Criptografía:
Breve ensayo sobre el manuscrito Voynich Francisco
A. Violat Bordonau |
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“Si secretum
tibi sit, tege illud, vel rebella”.
“Si tienes un secreto, escóndelo o revélalo”,
es la traducción de un famoso aforismo que he querido
incluir al inicio de este sencillo trabajo.
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estas páginas presento un estudio del manustrito Voynich, un
extraño documento, no traducido todavía, que hace su
aparición en el siglo XVII y que contendría, en palabras
de algunos, secretos demasiado peligrosos.
Pero, ¿qué es realmente lo que contiene?, ¿es
de verdad tan difícil de traducir pese a la potencia de los
actuales ordenadores?, ¿cuándo apareció en escena?,
¿quién y cuándo pudo escribirlo?, ¿es
auténtico de verdad?... retrocedamos un poco en el tiempo para
tener una mejor perspectiva. |
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ALGO
DE HISTORIA |
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| Figura 1. Ampliación
de uno de los diagramas astronómicos: en la
parte superior hay texto que circunda diagramas, en la parte
inferior, verticales, vemos dibujos de estrellas y nombres
que pudieran ser meses o constelaciones (folio 67, recto,
1). |
A finales del año 1912 el librero neoyorkino Wilfrid Voynich
descubrió en la vieja biblioteca del colegio jesuitas de Mondragone,
situado no lejos de Roma, un extraño y curioso documento: un
rarísimo manuscrito depositado allí 250 años
antes por el famoso erudito y criptólogo Athanasius Kircher
(1601-1680).
El documento, al que según su numeración le faltaban
28 páginas del comienzo, era un volumen con gruesas tapas de
pergamino en octavo -de 27 por 15 cm- que conservaba todavía
230 páginas de texto manuscrito fácilmente legible (figura
1); en él podían verse extraños dibujos con tinta
de color (rojo sangre, negro, añil, amarillo o verde) en los
cuales se habían representado una profusión de flores,
mujeres desnudas bañándose en curiosos lagos de tinta,
algo que semejaban intestinos o tubos, arabescos, estrellas y otros
extraños
diseños que parecían esferas y diagramas celestes.
Según una carta que le acompañaba fechada en agosto
de 1666, Kircher lo habría recibido de su antiguo alumno Johannes
Marcus Marci, rector de la Universidad de Praga, ya que el libro habría
formado parte de la biblioteca del emperador Rodolfo II (1552-1612),
gran aficionado al ocultismo y las artes mágicas, quien lo
habría adquirido en el año 1586 por la nada despreciable
suma de 600 ducados. Kircher no logró traducirlo y lo mismo
le ocurrió al sabio y alquimista checo Johannes de Tepenecz,
favorito de Rodolfo II, quien incluso llegó a dejar su firma
en uno de los márgenes. Kircher, ante su completo fracaso,
depositó el manuscrito en una biblioteca de los jesuitas para
que los eruditos de tiempos posteriores lo estudiasen. Allí
estuvo olvidado casi 250 años.
El emperador Rodolfo, aficionado a la magia y a la alquimia, fue el
mecenas de gran cantidad de sabios, místicos y eruditos de
todo tipo (muchos de ellos simples estafadores) que pasaron por su
corte en gran cantidad y con muy distintos propósitos; fue
también el patrón del gran astrónomo danés
Tycho Brahe -a quien cedió el castillo de Benatek para sus
estudios estelares (1599)- y posteriormente del matemático
imperial Johannes Kepler. Algunos años antes (1584-1588) su
corte habría alojado al matemático, erudito, criptógrafo
y espía inglés John Dee quien, posiblemente, fuese quien
le hiciese entrega del manuscrito después de haber intentado
traducirlo en vano.
El documento, según su aspecto y contenido superficial, parecía
un completo herbolario, una
obra de alquimia o incluso un tratado astrológico de la Edad
Media aunque algunos detalles de los dibujos (como los peinados) parecían
acotar el período de su elaboración entre los años
1470 y 1500. Tras reconocer en él un valioso documento Voynich
pidió a los más afamados criptógrafos y especialistas
de la época una traducción de su contenido, poniendo
en circulación fotografías del documento; desgraciadamente
ninguno de los que lo analizan encuentran una solución: en
el manuscrito se pueden reconocer constelaciones (como las Híades,
Tauro y la brillante estrella Aldebarán), aparecen diagramas
astronómicos y se representan plantas desconocidas o imaginarias,
pero no hay nada que aporte pistas fiables.
