquiel, que tenía en su poder datos
precisos sobre multitud de fenómenos gracias a la labor de
sus ayudantes, pudo emplear las Tablas para predecir los eclipses
solares que sucederían años e incluso siglos más
tarde. La precisión de las Tablas era tal que Pierre Simon
de Laplace (1749-1827), uno de los más destacados matemáticos
de la Ilustración, seguía utilizando las observaciones
y anotaciones de Azarquiel para realizar los cálculos de las
posiciones y predicciones planetarias.
Al parecer, también fue capaz, mediante el análisis
detallado de los datos recabados, de poder predecir la aparición
de cometas en el futuro. Sobre esto hay que ser, no obstante, un tanto
cautelosos, ya que no disponemos aún de los conocimientos necesarios
para poder asegurar tal extremo. Resulta posible, a pesar de todo,
que Azarquiel pudiera en efecto tener conocimiento de algún
procedimiento por el cual llegara a predecir la aparición de
un cometa. Si esto fuera cierto, Azarquiel aventajaría en casi
700 años a Edmund Halley
(1656-1742), quien comprendió que el cometa que lleva su nombre
y que se había observado en 1681 era el mismo que otros astrónomos
vieron en 1604, y que retornaría a las proximidades del Sol
en 1757. Halley sentó las bases para poder determinar asimismo
el año aproximado de retorno del cometa empleando unas pocas
observaciones del mismo.
Hoy en día Azarquiel es recordado fundamentalmente por su trabajo
en las Tablas de Toledo y por algunas aportaciones instrumentales
ingeniosas. Pero en este pequeño artículo, en el que
sólo hemos esbozado algunas cuestiones básicas respecto
a su figura, hemos visto que los logros del astrónomo cuyo
nombre es desconocido para la mayoría de los aficionados (y
profesionales) a esta ciencia, son mucho más importantes. Y,
además, tiene la virtud de haber imaginado ideas y conceptos
que serían aceptados como válidos y correctos sólo
con el transcurrir de los siglos. Azarquiel, el mayor astrónomo
del periodo islámico español, fue un verdadero pionero
del conocimiento del Cielo. |
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Bibliografía |
- Historia Fontana de la Astronomía y la Cosmología,
J. North, Fondo de Cultura Económica, México, 2001.
- Història de la Filosofía i de la Ciencia,
Juan Carlos García-Borrón, Teide, Barcelona, 1991.
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| Gandía (Valencia), España, 11 de
Setiembre de 2006. |
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