El Enigma de Tunguska
Redacción |
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Por décadas
investigadores de todas partes del mundo han
tratado de explicar el origen de la misteriosa
explosión de Tunguska, acaecida más
de cien años atrás en una remota
región del territorio ruso. Cantidad
de hipótesis han sido sugeridas, algunas
de ellas verdaderamente “increíbles”:
desde la caída de un cometa, hasta la
explosión de una supuesta nave alienígena…
Pero sofisticadas simulaciones efectuadas con
poderosas supercomputadoras están demostrando
que la respuesta a este misterio puede ser más
simple de lo que muchos habían supuesto. |
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na bola
de luz azulada “tan brillante como el Sol”, atravesó
como un rayo los límpidos cielos del bosque siberiano. Minutos
después, los pobladores de la zona –pastores y nuevos
colonos– vieron un brillante destello, seguido por terribles
sonidos de explosiones, como una descarga de artillería de
una gran batalla bramando en el horizonte. En la distancia comenzó
a ascender una nube de fuego y cenizas, tan alta que se podía
contemplar desde cientos de kilómetros de distancia. Y luego,
el silencio.
El lugar: Río Tunguska (N 60º 55' E 101º 57'), Siberia
central (Rusia), al noreste del Lago Baikal; la hora: 7:14 de la mañana
del 30 de Junio de 1908. En minutos el “Evento de Tunguska”,
el impacto de asteroide más grande que se haya documentado
en la historia moderna, había terminado.
Ciertamente los tiempos eran difíciles en Rusia a principios
del siglo pasado, con guerras y revoluciones que se producían
una tras otra, en rápida sucesión. Por esto, el sitio
de Tunguska recién fue investigado en el año 1927 por
una expedición científica enviada por la Academia de
Ciencias de la URSS y conducida por Leonid Kulik. Lo que se encontró
fue un paisaje totalmente devastado: millones de árboles del
bosque boreal o taiga habían sido aplastados, todos tumbados
como alejándose del aparente punto de impacto. Kulik estimó
que, en total, 2150 kilómetros cuadrados del bosque habían
sido aplastados, o un círculo de 25 kilómetros alrededor
del epicentro. |
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| Desde la expedición de Kulik, los científicos
han tratado repetidamente de reconstruir los acontecimientos de aquel
fatídico día. Para los investigadores que se especializan
en impactos de asteroides, el fenómeno de Tunguska es realmente
una mina de oro. Este evento ofrece oportunidades inigualables de
estudio por ser el único impacto de asteroide importante que
ha sido presenciado en la historia reciente, cuya ubicación
es conocida con exactitud, y donde testigos vivos pudieron –hasta
hace poco– ser entrevistados. Pero aquí está en
juego algo más que la simple curiosidad científica:
si el asteroide de Tunguska hubiese caído en un área
poblada en vez de hacerlo en un inhóspito bosque siberiano
provocando una explosión de tamaño similar, podría
haber destruido una gran ciudad con todos sus habitantes. ¿Cuán
probable es una catástrofe como ésta?, ¿Podemos
predecirla o defendernos de alguna manera? Al reconstruir el evento
de Tunguska, los científicos esperan avanzar en el conocimiento
de la dinámica de los impactos de asteroides, y comenzar a
responder estas preguntas. |
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De
Tunguska a Hiroshima |
| Una de las primeras cosas que los investigadores notaron
respecto del sitio de Tunguska, fue el curioso hecho de que allí
no se encontró ningún meteorito. En los años
’20 y ’30 Kulik había creído que estaba
en el sitio de impacto de un asteroide, por lo que trabajó
duro para desenterrar sus restos. Pero todo fue en vano: a pesar de
la inequívoca evidencia de explosión y de toda la devastación
que había alrededor, en Tunguska jamás se encontró
ninguna roca espacial. Ante la ausencia de tales rastros físicos,
los investigadores concluyeron que, de hecho, el asteroide de Tunguska
nunca golpeó la tierra. Lo que los habitantes habían
visto y escuchado fue, con toda probabilidad, la explosión
en medio del aire del “impactor” entrante, la cual tuvo
lugar varios miles de metros por encima de la superficie terrestre.
Esta explosión, a su vez, provocó un masivo “estallido
aéreo”, el cual fue lo suficientemente poderoso como
para aplastar en toda dirección kilómetros y kilómetros
cuadrados de bosque. |
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Tunguska, 1995. Estos árboles
mellizos tumbados en el ahora rejuvenecido
bosque de Tunguska, dan silencioso testimonio
del devastador impacto que los arrancó
el 30 de Junio de 1908.
(V. Romeiko)  |
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Una vez que se aceptó ampliamente que el Evento
de Tunguska fue un masivo estallido en la atmósfera más
que un impacto físico en la tierra, el próximo reto
para los científicos fue determinar la magnitud de la explosión.
