Descubriendo Enanas Marrones
Jesús
Salvador Giner |
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Hace casi una década, un equipo
de astrónomos españoles descubrió la
primera de una serie de astros cuya principal característica
es la de encontrarse en un rango de tamaño y masa
intermedia entre las estrellas propiamente dichas y los
planetas. Son las enanas marrones, cuerpos sorprendentes
y que tal vez podrían ser las perfectas depositarias
para la vida. En este artículo hablaremos de tres
de ellas, Teide 1, Calar 3 y GL 229 B,
las primeras
en descubrirse. |
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a
existencia de las enanas marrones no se ha podido demostrar hasta
hace pocos años. No obstante, en muchas ocasiones los astrofísicos
habían postulado su presencia entre el espacio interestelar.
Era de esperar encontrar astros que tuvieran una naturaleza según
la cual no pudieran considerarse estrellas, pero tampoco fueran exactamente
planetas. Es decir, una especie de término medio entre ambos.
Esta posibilidad empezó a tomar forma cuando quedaron establecidos
los rangos de masa y dimensiones de las estrellas y de los planetas,
y se vio que existía un “hueco” bastante grande
en el que, al parecer, no encajaba ningún tipo de astro. Entonces
la Astronomía inició la búsqueda de ese cuerpo
desconocido que, tal vez, ocupara un escalón intermedio del
bestiario galáctico.
En 1963, Kumar realizó una serie de importantes cálculos
numéricos los cuales sirvieron para afinar con mayor precisión
algunas características de este (hipotético aún)
nuevo tipo de astro. Kumar pudo dilucidar aspectos físicos
como su masa y radio, elaborando posteriormente con estos datos el
diagrama H-R, que mostraba la evolución en el tiempo de estos
cuerpos.
En 1975, Jill Tarter publicó su tesis doctoral en la que dedicaba
un capítulo a unas (también hipotéticas) estrellas
demasiado pequeñas para que pudieran observarse directamente
pero que podían tener una influencia notable en la dinámica
de las galaxias del cúmulo de Coma, en la constelación
de la Cabellera de Berenice. El profesor de Tarter, Joe Silk, le había
sugerido la posibilidad de que este tipo de astros fuera el responsable
de la estabilidad de todo el grupo galáctico de Coma. Una gran
cantidad de estas nuevas y escurridizas estrellas serían suficientes
para aportar el necesario equilibrio al conjunto, que de otra forma,
según la teoría, el cúmulo de Coma no tendría.
Tarter, para diferenciar a este tipo de astros de las estrellas convencionales,
les llamó enanas marrones, en una denominación que se
ha mantenido en la actualidad. Resulta curioso la gran cantidad de
apelativos que había, incluso después del trabajo de
Tarter, para designar a estos astros; enanas negras, enanas rojas,
enanas café (en México), enanas mulatinhas
(en Brasil, por supuesto), Júpiteres gigantes, enanas infrarrojas,
estrellas fracasadas, estrella liliputienses... . Sin embargo, pese
a lo gracioso de algunos de ellos, al final enanas marrones
fue la ganadora del concurso.
Las enanas marrones se forman, según se cree, de una manera
parecida a como lo hacen las estrellas convencionales; en masas de
gas y polvo. Estas nubes moleculares situadas a lo largo y ancho del
espacio interestelar tienen una masa muy pequeña, y cuando
ésta es del orden de 80 o 70 masas la de Júpiter (0,08
veces la solar, aproximadamente), entonces la nube de gas se fragmenta
dando lugar a una enana marrón. La contracción por efectos
de la gravedad que sufren estos astros en sus primeras etapas de vida
provoca un aumento importante de la energía radiada, lo que
hace aumentar a su vez la temperatura interior. En el caso de las
estrellas corrientes, cuando tal contracción se halla en su
punto culminante y la temperatura es de varios millones de grados,
la nube alcanza el instante en que se enciende el horno nuclear de
su interior, impidiendo que prosiga la contracción, y empieza
a brillar: el hidrógeno de la estrella se está convirtiendo
en helio. Así es como las estrellas convencionales detienen
su contracción y emiten su luz al espacio, pero en una enana
marrón las cosas no suceden de la misma manera.