El manuscrito es fácilmente legible y los signos que en él
aparecen son letras latinas reconocibles ("o", "a"),
números ("2", "8", "9")
o signos desconocidos (como una especie de "tt" con
sus extremos superiores unidos con un lazo simple y en ocasiones doble,
caracteres inventados, algo que parece un interrogante ?, otras
se parecen a letras griegas como nu, iota, rho, etc...); estos
signos forman palabras muy legibles ("8ai2" es visible
en la figura 1, tercera línea, centro) o en ocasiones compuestas
("8a28a2" podemos leer en la primera línea)
sin ningún sentido en los idiomas cultos de la época:
es evidente que su autor
ha empleado algún tipo de clave o cifra que es preciso desentrañar
antes de entender algo.
En 1917 el documento llama la atención de la sección
de criptografía de la División de Inteligencia Militar
de los Estados Unidos (MI-8), cuyo joven y brillante director era
Herbert O. Yardley. El capitán John M. Manly, ayudante de Yardley
y doctor en Filosofía, acomete junto con su jefe su estudio
en profundidad: después de intentarlo en vano terminan por
aseverar que es el manuscrito más misterioso del mundo.
En 1919 llegan las primeras copias del manuscrito a William R. Newbold,
profesor de Filosofía
de la Universidad de Pennsylvania, lingüista y experto criptógrafo;
tras casi dos años de estudio dice (abril de 1921) haber encontrado
por fin una compleja clave (seis traducciones diferentes cada una
de las cuales conduce a la siguiente: el anagrama de la última
sería la clave final) y da a conocer una traducción:
según él habría sido Roger Bacon el autor del
mismo, habiendo descubierto los gametos, microorganismos y otras células
vivas con un microscopio que llegó a construir; también
estudió sistemas estelares con un telescopio
reflector de su invención.
Hasta su muerte, en 1926, continuó su estudio del manuscrito
con la ayuda de su colega Roland G. Kent: sería éste
quien publicase los descubrimientos de Newbold en la obra The cipher
of Roger Bacon (1928). Manly, una vez que abandona el ejército
y toma posesión de su cátedra de la Universidad de Chicago,
estudia este material y descubre que no es correcto publicando un
artículo con sus conclusiones en la revista Speculum
(1931). Demuestra el error de Newbold y de su presunta traducción:
los pequeños "signos auxiliares" -que encontró
gracias a una potente lupa y explicó como taquigrafía-
no eran más que deformaciones y grietas en el papel provocadas
por el paso del tiempo.
Otras personas retoman el tema: en 1945 dos criptógrafos aficionados,
el doctor Leonell Strong y Joseph Feely, presentan una posible traducción
elaborada por medio de códigos de sustitución (asignando
a cada uno de los distintos signos Voynich un signo de nuestro alfabeto
latino) que resulta ser un galimatías sin sentido alguno; un
año antes (1944) el capitán William Friedman, antiguo
alumno del profeson Manly y experto en criptografía militar,
asistido por su equipo, estudia el manuscrito convirtiendo el texto
en signos que pudiese "entender" un ordenador; aunque no
logra traducirlo concluye diciendo que el manuscrito está cifrado
en una lengua artificial desconocida. También encontraron una
rareza: hay palabras que se repiten frecuentemente de modo
muy distinto al de un lenguaje humano normal (como son dar dar
dal, or or al, ol ol ol o qol qol ol).
A la muerte de Voynich (1930) el manuscrito pasó a ser propiedad
de su esposa Ethel Lillian
Voynich quien, ajena a la controversia sobre su contenido, lo guardó
en la caja fuerte de un banco hasta su muerte en 1960. Ese año
sus albaceas lo subastaron y fue adquirido por el librero Hans P.
Kraus, quien lo puso a la venta por nada menos que 160.000 dólares
de la época; quizá debido a que no encontraba ningún
comprador (demasiado caro si sólo es un extraño herbario)
en 1969 lo donó a la Biblioteca Beinecke de manuscritos y libros
raros (Universidad de Yale).
