¿Podían las sondas Viking
detectar vida en Marte?
Alberto González Fairén |
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En 1976,
las sondas Viking se posaron sobre la superficie
de Marte y realizaron tres experimentos para detectar vida
en el planeta. Los resultados que se obtuvieron entonces
fueron interpretados como negativos. Sin embargo, es posible
que el diseño experimental de la misión no
fuera el adecuado desde un principio. |
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no de los
experimentos que realizaron las Viking, el Experimento de Intercambio
de Gases (EIG, Figura 1), consistía en incubar una muestra
de suelo marciano con CO2, helio, gases inertes y agua,
y estudiar las variaciones químicas que se producían
en la atmósfera de la cámara de incubación. Se
buscaron cambios en la concentración de CO2, oxígeno,
nitrógeno, hidrógeno y metano, ya que se asumía
que la presencia de seres vivos produciría el consumo o la
liberación de algunos o varios de estos gases. Efectivamente,
al finalizar el tiempo experimental se midió la liberación
de 50 a 700 ppm de CO2, lo que indicaba que existía
algún tipo de oxidación de materiales orgánicos.
Y el resultado era muy parecido en las dos sondas Viking, que
se posaron en lugares prácticamente antipodales de Marte, Chrise
Planitia y Utopia Planitia (Figura 2). Sin embargo, estos resultados
no fueron calificados como determinantes, y se postuló que
la actividad detectada era debida a procesos químicos y no
biológicos, por la presencia de oxidantes inorgánicos
(superóxidos, peróxidos y peroxinitratos) en concentraciones
de partes por millón. |
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Un nuevo análisis del EIG, publicado el pasado
mes de octubre (2006) y realizado por un equipo internacional dirigido
por Rafael Navarro González, de la Universidad Autónoma
de México, y en el que ha participado el microbiólogo
español Ricardo Amils, del Centro de Astrobiología,
ha demostrado que el diseño experimental era inadecuado, ya
que la prueba era incapaz de detectar niveles muy bajos de actividad
orgánica, similar a la que caracteriza algunos lugares de la
Tierra.
Así, en los Valles Secos de la Antártida, en el desierto
de Atacama en Chile y Perú y en el desierto del Sáhara
en Libia, la concentración de materia orgánica no sería
detectable con el experimento de Viking. Por ejemplo, en las
regiones más áridas del corazón del desierto
de Atacama, como la zona de Yungay, en Chile (Figura 3), la superficie
presenta niveles bajísimos de bacterias cultivables, y una
concentración de materia orgánica que no supera los
20-40 de carbono
por gramo de suelo; en el Sáhara, alcanza hasta 20-70
de carbono por gramo de suelo. Estos niveles están por debajo
del umbral de detección de los experimentos de Viking.
Como la superficie marciana es similar a la de Atacama tanto en la
composición básica de los suelos como en las temperaturas
y la escasísima humedad, los resultados del EIG de Viking
precisan una profunda reevaluación. |
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Igualmente, en los suelos ricos en hierro, como los
del Panoche Valley en California o los de la cuenca del río
Tinto en Huelva (Figura 4), la oxidación del material orgánico
a CO2 mediada por los óxidos de hierro y/o sus sales
atenúa drásticamente la posible detección de
compuestos orgánicos. De hecho, los suelos ricos en jarosita
característicos de ambos lugares presentan también elevados
niveles de materiales orgánicos, hasta 140-1500
de carbono por gramo de suelo en el Panoche Valley y hasta 1050-1500
de carbono por
gramo de suelo en el río Tinto. Sin embargo, ni siquiera estos
niveles podrían ser detectados por el EIG, ya que la presencia
de óxidos de hierro o de sus sales (como el sulfato férrico
o la pirita característicos de los sedimentos del río
Tinto) apantalla su presencia hasta en un factor de 10 .
Como el suelo de Marte está extraordinariamente enriquecido
en hierro, y la jarosita parece ser un mineral característico
de algunas zonas, como Meridiani Planum, el mismo fenómeno
puede estar escondiendo allí la presencia de compuestos orgánicos,
lo que invita de nuevo a reexaminar la viabilidad del EIG para hallar
vida en Marte.
Además, la detección de materiales orgánicos
en la cámara de incubación del EIG era inducida por
elevación de las temperaturas, en un rango de 200 a 500 ºC.
Tales temperaturas son adecuadas para la reducción mediada
por hidrógeno de algunos de los materiales característicos
de la superficie marciana, como los óxidos de hierro (en particular
hematites, Fe2O3), pero ineficaces para disociar el hidrógeno
molecular a hidrógeno atómico, un paso necesario en
la reacción del EIG que requiere para funcionar de manera óptima
temperaturas del orden de 1500 ºC, y no sucede en absoluto a
temperaturas inferiores a 650 ºC. Por tanto, el hidrógeno
no pudo neutralizar el poder oxidante del Fe2O3 característico
de los suelos marcianos, y que puede ser el responsable de la ocultación
de los materiales orgánicos de la superficie.
Lo cierto es que el EIG probó la liberación de CO2,
lo que indica que sucedió efectivamente algún tipo de
oxidación de material orgánico. Igualmente, la evolución
de cierta cantidad de agua que se observó en los experimentos,
hasta un 0,01 – 1%, pudo ser debida a la oxidación del
hidrógeno presente en materiales orgánicos mediada por
óxidos de hierro. Sin embargo, el EIG fue incapaz de demostrar
la presencia de materia orgánica sin ninguna duda, y sus resultados
tampoco pueden servir para descartar su presencia de forma absoluta.
Por lo tanto, futuras misiones deberán incorporar sistemas
analíticos alternativos y con mayores capacidades para buscar
vida en los suelos de Marte. |
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Figura
4: Curso alto del río Tinto. (Alberto
González Fairén)  |
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| San Francisco (California), EEUU, 06 de Diciembre
de 2006. |
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