Como la masa de la nube que va a originar una enana marrón
es muy pequeña, la temperatura interna del objeto en formación
no va a poder ser jamás la suficiente para encender el horno
nuclear, de modo que la futura enana marrón no dispondrá
de la energía de las estrellas normales para brillar, sino
que únicamente podrá hacerlo si continúa contrayéndose
poco a poco, a lo largo de millones de años. Claro que la contracción
no será eterna. A falta de temperaturas altas que permitan
la fusión nuclear (el mecanismo que produce energía
y luz en el Sol y las estrellas), las enanas marrones irán
radiando al espacio su exigua energía, comprimiendo su tamaño
sin parar hasta que las condiciones físicas de su interior
ya no lo permitan; en ese momento, la enana marrón dejará
de brillar, extinguiendo su luz para siempre. En comparación
con los miles de millones de años de vida de estrellas como
nuestro Sol, las enanas marrones sólo disponen de un exiguo
lapso de existencia.
Es por ello y otros motivos por lo que la detección de las
enanas marrones es tan complicada y no ha sido coronada con éxito
hasta hace muy poco tiempo: todas ellas son de una luminosidad insignificante,
y además es necesario que se hallen dentro de su etapa de juventud
para poder ser observadas con menor dificultad. Las enanas marrones
más viejas son aún menos luminosas, y sólo van
a poder detectarse en condiciones extraordinarias.
Las características de una enana marrón han sido deducidas
de muchos estudios observacionales y teóricos, y aunque aún
haya incertidumbre en algunas de ellas, parecen ser una buena aproximación
general a lo que es un astro de este tipo.
En primer lugar, su distribución en el espacio que circunda
al Sol es, probablemente, muy numerosa. Aunque hasta el momento las
enanas marrones detectadas se hallan en distancias lejanas (Teide
1 y Calar 3 están confinadas en el cúmulo de las Pléyades,
a más de 400 años luz de la Tierra, por ejemplo), una
búsqueda con los instrumentos y técnicas disponibles
para la región cercana al Sol sólo va a hallar forzosamente
unos pocos ejemplos de enanas marrones, pudiendo haber muchos más
inobservables. En este caso es útil observar estrellas de masa
pequeña e intentar descubrir si hay alguna enana marrón
orbitándolas. Pero sucede que la mayoría de las estrellas
de la vecindad solar tienen edades que superan los 1.000 millones
de años, por lo que si tuvieran una enana marrón de
compañera, ésta sería muy vieja también,
y resultaría difícil localizarla. Sin embargo, es razonable
pensar que si existen tantas estrellas en la Vía Láctea
y tantos planetas extrasolares como se viene demostrando desde hace
una década, entonces no hay por qué suponer que respecto
a las enanas marrones la situación sea distinta. Podría
haber un centenar de enanas marrones en un radio de tan sólo
50 años luz alrededor del Sol. O incluso más.
La temperatura en superficie de una enana marrón es de sólo
2.600 grados Kelvin, en comparación con los 6.000 grados del
Sol. En su interior, la primera tiene menos de tres millones de grados
(justo en el límite inferior en el que pueden iniciarse las
reacciones nucleares de fusión), mientras que en el Sol es
de 15 millones de grados. Estas temperaturas tan reducidas son las
responsables de que la enana marrón sea tan difícil
de observar.
Las masas típicas de las enanas marrones son exiguas; sólo
son habitualmente unas 50 veces más masivas que Júpiter
(el Sol lo es más de 1.000 veces), aunque oscilan entre ese
valor y las 70 masas de Júpiter. Con tan poco combustible en
su interior, es lógico pensar que las enanas marrones no van
a brillar demasiado. Si estos astros tuviesen una masa sólo
el doble, de unas 100 masas de la de Júpiter, entonces sí
serían estrellas por derecho propio. Pero las pobres se han
quedado a mitad de camino.
