El mínimo de Maunder:
¿Qué le sucedió al Sol entre 1645 y 1715?
Jesús
Salvador Giner |
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Pues parece ser que, durante ese
periodo, nuestra estrella tuvo una actividad tan baja que,
en la Tierra, se padeció un periodo conocido como
la "Pequeña Edad de Hielo", en el que los
ríos se congelaron, hubo cosechas insuficientes para
alimentar a la población, las enfermedades diezmaron
a las gentes y, en general, se sufrió mucho para
poder sobrevivir. ¿Qué le ocurrió al
Sol para cambiar tanto y tan repentinamente? |
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o cabe
duda de que consideramos al Sol como un astro bastante constante.
Su majestuoso y seguro recorrido por nuestro cielo nos hace pensar
que es el ejemplo perfecto de regularidad. Y, sin embargo, son muy
numerosos los indicios que apoyan la idea de que el Sol no ha mantenido
el mismo nivel de actividad durante el último milenio. ¿Ha
tenido pues nuestra estrella episodios de “energía”
menguada, en los que las manifestaciones de su gran poder han sido
puntuales e infrecuentes? Y, en particular, parece ser que entre la
segunda mitad del siglo XVII y principios del XVIII su actividad era
tan insignificante que la Tierra, al no recibir la cantidad de radiación
suficiente, casi enferma de hipotermia planetaria. ¿Tuvo
lugar realmente ese periodo de frío intenso hace más
de dos siglos, y si es así, por qué sucedió? |
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Todo empieza en 1843. Heinrich Samuel Schwabe (1789-1875),
farmacéutico alemán aficionado a la Astronomía,
con el ánimo de encontrar a Vulcano, un hipotético planeta
entre el Sol y Mercurio, inicia una exhaustiva recopilación
de sus observaciones disponibles de las manchas solares (abarcaban
desde 1826), que son las más evidentes manifestaciones de la
actividad solar (figura 1). Descubrió que su número
varía periódicamente. En años apenas se veían,
después en unos pocos aumentaban en cantidad, manteniéndose
en número a lo largo de un par de años, y por último,
poco a poco empezaban a menguar durante cinco o seis años más.
En total, once años, aproximadamente, en los que era claro
que existía un ciclo, con máximos en los que se observaban
gran cantidad de manchas solares y mínimos en los que apenas
de distinguían.
Otros astrónomos pronto continuaron la labor de Schwabe, mejorando
el rigor de las observaciones, pero medio siglo después de
que él empezara su tarea, en 1893, Edward Walter Maunder, del
Royal Greenwich Observatory, en Gran Bretaña, decidió
construir la llamada ’curva undecanal’, es decir, mostrar
en un gráfico la actividad solar durante un extenso periodo
de tiempo. Se basó en observaciones fiables de Galileo Galilei
(1564-1642) y de otros astrónomos de la época para el
intervalo que abarcaba desde la aplicación del telescopio hasta
1700.
Maunder constató, asombrado, que a partir de 1643, las observaciones
no incluían la presencia de grandes cantidades de manchas solares.
De hecho, no había casi ninguna anotación entre ese
año e inicios del siglo XVIII. Para divulgar sus hallazgos,
Maunder publicó en 1894 un artículo en el que llegaba
a una conclusión extraordinaria: durante casi setenta años,
en el intervalo que abarca desde 1645 hasta 1717, el Sol no había
mostrado prácticamente ni una mancha en su superficie (1).
Y esto es extraordinario porque incluso en los momentos de menor actividad,
casi siempre es posible ver alguna. No se estaba considerando no observar
manchas solares durante un mínimo, que abarca dos o tres años,
sino a lo largo de seis largos ciclos de actividad solar. Es más,
parece ser que las manchas observadas en todo ese espacio de tiempo
era más o menos similar a las vistas en un mínimo cualquiera.