A finales del pasado siglo se creó el Proyecto EVMT
(European Voynich Manuscript Transcription) a cargo de Gabriel Landini
y Rene Zandbergen, cuya misión ha sido transcribir a signos
latinos el manuscrito entero; posteriormente se han unido al proyecto
expertos de todo el mundo e incluso ha aparecido en Internet una lista
(Voynich@rand.org). Este grupo ha creado EVA (European Voynich
Alphabet), un grupo de signos que permiten transcribir su contenido
a caracteres occidentales: gracias a EVA y a las páginas y
documentos depositados en Internet cualquier persona puede "leer"
todas las página del manuscrito,
elaborar su propia traducción del voynichés a
otros idiomas (p. ej. el español) o incluso intentar encontrar
sentido al texto.
Los distintos expertos que lo han analizado (sin éxito hasta
ahora) han emitido varias hipótesis muy distintas: según
unos puede ser un galimatías sin sentido alguno fruto de un
alguimista loco y que, por tanto, no contiene ningún mensaje;
según otros puede tratarse de un documento de escaso valor
(como un compendio de plantas y recetas del siglo XV) escrito en una
lengua artificial codificada mejor o peor (el autor trabajó
a mano y cabe la posibilidad de errores al copiar o transcribir).
Una última hipótesis indica que puede ser sólo
un timo muy bien elaborado y mejor presentado, cuyo objetivo fuese
embaucar al muy crédulo emperador Rodolfo II ofreciéndole
algo que tenía el aspecto de contener información muy
interesante
pero que no valía absolutamente nada...
Para intentar saber quién lo escribió y cuándo
es preciso retroceder en el tiempo y conocer, aunque sea muy someramente,
el desarrollo de la criptografía entre los siglos XIII y XVI,
período de tiempo en el cual pudo haberse realizado. |
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"MAGIA
NEGRA" Y CRIPTOGRAFÍA |
Comencemos por el siglo XVI, época en la que
aparece el manuscrito, para ir retrocediendo poco a poco en busca
de posibles autores.
La figura más importante a caballo entre los siglos XVI y XVII
es el doctor John Dee (1527-
1608) famoso matemático isabelino (profesor, entre otros, de
Thomas Digges, hijo del famoso matemático Leonard Digges),
criptógrafo en sus ratos libres, cartógrafo y -a decir
de la inculta gente de su época- mago y nigromante. Además
de científico de primer orden se cree que trabajó como
"espía industrial" de la reina Isabel, para quien
consiguió ciertos secretos de navegación: existe documentación
sobre su estancia en la corte del emperador Rodolfo II, como agente
de lord Burghley, de 1584 a 1588.
En 1563 encontró en una librería de Amberes un ejemplar,
seguramente incompleto, de la Esteganografía del abad
Tritemio que, según dicen, llegó a completar. Dee aseveraba
que mantenía un muy fluido contacto con "ángeles"
y "espíritus", comunicación que, según
él, realizaba a través de un "espejo" entregado
por estas supuestas entidades. Muchas de las "conversaciones"
que Dee tenía con su espejo, formaron parte de la obra A
true and faithfull relation of what passed between Dr. John Dee and
some spirits, publicado en 1659 por Méric Casaubon, en
el cual aparece una lengua extraña que el propio Dee denomina
enoquiano. Dado que no le era humanamente posible recordar
todas las conversaciones contrató a un ayudante, Barnabas Saul,
para que éste tomase notas mientras él miraba el espejo;
una vez que comprobó que no era más que un bribón
buscó un segundo ayudante que resultó peor que el primero:
Edward Talbott alias Edward Kelley (1555 - 1595), un aventurero
y hábil estafador que terminó arruinando la credibilidad
del ingenuo Dee al pretender hacer de él un famoso alquimista.
(Talbott-Kelley falleció en 1595 al partirse brazos y piernas
tras dar un salto poco afortunado desde lo alto de su celda, en una
cárcel de Praga, en donde había sido encerrado por estafador.)