La cuestión es crucial, debido a que la magnitud de la explosión
es un buen indicador de la frecuencia de los eventos similares al
de Tunguska producidos en nuestro planeta. Una explosión muy
poderosa lógicamente requiere un impactor muy grande, mientras
que las menos poderosas son provocadas por rocas espaciales más
pequeñas. Pero mientras más grande sea la roca espacial
que ingresa a la atmósfera, menos frecuente es el evento. Esto
significa que si la devastación en Tunguska fue provocada por
una explosión masiva comparable a un estallido nuclear gigante
de cientos de megatones de potencia, entonces tenemos que preocuparnos
relativamente poco: los asteroides lo suficientemente grandes como
para causar explosiones de ese tipo son extremadamente raros, y la
probabilidad de que nuestro planeta se encuentre con otro de ellos
en los próximos milenios es casi insignificante. Pero si la
devastación en Tunguska fue causada por una explosión
más pequeña de sólo unos pocos megatones, entonces
hay un motivo de preocupación mayor. Los impactores con tamaño
suficiente como para causar estallidos aéreos en esa escala,
pueden golpear a nuestro planeta tan frecuentemente como cada 400
años.
Pero, ¿cómo determinar cuán poderosa fue realmente
la explosión desatada por el impactor de Tunguska? Para obtener
una estimación confiable, los científicos se han guiado
por el ejemplo de lo que parece ser el equivalente artificial más
cercano de un impacto de asteroide: la detonación de bombas
nucleares. Estudios extensivos realizados durante la Guerra Fría
intentaron predecir la magnitud de los daños que serían
provocados por la detonación de bombas nucleares de diferente
poder explosivo. Los científicos que estudiaban el Evento de
Tunguska confiaron en estos estudios, pero revirtieron la pregunta:
dada la cantidad de daño observado en Tunguska, se preguntaron,
¿cuán grande debe haber sido la explosión?
Aunque el método en principio parece prometedor, la meta de
determinar el tamaño de la explosión de Tunguska ha
sido difícil de alcanzar, y las estimaciones de su potencia
han variado ampliamente. En el extremo superior de la escala, los
investigadores en 1982 sugirieron que la potencia de la explosión
era equivalente a 700 millones de toneladas de TNT, o en breve 700
megatones. Eso sería aproximadamente veinte veces la potencia
de la famosa “Bomba Zar”, la bomba nuclear más
poderosa de la Guerra Fría, para la que se estimó una
potencia de entre 30 y 40 megatones. En el extremo opuesto, algunos
investigadores han sugerido que la explosión de Tunguska sólo
tuvo una potencia de 3 a 5 megatones, aproximadamente la décima
parte de la potencia de la Bomba Zar, pero todavía unas 300
veces más poderosa que la bomba que se arrojó sobre
Hiroshima en 1945. Hoy en día, la mayoría de los científicos
acepta para la potencia de la explosión de Tunguska una estimación
medianamente fundada de entre 10 y 15 megatones. |
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“Panqueques”
y “Bolas de fuego” |
| Pero los estudios realizados por los científicos
Mark Boslough y David Crawford de los Laboratorios Nacionales Sandia,
en Nuevo México, están comenzando a poner en tela de
juicio este creciente consenso. El estallido aéreo de una roca
espacial (impactor) se desarrolla de una forma muy diferente a la
explosión de una bomba nuclear, argumentan, y es mucho más
destructivo. En consecuencia la devastación masiva observada
en Tunguska fue posiblemente causada por una explosión relativamente
modesta, considerablemente más pequeña de lo que la
mayoría de los científicos había sospechado.
Esto a su vez sugeriría que los eventos del tipo Tunguska no
son tan extraños como uno podría esperar, y que el riesgo
de que un evento similar ocurra en los próximos siglos es relativamente
alto. |
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De acuerdo a Boslough, “Los modelos previos usados
por los investigadores para estimar el Evento de Tunguska fueron demasiados
simplificados, despojados de algunos efectos físicos muy importantes”.
En la mayoría de los casos, dijo, los investigadores que estimaban
la potencia de una explosión atmosférica debida a un
asteroide simplemente asumieron que el evento era similar al de una
bomba detonante. La destrucción en la superficie provocada
por la explosión aérea de un asteroide, sería
entonces similar a la destrucción que puede esperarse de una
bomba de la misma potencia detonada a la misma altura sobre la tierra.
Ésta es una analogía que suena razonable, la cual ha
estado en el centro de las estimaciones de la potencia del impacto
Tunguska en las décadas recientes. Desafortunadamente, de acuerdo
a Boslough, esta analogía está incompleta y, por lo
tanto, es altamente engañosa.