Y aún algo más increíble; según el estudio
de Maunder, existía una década (desde 1660 hasta 1670),
en la que nadie, absolutamente nadie, había podido detectar
una sola mancha solar. En otras palabras, durante un ciclo entero,
el Sol había evidenciado un funcionamiento mínimo, al
relantí, algo traducido en su superficie como inexistencia
total de manchas. Un descubrimiento tan sorprendente e importante
merece encuadrar a Maunder dentro del reducido grupo de astrónomos
que con sus aportaciones han cambiado radicalmente la visión
que teníamos del Universo. Maunder nos reveló que el
Sol cambia, que su vida no ha sido siempre igual de monótona,
sino que ha padecido periodos en los que reducía su actividad
a la mínima expresión, algo que no era esperable de
ninguna manera en un astro tan estable.
Pero Maunder no tuvo suerte. Su artículo fue seguido por muy
pocos astrónomos, aunque para realizarlo había contado
con la ayuda en la documentación de otros compañeros
observadores. Y si nadie confió en lo que Maunder decía
fue debido más a una cuestión de fe en las teorías
establecidas que por fallos o errores en la teoría del astrónomo
inglés. El único punto débil que podía
achacársele a Maunder fue sustentar sus ideas en una base de
datos carente de la total fiabilidad. En efecto, los registros no
ofrecían mucha seguridad de que fueran correctos o cuidados.
Aunque fueran los más numerosos, los informes poco fiables
estaban confirmados por los de otros magnos astrónomos, de
los cuales no cabía duda razonable alguna de su buen hacer
como observadores, ya que su vida estaba llena de importantes y difíciles
descubrimientos, pero ni aún así Maunder recibió
la atención que merecía.
John Flamsteed (1646-1720) primer astrónomo real inglés,
de gran reputación y agudeza visual (preparó un catálogo
de 3.000 estrellas en el que consignaba su posición con una
precisión de 10 segundos de arco, una verdadera hazaña
para la época), reseñó que por fin había
podido observar una mancha solar, tras varios años intentándolo.
Por otra parte, el no menos célebre Giovanni Domenico Cassini
(1625-1712), bastante antes que Flamsteed, conservaba observaciones
muy antiguas, desde prácticamente 1645, es decir, a partir
de cuando Maunder había considerado el inicio de su periodo
de escasa actividad. Lo que Cassini escribió en 1671 se convertiría
en una importante baza a favor de la teoría de Edward Maunder:
aquel año, el astrónomo italo-francés había
visto una mancha solar; por primera vez en ...¡veinte años!.
Cassini no era precisamente un astrónomo de poca habilidad
visual. Para los que conozcan un poco a este extraordinario observador,
recordar que además de descubrir la banda oscura entre los
anillos de Saturno (división de Cassini), efectuó multitud
de estudios sobre la rotación de Marte, las cinturones nubosos
de Júpiter, las distancias planetarias, etc. En otras palabras,
era uno de los astrónomos de mayor capacidad y talento que
han existido. Si Cassini había visto una mancha solar después
de veinte años de no captar ninguna, había, por fuerza,
que creerle.
Asimismo, el francés Jean Picard (1620-1682) dejó escrito
que el llevaba una década entera sin avistar ninguna mancha
hasta que por fin vio una, precisamente en 1671, el mismo año
que Cassini.
Sin embargo, el recelo a aceptar los estudios de Maunder era por otros
motivos. Tal vez aunque el mismo Newton hubiera certificado la inexistencia
de manchas solares durante prácticamente toda su vida (curiosamente
casi coincide con el periodo de que estamos hablando, 1642-1727),
los científicos de principios del siglo pasado continuarían
obcecados en rechazarlo. Y esto es así porque lo que Maunder
estaba destrozando la visión aceptada de un Sol con un ciclo
de actividad perfectamente establecido, de once años, que se
había constatado al milímetro durante los últimos
170 años (figura 2). |
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Lo extraño es que antes incluso del periodo
de mínimas manchas solares, es decir, el intervalo que abarca
entre las primeras observaciones telescópicas (hacia 1610)
y el inicio del propio mínimo (1645), han quedado registradas
gran cantidad de manchas, en especial en 1615, cuando parece ser que
se alcanzaron valores cercanos a los de un máximo solar normal.
En otras palabras, antes y después del periodo que estamos
analizando había manchas en número abundante, y entre
1645 y 1715 apenas aparecen unas pocas. Su escaso o nulo número
es constatado por observadores prestigiosos y así lo recoge
y expone Maunder a la Royal Astronomical Society. Pero nadie le reconoce
su acertado enfoque del fenómeno.