En una de sus ausencias (1597) la chusma, probablemente asustada por
el contenido de su biblioteca, asaltó su domicilio de Mortlake
(el Lago de la Muerte) y la quemó sin miramientos: es de suponer
que en el incendio se perdieron valiosas obras y raros manuscritos
de todo tipo, sobre todo los del monje Roger Bacon, extraordinariamente
valiosos para Dee. Su obra más conocida es la Monas Hieroglyphica
(1564), un curioso tratado ¿alquímico? en el que se
contiene lo que parece un alfabeto geométrico-visual que recuerda
la tradición luliana de la combinación de letras (poseía
gran cantidad de manuscritos de Llull, desgraciadamente
desaparecidos en el incendio).
De la misma época (1624) es la obra Cryptometrices et cryptographiae
libri IX, escrita por
Gustavo Selenus, en la cual el autor alcanza una complejidad no vista
hasta entonces al emplear una rueda que permite hacer girar una veintena
de círculos concéntricos, cada uno de los cuales contienen
dupletes (grupos de dos palabras), así como tablas que
contienen unos treinta mil tripletes: las posibilidades combinatorias
conseguidas con este sistema son sencillamente astrónomicas.
Incluso Giordano Bruno (1548-1600) se permitió una incursión
en el mundo de la criptografía:
de este modo en su De umbris idearum (1582) propone el uso
de ruedas concéntricas móviles (como las usadas por
Selenus cuarenta años más tarde) subdivididas en distintos
sectores, cada uno de los cuales remite a una imagen o situación
distinta; utilizando cinco ruedas concéntricas es posible codificar
frases (o imágenes compuestas) de gran longitud y complejidad.
Según uno de los estudiosos modernos (Sturlese, 1991) este
artificio permitiría memorizar una serie infinita de palabras
por medio de un número reducido, fijo y limitado
de imágenes.
No mucho antes (1607) el astrónomo y jesuita Clavius (1537-1612)
había escrito In spheram
Ioannis de Sacro Bosco (Sacrobosco, John de Hollywood en la grafía
moderna) en donde discute las posibles combinaciones que se pueden
hacer utilizando las cuatro "cualidades primarias" (frío,
caliente, seco y húmedo), a la vez que se pregunta cuántos
términos distintos podrían elaborarse utilizando las
23 letras del alfabeto (u y v eran equivalentes) en
grupos de dos, de tres y así hasta formar grupos de 23 letras.
Podemos retroceder más hasta encontrarnos con el ya citado
abad Tritemio (1462-1516): este religioso es autor de la Polygraphia,
obra dedicada a la codificación de mensajes y también
de la menos famosa Steganographia o investigación de
escrituras secretas, publicada en 1606, un artificio para la codificación
de mensajes de cara al envío de correspondencia secreta entre
embajadores, ministros y altos cargos de las belicosas cortes de entonces.
Precisamente en esta época se produce un conflicto diplomático
cuando el matemático francés François Viète
(1540-1603), al servicio del rey Enrique IV, traduce los documentos
secretos remitidos al muy católico Felipe II, hecho que éste
atribuyó a la magia negra y denunció ante el Papa (naturalmente
cuando los criptógrafos papales lograron descerrajar
el código español comprobaron que la magia negra no
había tenido nada que ver, desestimando la petición
real).
El trabajo del abad Tritemio no era el primero de este género:
ya en 1587 el también célebre matemático francés
Vigenère había dado a la luz su Traité des
chiffres, obra esteganográfica de clara influencia luliana.
Pero años antes, en 1563, había aparecido la primera
edición de la De furtivis litterarum notis escrita por
Della Porta, trabajo en el que se utilizan tablas que contienen las
distintas permutaciones de las 20 letras del alfabeto.
Remontándonos todavía más atrás en el
tiempo tropezamos con la famosa Ars Magna de Ramón Llull
-castellanizado como Raimundo Lulio o Lullius- (1235-1315), un estudioso
mallorquín convertido en franciscano tras vivir diversas vicisitudes
mundanas; este Ars Magna no es más que un intento de
crear una 'lengua filosófica perfecta' capaz de convertir a
los infieles. La leyenda dice que Llull murió martirizado a
manos de los sarracenos, a quienes intentó convertir empleando
sus propias técnicas lingüísticas. Llull, tomando
la idea del franciscano inglés Roger Bacon (1220-1292) de convertir
infieles al cristianismo estudiando lenguas clásicas, idea
un idioma artificial para difundir ideas y pensamientos a cualquier
pueblo, aunque sea a personas completamente iletradas. Para ello el
Ars emplea 9 letras (B a K) y 4 figuras ingeniosamente elaboradas,
con las cuales es factible elaborar grupos de letras y combinaciones
(idea tomada de la Cábala judía y más
concretamente de la temurá o arte de permutar las letras
para crear anagramas) las cuales son capaces de transmitir ideas y
pensamientos coherentes.