Las luminosidades típicas de las enanas marrones dan una idea
de lo poco brillantes que son y de lo difícil que es poder
detectarlas; los ejemplares jóvenes tienen una luminosidad
de sólo 8·10-4 la solar,
es decir, sólo ocho diezmilésimas la de nuestra estrella.
En casos de enanas marrones más viejas, la luminosidad desciende
hasta 6·10-6 (6 millonésimas)
la solar.
El tamaño de las enanas marrones se mantiene curiosamente casi
invariable aunque cambie mucho su masa (figura 1). Son prácticamente
igual de grandes una enana marrón de unas pocas veces la masa
de Júpiter que otra que se acerque al límite inferior
de las masas típicas de las estrellas. Los radios habituales
son similares al de Júpiter (por ejemplo en el caso de
GL 229 B) o ligeramente mayor o menor. Por tanto, son astros de elevada
densidad, ya que en ese volumen están concentrados una masa
que es de entre 50 y 70 veces la de Júpiter, como hemos dicho. |
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| 1995 fue un año muy importante dentro del mundo
de la Astronomía. Fue entonces cuando se hizo público
lo que aparentaba ser un planeta en torno a otra estrella, 51 Pegasi.
A este hallazgo se han sumado muchos otros, hasta alcanzar la cifra
de algo más de 130 planetas en la actualidad, en más
de un centenar de sistemas extrasolares. Pero aunque 1995 deba recordarse
por este motivo, hubo otro descubrimiento no menos trascendental;
la detección de la primera enana marrón, realizada precisamente
por astrofísicos españoles. A partir de entonces, lentamente,
su número ha ido creciendo, pero 1995 marcó un hito
por ser el año en que estos dos nuevos tipos de cuerpos celestes
engrosaron las listas del saber humano. Los planetas ya no eran exclusivos
de nuestro Sistema Solar, y además descubríamos la existencia
del eslabón intermedio entre ellos y las estrellas. Ahí
es nada. |
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Teide
1 |
| Fue la primera enana marrón detectada en la
historia de la Humanidad y verificada como tal. La encontraron Rafael
Rebolo, E. L. Martín y A. Magazzù dentro del cúmulo
de las Pléyades, en la constelación de Tauro (figura
2). |
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Obviamente se eligió este cúmulo para
buscar enanas marrones porque precisamente se trata de un agrupamiento
estelar muy joven, con estrellas de pocos millones de años
de edad, de modo que es posible encontrar allí enanas marrones
relativamente luminosas, en el caso de que las haya entre los varios
centenares de astros que componen este cúmulo. Además
de su cercanía (alrededor de 400 años luz), las Pléyades
apenas se ven afectadas por la absorción interestelar, y su
composición química es muy similar a la del Sistema
Solar. Todo ello hace de M 45 un lugar fantástico para encontrar
enanas marrones.
Teide 1 (así llamada en honor al observatorio desde donde fue
descubierta) se sitúa a unos escasos 16 minutos de arco del
centro de M 45 (aproximadamente la mitad del tamaño de la Luna
llena), y su magnitud en filtro infrarrojo es de 18,8 (figura 3).
Los espectros obtenidos del objeto indican que se trata de un cuerpo
muy frío, probablemente de tipo espectral M 9 (V), y que su
temperatura es de alrededor de 2.400 ºK en superficie (el Sol
alcanza los 5.800 ºK), con una luminosidad que apenas llega a
la milésima solar. Su masa es del orden de 0,07 veces la del
Sol, integrado por tanto dentro de la clase de objetos subestelares
(figura 4). Este valor es apenas unas decenas de veces el de Júpiter,
y se halla justo en el límite entre lo que se supone es un
cuerpo subestelar y una estrella propiamente dicha. |
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