¿Bacterias que usan arsénico
para
fabricar biomoléculas?
Alberto González Fairén |
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La publicación
de la posible existencia de bacterias capaces
de vivir utilizando arsénico en lugar
de fósforo ha generado multitud de titulares.
Pero el descubrimiento dista aún mucho
de estar verificado ni aceptado de forma general. |
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odos los
seres vivos que habitamos sobre la Tierra, desde las bacterias hasta
las ballenas azules, utilizamos los mismos seis elementos para realizar
nuestras funciones vitales: carbono, hidrógeno, oxígeno,
nitrógeno, azufre y fósforo. La química de la
vida es tan específica que cualquier alteración de estos
seis bioelementos cambia la estabilidad y la reactividad moleculares
de un modo incompatible con la continuidad biológica. A principios
de diciembre de 2010, Felisa Wolfe-Simon, del Instituto de Astrobiología
de NASA, liderando a un acreditado grupo de investigadores estadounidenses,
publicó en la revista Science el descubrimiento de una
posible excepción a esta receta universal de la vida. Se trata
de la bacteria GFAJ-1 (“Give Felisa A Job”) que, según
Wolfe-Simon y sus colaboradores, es capaz de reemplazar el fósforo
por arsénico en sus biomoléculas, incluyendo proteínas,
ADN, ARN, NAD y ATP, que contienen fosfatos. Según los autores,
la sustitución sería posible porque el arsénico
tiene propiedades químicas similares al fósforo, incluyendo
un radio atómico equivalente y casi idéntica electronegatividad,
y por eso ambos elementos se sitúan justamente uno debajo del
otro en la tabla periódica. El origen de la toxicidad del arsénico
para los seres vivos está motivado precisamente porque, al
ser tan parecidos, las células intentan usar el arsénico
en lugar del fósforo.
La búsqueda comenzó en el lago Mono, en California,
conocido por sus elevadas salinidad y alcalinidad, y por contener
altos niveles de fosfatos (88 mg/l) y arsénico (17 mg/l) en
sus aguas. Una vez en el laboratorio, los microorganismos fueron aislados
del lodo, y las muestras fueron expuestas a concentraciones cada vez
mayores de arsenato, sin incluir fosfatos ni ningún otro compuesto
que contuviera fósforo. Al contrario, los cultivos bacterianos
fueron transferidos periódicamente a placas nuevas para reducir
la concentración original de fósforo del lodo del lago
y que hubiera podido ser incorporado inadvertidamente a los cultivos,
de modo que cualquier microorganismo que estuviera fabricando nuevo
ADN u otras biomoléculas se vería obligado a usar arsénico
en lugar de fósforo para sobrevivir. Al cabo de unos días,
el equipo de Wolfe-Simon pudo verificar la presencia de bacterias
activas en los cultivos. |
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El lago
Mono, en California.
(Fotografía del autor)  |
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El descubrimiento, de confirmarse, significaría
una profunda revolución en la Biología, con importantes
implicaciones sobre nuestro conocimiento de la vida primitiva, la
extremofilia y las posibilidades de existencia de vida en otros mundos.
De hecho, NASA anunció el descubrimiento con un importante
despliegue de medios que concitó la atención mayoritaria
del mundo académico en diciembre de 2010. No obstante, han
surgido multitud de voces críticas, y aún no se dispone
de una confirmación independiente del descubrimiento.
Para corroborar la utilización de arsénico por parte
de las bacterias, Wolfe-Simon y sus colaboradores realizaron una serie
de pruebas. Primero comprobaron de nuevo que no había residuos
de fósforo en las placas. En segundo lugar, verificaron mediante
espectroscopía de masas que el arsénico se encontraba
en el interior de las células, y no eran impurezas adheridas
por fuera de la pared celular. En tercer lugar, añadieron arsénico
marcado radiactivamente al medio de cultivo, que después pudieron
identificar en proteínas, lípidos y ácidos nucleicos
bacterianos. En cuarto lugar, emplearon rayos X para verificar que
el arsénico se encontraba en forma de arsenato, y que formaba
los necesarios puentes moleculares con átomos de carbono y
oxígeno para reemplazar a los fosfatos en el ADN y en otras
biomoléculas. Y, finalmente, analizaron cadenas de ADN aisladas
y encontraron arsénico en ellas.
Sin embargo, la carencia de experimentos control y la aplicación
incompleta de varias técnicas es patente en el artículo.