Pero podemos retroceder todavía más hasta llegar a la
Edad Media y a la Cábala (de qabbalah, tradición),
libro hebreo por excelencia que presenta una técnica de lectura
e interpretación de la Torá, el texto sagrado.
Dado que el hebreo no contiene vocales al leer sólo encontramos
consonantes: podemos ver uno de los nombres de Dios (YHVH) en el cual
el lector ha de suplir o interpolar las vocales ausentes (a
y e). Precisamente esta carencia de vocales permite al cabalista
utilizar varias técnicas para extraer del texto distintos significados
ocultos: de este modo el notaricón emplea las iniciales
de las palabras para formar acrósticos que oculten el significado;
la gematriya permite codificar palabras dado que los números
se representan con letras: así cualquier palabra tiene un valor
numérico que es la suma de los distintos valores individuales
de las letras que la forman (el nombre YHVH equivale a 72), con lo
cual se buscan palabras distintas que tengan el mismo valor (tenemos
así la búsqueda de los 72 nombres distintos de "Dios").
Finalmente la temurá es el arte de permutar las 22 letras
del alfabeto hebreo formando anagramas, algo fácil de hacer
en
esta lengua dado que las vocales ausentes han de ser interpoladas
por el lector. El mayor experto en este tema del arte combinatorio
es el judío zaragozano Abraham Abulafia (1240-1291) quien lo
demuestra en su Cábala de los Nombres, un completo tratado
sobre el arte de la combinatoria. Un ejemplo: si se vocalizan las
cuatro letras de YHVH de todas las maneras posibles se obtienen cuatro
tablas distintas de 50 combinaciones cada una...
Como podemos ver la idea de idioma o lengua artificial
existía ya desde el siglo XIII: los trabajos de los criptógrafos
y esteganógrafos posteriores se basaron, pues, los unos en
los de los otros aunque ganaron en complejidad y profundidad a medida
que avanzaba el tiempo.
Aunque aparecen después de la muerte de Dee no puedo dejar
de mencionar la completa Polygraphia nova et universalis ex combinatoria
arte detecta (1663) del ya citado Kircher, quien muestra primero
una poligrafía (lengua internacional abierta a todo
el mundo) y luego una esteganografía (lengua secreta
para cifrar mensajes); sólo unos años más tarde
(1666) se publica la Dissertatio de arte combinatoria del matemático
alemán Leibnitz, con la que cierro esta breve enumeración
de obras criptográficas.
Entre los siglos XV y XVII, como hemos visto, existieron distintos
autores y obras que tocaban directamente el tema de las 'lenguas artificiales'
y la encriptación de mensajes por medio de sutiles métodos
razonados y/o matemáticos. |
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LENGUA
ORIGINAL |
¿En qué lengua fue escrito originalmente
este manuscrito?, ¿cómo podemos traducirlo? Si se
presupone quién es su autor podremos acotar el número
de lenguas en que éste ha sido escrito. Comencemos por suponer
que fue el monje inglés Roger Bacon; en la época en
la que vivió (baja Edad Media) el lenguaje universal por excelencia
era el latín: un sabio inglés podía entenderse
con un sabio italiano, francés, alemán o español
escribiendo sus cartas en latín. Incluso en el s. XVII era
todavía la lengua universal: basta con leer las misivas de
Galileo a Kepler para convencernos de su utilidad como lingua franca.
Menos universal era ya el griego clásico: no todo el mundo
leía el griego incluso siendo culto, de ahí la expresión
medieval Graecum est, non legitur (es griego, no se lee). Lo
mismo puede decirse del hebreo o del árabe: aunque hubiese
ciertos sabios y eruditos que lo conociesen a la perfección
no era tan accesible y universal.
Pongámonos por un momento en el lugar de Bacon: soy inglés,
pretendo escribir un documentos que contiene ciertos descubrimientos
y deseo darlos a la luz sólo a otros sabios que conozcan mi
clave o sean capaces de deducirla de la obra, ya que la he puesto
-bien oculta en un diagramaen dibujos situados en las primeras páginas.