Boslough y Crawford exponen en sus estudios que los asteroides y las
bombas explotan de formas muy diferentes, y destruyen sus alrededores
de maneras muy distintas. Cuando una roca de tamaño considerable
entra en la atmósfera desde el espacio, viaja a velocidades
hipersónicas, y la resistencia del aire que encuentra hace
que incremente su diámetro y “aplastamiento”. A
su vez esto incrementa la resistencia del aire aún más,
lo que la aplasta todavía más, y así sucesivamente.
El efecto total en el asteroide mientras éste se desplaza a
gran velocidad en la atmósfera, es conocido como “pancaking”
por la forma plana y delgada –como un panqueque– a la
que éste inexorablemente tiende. A través de este proceso
la roca espacial se calienta exponencialmente hasta que se fragmenta
y se vaporiza en una gran explosión, a una distancia de la
superficie conocida como la “altitud de explosión”.
Para el Evento de Tunguska, Boslough estima esta altitud en aproximadamente
12 kilómetros.
Ahora si la explosión de un asteroide fuese análoga
a la de una bomba detonante, aquí es donde terminaría
la historia: la fuerza de la explosión aérea causaría
estragos sobre la tierra, exactamente de la misma manera que una bomba
igualmente poderosa detonada a la misma altura. Pero, de hecho, según
las simulaciones computacionales efectuadas por Boslough y Crawford,
esta explosión inicial es sólo el comienzo de la devastación
provocada por un asteroide impactante. A medida que la roca espacial
atraviesa raudamente la atmósfera, deja tras de sí una
larga estela caliente de baja densidad de aire mezclado con roca vaporizada,
la cual puede ser lo suficientemente larga como para proyectarse al
espacio. Luego, una vez que llega a la denominada altitud de explosión,
la masa del asteroide se fragmenta y se vaporiza en una explosión
masiva, y toma la forma de una bola de fuego gigante de roca y aire
vaporizados. No obstante esto –y es la principal diferencia
entre las simulaciones de Boslough y Crawford y las anteriores–
la bola de fuego continúa moviéndose hacia la tierra,
enviando una poderosa onda de choque delante de ella. En este punto,
la bola de fuego se está moviendo mucho más lenta que
el asteroide antes de la explosión, pero todavía se
sigue desplazando a velocidades supersónicas. Y es la bola
de fuego y su onda de choque acompañante, según Boslough
y Crawford, no la explosión inicial parecida a una bomba, la
que causa la mayoría del daño sobre la tierra.
Hace muchos años que Boslough viene trabajando en el campo
de la simulación computacional de impactos de asteroides, por
lo que sus evaluaciones llevan el peso de la experiencia. Volviendo
a 1994, cuando se hizo evidente que el cometa Shoemaker-Levy estaba
en curso de colisión directa con el planeta Júpiter,
Boslough y sus colegas científicos en Sandia, usaron una simulación
en computadora para predecir el efecto del impacto en el planeta gigante.
La simulación reveló que después de entrar a
la atmósfera Joviana, el cometa se aplastaría, en un
proceso que se hizo conocido como “pancaking”, y una estela
de baja densidad lo seguiría. Basándose en la simulación,
los científicos de Sandia predijeron que el impacto se observaría
desde la Tierra en la forma de chorros de gases calientes elevándose
por sobre la densa cubierta de nubes de Júpiter. Cuando el
cometa fragmentado finalmente chocó contra el planeta gigante
entre el 16 y el 22 de Julio de ese año, el evento fue observado
desde la Tierra, y Boslough y sus colegas demostraron que tenían
razón. |
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Boslough explicó que, como Júpiter se
compone casi enteramente de gases, la dinámica del impacto
de un asteroide en ese planeta gigante es análoga a lo que
ocurre en la atmósfera de la Tierra cuando ésta es penetrada
por una roca espacial masiva. En el caso de Tunguska, las simulaciones
de Boslough y Crawford demuestran que la ardiente estela del asteroide
impactante produjo una pluma que se proyectó al espacio. Cuando
el asteroide llegó a la denominada “altitud de explosión”
de aproximadamente 12 kilómetros, el asteroide se vaporizó
y se transformó en una bola de fuego gigante, pero continuó
moviéndose hacia la tierra a velocidad supersónica.
En todo momento, la bola de fuego estuvo enviando una fortísima
onda de choque delante de ella.
En el Evento de Tunguska, la bola de fuego no llegó a la superficie.