De hecho, ha de pasar prácticamente tres cuartos de siglo hasta
que se redescubre el trabajo de Maunder. Incluso en una época
tan próxima a nosotros como 1965 se continuaba ignorando el
prolongado mínimo de manchas solares, sobretodo porque se creía
que en ese intervalo de tiempo los datos no eran fiables, aunque ya
hemos visto que no era así. Incluso un científico de
la talla de George Gamow (1904-1968), en su famoso libro "Una
estrella llamada Sol", de 1964, iniciaba el recuento de manchas
desde 1750, prácticamente a partir del fin del mínimo
de Maunder (figura 3). |
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Debemos esperar hasta 1970 para que el astrónomo
solar John A. Eddy (High Altitude Observatory, Colorado, EE.UU.)
analizara los estudios de Maunder con nuevos datos y observaciones
a las que este último no tenía acceso, y publicara a
su vez un artículo donde certificaba que las ideas de Maunder
eran esencialmente correctas, bautizando como “Mínimo
de Maunder“ el periodo correspondiente entre 1645 y 1720. Eddy
apoyó sus conclusiones en una serie de importantes premisas
(2), entre las que caben destacar sobretodo tres puntos, a saber:
la cantidad de auroras visibles en ese intervalo, el análisis
del 14C (carbono 14) en los anillos de crecimiento de los
árboles, y el clima que sufrió nuestro planeta durante
el propio Mínimo.
1) Las auroras (figura 4), esos magníficos espectáculos
de luz que pueden observarse en altas y bajas latitudes (auroras boreales
y australes), son debidas a que partículas energéticas
procedentes del Sol, generalmente expulsadas tras la aparición
de fáculas en la superficie de la estrella, alcanzan
a la Tierra, y son desviadas por nuestro campo magnético hacia
las regiones polares, donde entran en contacto con la alta atmósfera
del planeta y se ionizan, es decir, los átomos pierden
o ganan electrones y, por tanto, ya no son neutros, sino que adquieren
carga eléctrica. Esta ionización de las partículas
solares provoca la excitación de los átomos de oxígeno
y nitrógeno presentes en la misma ionosfera, lo que se traduce
en la formación de brillantes auroras. Bien, las auroras son,
por tanto, una manifestación de la actividad solar. Cuando
el Sol está muy activo y son abundantes las fáculas
en su superficie, se expulsan gran cantidad de partículas de
alta energía, llegan a los polos terrestres y excitan los átomos
de la ionosfera. A mayor número de partículas, más
auroras y de mayor intensidad en su brillo podremos observar. |
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| Si la actividad solar durante el Mínimo de Maunder
hubiera sido tan baja, los registros de auroras, por fuerza, deberían
ser a su vez igual de escasos, y aquí no había posibilidad
alguna de error en las observaciones, pues para ver una aurora el
único requisito es hallarse en una zona cuánto más
próxima al polo mejor. Son tan brillantes y espectaculares
que a simple vista es el mejor método para disfrutarlas. |
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1E. W. Maunder no fue, parece ser, el primero
en publicar la relación de manchas solares en ese periodo de
1645-1715. En efecto, Friedrich Wilhelm Gustav Spörer (1822-1895),
astrónomo alemán, escribió un artículo
en 1887 donde especificaba claramente que sus averiguaciones mostraban
la existencia de un mínimo de actividad solar durante esos
setenta años. Pero como Maunder resumió los resultados
hallados por él mismo y por Spörer a la Royal Astronomical
Society, en su artículo de 1893, todos los méritos le
fueron concedidos a Maunder. Incluso casi un siglo antes, en 1792,
Joseph Lalande (1732-1807) astrónomo francés de gran
reputación, había mencionado ya la inexistencia de manchas
solares entre 1645 y 1720, pero no tuvo su observación gran
trascendencia en el mundo astronómico y fue casi olvidada por
completo.
2Para más información sobre el estudio de
John A. Eddy, véase "¿Existió realmente
el Mínimo de Maunder", Angel Alberto González
Coroas, ASTRONOMÍA, nº 10, págs. 32-41, abril de
2000. |
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