La muerte del Sol Jesús
Salvador Giner |
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Dentro de miles de millones de años,
cuando quizá toda la Humanidad haya dejado el planeta
Tierra y esté diseminada por entre las estrellas
de la Vía Láctea formando colonias de exploración
galáctica, el Sol, la estrella que ha proporcionado
el sustento idóneo para la formación y posterior
evolución de la vida, empezará a sufrir una
serie de transformaciones que le llevarán a su extinción
como astro. El final del Sol será relativamente tranquilo,
pero su muerte significará también la del
Sistema Solar y, por tanto, el de la Tierra y las formas
de vida que puedan poblar el planeta en esos momentos. |
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esconocemos
las implicaciones de la muerte. Sólo sabemos que significa
nuestro fin en este mundo, pero no podemos aventurar nada más.
¿Será ese fin definitivo o hay otra vida más
allá, en otros planos de existencia o dimensiones desconocidas
para los humanos? Como la única forma estricta de saberlo pasa
por experimentarla por nosotros mismos, con el consiguiente riesgo
de no hallar esa otra vida caso de que no exista, las personas por
lo general tememos a la muerte. Pero no sólo nosotros morimos:
las plantas y los animales, sin distinción de inteligencia,
también tienen su fin en el ciclo vital de su existencia. ¿Queda
algo que podamos “etiquetar” como eterno? Los antiguos
creyeron que lo único que no moría, y que por tanto,
era inmortal, era el firmamento. Esa concepción del Universo
implicaba que no habría cambios en él, que mantendría
una constancia perfecta y las alteraciones o imperfecciones que pudieran
observarse se considerarían como propias de la Tierra. Un meteoro
o un cometa, por ejemplo, eran fenómenos situados dentro del
ámbito de influencia de nuestro planeta, no hechos que sucedían
más allá de él.
Y si el Universo era eterno y perfecto, el Sol, que estaba más
allá de la región que ocupaba la Tierra, también
debía serlo. Por consiguiente, la estrella del Sistema Solar
había estado siempre en los cielos y seguiría estándolo
hasta la eternidad, sin que en su disco se pudiesen ver fenómenos
extraños o desconocidos; el Sol era perfecto y como tal era
imprescindible su pureza, su rostro inmaculado a lo largo de los eones.
El descubrimiento de las manchas solares (observadas ya por astrónomos
chinos y posteriormente a través del telescopio en el siglo
XVII) reveló claramente, sin embargo, que nuestra estrella
no era inmaculada, sino que tenía ‘defectos’, imperfecciones
en su superficie. Esto propició un abandono de la idea de un
Sol inmutable. Así, tras siglos de perfección e inmortalidad
cósmica, se empezó a pensar en la posibilidad de que
nuestra querida estrella tuviese un fin, una muerte real. Debió
ser un duro golpe para los partidarios de lo eterno; excepto el Universo
mismo, ya no había nada en él que pudiese considerarse
‘vivo’ para siempre (por supuesto, si no lo era el Sol,
aún menos la Tierra, que dependía de su energía).
Así, los científicos iniciaron un estudio de las propiedades
de las estrellas que se veían en el cielo nocturno, y compararon
los conocimientos adquiridos con la naturaleza del Sol, a fin de poder
establecer cuál había sido su línea evolutiva.
Hagamos un breve repaso a la vida del Sol hasta el momento presente.
Según la teoría sobre el nacimiento del Sol más
aceptada en la actualidad, nuestra estrella se originó producto
de la unión por atracción gravitatoria de multitud de
pequeñas partículas que inicialmente formaban parte
de una nube de gas y polvo. Al apretarse más y más,
la temperatura aumentó de manera considerable hasta que en
un momento dado, la protoestrella empezó a brillar producto
de las reacciones nucleares. Aquí es cuando empieza la vida
“normal” del astro, caracterizada por la conversión
de hidrógeno en helio, elementos principales que constituían
la estrella; la presión y la gravedad, fuerzas opuestas perfectamente
contrapuestas en intensidad, permiten a la estrella mantener una gran
tranquilidad física. Este periodo es el más estable
y también el más largo. El Sol, de hecho, aún
permanece en esta fase, llamada secuencia principal (figura
1). |
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A partir del momento en que el hidrógeno empieza
a escasear en el interior del Sol, se suceden una serie de acontecimientos
que precede a la muerte de la estrella. Una vez sólo se dispone
de helio, conservado en el centro como núcleo del astro, éste
queda rodeado por las capas más externas, que aún contienen
hidrógeno. Pese a que la estrella tiende a enfriarse, pues
ya no acontecen las reacciones nucleares que mantenían el centro
a una temperatura de 20 millones de grados, el enfriamiento genera
contracción1. Consecuentemente, la estrella vuelve
a calentarse, y alguna de las capas de hidrógeno que se sitúan
en torno a ella alcanza el punto de las reacciones nucleares. En palabras
de Carl Sagan, “una estrella es un fénix destinado a
levantarse durante un tiempo de sus cenizas”. En este momento,
el Sol sufrirá un cambio espectacular en su fisonomía;
se hinchará. Esto es debido a que la enorme liberación
de energía en las zonas que rodean al núcleo obliga
a las capas más externas a expandirse. Esta etapa en la vida
del Sol se denomina gigante roja, y llegará cuando el
astro cumpla alrededor de 10.000 millones de años (es decir,
dentro de aproximadamente 5.000 millones de años). En su expansión,
el Sol alcanzará la órbita de Mercurio, Venus y es posible
que también la de la Tierra. Si esto llega a suceder, por supuesto
que la vida en la Tierra desaparecerá, dado que no habrá
aire ni agua disponibles (de hecho, todos los océanos hervirán
hasta evaporarse), las temperaturas serán elevadísimas
y posiblemente ni siquiera será posible la vida subterránea,
por muy elemental que sea.
La continuación lógica en la vida del Sol, al no disponer
ya de suficiente hidrógeno, es utilizar el helio (que comprende
el 20% de los átomos que lo forman), el segundo elemento más
abundante, para mantener las reacciones nucleares. El helio se convierte
entonces en carbono, pero este proceso, aunque es válido para
mantener las reacciones nucleares y además genera una nueva
expansión, apenas aporta calor a la estrella. Ahora, ya sin
casi helio, el astro padecerá repentinas expansiones y contracciones,
como si luchara por mantenerse vivo aun a costa de no poseer ya la
suficiente energía; oscilando sin parar, mutará grotescamente,
inflándose y encogiéndose continuamente sin control,
en lo que constituirán los últimos respiros del Sol,
dentro de unos 11.000 millones, más o menos... |
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| 1 Algo parecido nos sucede a nosotros cuando
tenemos frío: ¡nos encogemos! |
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