Sabemos esto por el hecho de que algunos árboles pueden verse
parados en el epicentro de la explosión en algunas de las fotografías
de Kulik –árboles que hubieran sido incinerados instantáneamente
si la bola de fuego hubiese tocado la tierra. Pero la onda de choque
que viajaba delante de la bola de fuego si alcanzó la tierra,
trayendo con ella fuertes vientos que aplastaron millones de árboles
del bosque boreal. Eso es lo que Kulik y sus acompañantes vieron
cuando llegaron al sitio 19 años más tarde. |
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El
Impacto en Tunguska |
| Boslough y Crawford efectuaron numerosas simulaciones
del Evento de Tunguska, tratando de reproducir la escala de la devastación
observada en la región. A partir de las mismas, concluyeron
que aun cuando la explosión atmosférica se produjo a
una altitud de 12 kilómetros o superior, probablemente tuvo
una magnitud de sólo 3 a 5 megatones. Esto es considerablemente
menos que la popular cifra de 10 a 15 megatones, y menos del 1% de
la mayor estimación sugerida de 700 megatones. Que una comparativamente
pequeña explosión pudiera causar tanto daño,
se debe al hecho de que no fue una explosión puntual a cierta
distancia de la superficie lo que causó el daño, sino
la bola de fuego y la onda de choque que continuaron moviéndose
hacia la superficie. A una altura de aproximadamente 4 kilómetros,
las simulaciones muestran que la bola de fuego se detiene, pero la
onda de choque no. Precisamente la onda de choque fue la responsable
de la mayor parte de la devastación en el bosque, y no la explosión
atmosférica ni la bola de fuego generada. |
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Tunguska tuvo la gran fortuna de no entrar en contacto
directo con la bola de fuego supersónica, pero en otros tiempos
y lugares, nuestro planeta fue indudablemente quemado por bolas de
fuego que sí llegaron a la superficie. “Existe un umbral
de energía”, explicó Boslough, “que separa
los impactos en los cuales la bola de fuego se detiene en la baja
atmósfera, de los impactos en los cuales la bola de fuego realmente
choca con la tierra”. Los primeros, son eventos similares al
de Tunguska, que no dejan rastros en el registro geológico
y cuyo daño desaparece en el transcurso de unas pocas décadas.
Incluso del mismo Evento de Tunguska probablemente no se sabría
absolutamente nada de no haber sido presenciado y difundido a través
de los medios de comunicación modernos.
Al segundo tipo pertenecen sólo aquellos raros impactores gigantes
que poseen la suficiente energía como para enviar una bola
de fuego hasta la tierra. En estos casos las simulaciones muestran
que la bola de fuego puede hacer contacto directo con la superficie,
afectando un área de cientos de kilómetros cuadrados.
En el punto de impacto se producirán vientos sostenidos cuyas
velocidades excederán a la del sonido, y el efecto combinado
fundirá las rocas en el área de impacto. Boslough y
Crawford creen que un evento tal como ése, producido hace menos
de un millón de años, puede haber sido el responsable
de los extraños depósitos en Laos, conocidos como las
tectitas Muong-Nong. Una bola de fuego similar, hace 29 millones de
años, producida por un asteroide de ~120 metros de diámetro,
puede haber sido la responsable de las sorprendentes piedras conocidas
como “Vidrios del Desierto Libio”.
Pero el resultado más importante de las simulaciones de Boslough
y Crawford es el tamaño relativamente modesto de la explosión,
que aplastó miles de kilómetros cuadrados de bosque
siberiano. De acuerdo a algunas estimaciones, los asteroides que son
lo suficientemente grandes como para causar una explosión de
3 a 5 megatones en la atmósfera, pueden chocar con la Tierra
tan frecuentemente como una vez cada unos pocos siglos. Esto sugiere
que el próximo evento tipo Tunguska bien puede ser presenciado
por nosotros o por nuestros descendientes, y mientras el impactor
de 1908 solamente arrasó árboles de un bosque boreal,
el próximo asteroide de tamaño considerable que apunte
a nuestro planeta es probable que golpee el corazón de una
gran ciudad como Nueva York, París o Beijing. El mismo Boslough
no está particularmente preocupado: “Si ocurre un gran
desastre natural, es mucho más probable que sea un huracán,
un terremoto, un tsunami, o algo así”, dijo. Aun si la
estimación de un evento similar al de Tunguska de una vez cada
unos pocos siglos es correcta, señala, todavía los impactos
de asteroides son inmensamente menos frecuentes que los más
tradicionales mensajeros de desastres.
No obstante, aquellos de nosotros que estamos menos preocupados por
la probabilidad estadística de un impacto, que por el impresionante
poder destructivo de un evento como éste, deberíamos
estar atentos: uno de estos días podríamos mirar hacia
arriba y ver una columna de luz azulada más brillante que el
Sol, atravesando los cielos como un rayo. |
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El lugar. Un mapa de Rusia
mostrando la ubicación del
impacto de Tunguska.  |
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Fuente: The
Planetary Society
Versión en español: Espacial.org |
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| Mendoza, Argentina, 15 de Octubre de 2009. |
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