Especialmente se echa en falta un control sobre el lavado de las células
para eliminar el fósforo del medio, ya que resulta imposible
evaluar la efectividad del lavado sin un referente de comparación.
Además, en las tablas de datos se indica que las sales utilizadas
en los medios de cultivo contenían un máximo de 3.1
µM de fósforo, cantidad suficiente para explicar el lento
crecimiento observado en las colonias de GFAJ-1, similar al de otras
colonias bacterianas a las que se proporciona una fuente de fósforo
escasa.
La participación del arsénico en la estructura del ADN
es igualmente problemática. La molécula de ADN interacciona
con multitud de enzimas, que han de actuar con extremada precisión.
Pero el radio covalente del arsénico es un 11% mayor que el
del fósforo, y los enlaces As-O son un 13% más largos
que los enlaces P-O del ADN. Las enzimas “normales” no
podrían operar con las geometrías diferentes, o incluso
variables, resultantes de la incorporación de arsénico.
Por ejemplo, la ADN-polimerasa, encargada de la replicación
del ADN, experimentaría un incremento sustancial en la tasa
de error en la replicación, e incluso el proceso de copia se
detendría. Por lo tanto, la participación del arsénico
en la estructura del ADN parece imposible, lo que sugiere que el arsénico
está simplemente adherido de alguna forma a las cadenas de
ADN. Además, los autores sugieren que el arsénico se
encuentra unido a átomos de carbono, y no a átomos de
oxígeno tal como sucede con el fósforo en el ADN; por
lo tanto, el arsénico no formaría parte de la estructura
del ADN de GFAJ-1. Una prueba definitiva para corroborar la veracidad
del descubrimiento podría ser la identificación de una
enzima funcional formada con arsénico. Pero esta estrategia
no está incluida en el artículo.
El arsénico podría encontrarse simplemente en las vacuolas
celulares, almacenado y aislado como producto tóxico, y no
estar incorporado a la bioquímica bacteriana. De este modo,
el arsenato, que es mucho más inestable que el fosfato en agua,
estaría protegido frente a la hidrólisis. En el propio
artículo de Wolfe-Simon se reconoce que los mecanismos o regiones
que aíslan al arsenato del agua son desconocidos. De igual
modo, reconocen que la forma en que el arsenato se incorpora a las
biomoléculas, y la manera en que tales biomoléculas
funcionan, están por determinar. Posiblemente se requieren
experimentos adicionales para aclarar todas estas dudas, y la publicación
de los resultados parece prematura. Sobre todo porque los autores
han declarado que pasará por lo menos un año antes de
que estén en condiciones de ofrecer muestras de GFAJ-1 a otros
investigadores para que puedan replicar y evaluar sus experimentos.
Por último, el equipo de Wolfe-Simon concluye que GFAJ-1 crece
preferentemente con fósforo, pero que también puede
crecer con arsénico. Por lo tanto, en ningún caso se
trataría de un representante de una segunda biosfera, o una
biosfera “oculta”, como se ha podido leer en varios medios
de comunicación. Sería un organismo con una capacidad
de adaptación extraordinaria, inédita para la ciencia,
pero seguiría perteneciendo al mismo tipo biológico
que las demás bacterias conocidas o que las ballenas azules.
Como prueba irrefutable de este hecho, baste recordar que los experimentos
de Wolfe-Simon y colaboradores incluyeron la amplificación
del ADN mediante la técnica de PCR, usando “primers”
universales para el ARN ribosómico 16S. Si GFAJ-1 contiene
genes que codifican para el ARN ribosómico 16S, entonces GFAJ-1
no representa un tipo exótico de biosfera.
A fecha de redacción de este texto, finales de abril de 2011,
el artículo de Wolfe-Simon y colaboradores continúa
sin tener un formato definitivo de publicación en la web de
Science: todavía aparece como una pre-publicación
accesible únicamente en formato pdf, algo inédito en
Science después de 5 meses. Eso sí, el acceso
es gratuito, lo que también resulta inédito en la revista.
Además, la revista aseguraba el 20 de diciembre de 2010 que
a principios de 2011 publicaría algunas críticas al
artículo de Wolfe-Simon, junto con las correspondientes respuestas
de los autores del artículo original. Este esperado debate
sigue sin ser publicado y la polémica sobre el posible descubrimiento
continúa. |
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| San Francisco (California), EEUU, 01 de Mayo de
2011. |
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