Puedo escribir en una lengua franca (el latín) pero
más fácil me sería escribir en mi lengua nativa
(el inglés), ya que una vez elaborada una clave para encriptar
la información me sería más cómodo ir
escribiendo/encriptando en inglés que en latín...
Cabe otra posibilidad: escribir en otra lengua inglesa minoritaria
(escocés o galés, por ejemplo), lo que permitiría
elaborar un documento que sólo quienes encontrasen la clave
(o la pudiesen deducir por razonamientos matemáticos de estos
diagramas), y conociesen el escocés o galés, podrían
llegar a leer. Molestarse en escribir casi 300 páginas para
que muy pocos, o incluso nadie, llegue a leer su contenido me parece
que es desperdiciar bastantes meses de trabajo... Por otro lado desconocemos
a quién o quiénes estaba pensado dirigir
el documento y, por tanto, qué nivel cultural (lenguajes cultos)
podrían tener y entender.
Supongamos que el autor no es Bacon sino el propio Dee; al haber vivido
a caballo de los siglos XVI-XVII nos encontramos en el mismo caso:
el autor conoce y emplea tanto el latín como el inglés,
por lo tanto lógicamente habría optado entre uno de
los dos. (Esto no empece el que hubiese escrito en otra lengua culta,
por supuesto.)
Si el manuscrito contiene realmente valiosa información y no
es un fraude podría haber sido escrito entre mediados del siglo
XIII e inicios del XVI (h. 1250-1500) por lo que el autor habría
empleado una lengua franca de la época; ahora bien,
si lo que tenemos entre manos no es más que una estafa hábilmente
montada entonces lo más natural es que su autor hubiese empleado
su lengua materna y no se hubiese tomado la molestia de usar otra.
Dado que el manuscrito hace su aparición oficial hacia 1586
en la corte de Rodolfo II, y en esta época tenemos en Praga
tanto a Dee como a su embaucador compañero, es probable que
fuese éste quien lo falsificara tomando prestados los
conocimientos y la experiencia adquiridos durante sus "conversaciones"
con los extraordinarios espíritus invocados por Dee.
¿No hay alguna pista en el manuscrito que permita reconocer
la lengua en la que se escribió?; si ésta existe no
es muy evidente.
Un documento escrito en latín y luego codificado de un modo
sencillo (como puede ser a= 8,
b= 4, c= o, d= 2, etc...) todavía permitiría reconocer
la estructura del idioma original por las repeticiones de ciertas
letras; supongamos que el autor mencione en el texto la obra De
bello Gallico: en este caso si nos encontramos con palabras codificadas
como 4o 8ott1 +itt9e1 notamos que existen dos letras repetidas
y adyacentes en dos de las tres palabras. Conociendo la frecuencia
de aparición de letras y dobletes (dos letras iguales) del
latín
podríamos deducir que el el signo t corresponde a una
l (como en bellum) o a una u (como en suum);
caben otras posibilidades pero éstas son similares. Con una
codificación tan simple, contando con una buena cantidad de
texto y conociendo las terminaciones de las palabras latinas (-um,
-us, -er, -a, etc...) podríamos hacer algunas soposiciones,
algunos experimentos y deducir el resto de las letras con varios intentos.
(En el manuscrito hay muchas palabras que terminan en -9 y
-89.)
Por otro lado en el latín podemos encontrarnos con palabras
bastante largas (temporibus) que no aparecen en el manuscrito:
las palabras más cortas son de dos letras (como o2 y
89) y tres letras (oo2, 8a8, 8a2, 2a2),
las más comunes tienen 5 ó 6 caracteres y las de mayor
longitud (menos abundantes) contienen ya de 8 a 10 caracteres como
mucho; las palabras cortas y largas no son frecuentes: encontramos
así una distribución normal que nos dibujaría
un histograma simétrico de forma acampanada (la "campana
de Gauss"). En un tratado médico sobre enfermedades del
pulmón, por ejemplo, encontramos palabras tan cortas
como "gripe" y tan largas como "bronconeumonía"
pero dejando entre ellas una distribución
de palabras de longitud intermedia; cualquier idioma presenta una
distribución de frecuencias asimétrica, totalmente distinta
a la mucho más simétrica y extraña del manuscrito. |
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