Los microorganismos más pequeños
Alberto González Fairén |
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a reducción
del tamaño en los seres vivos parece ser una adaptación
a circunstancias ambientales determinadas, incluyendo estrés
por escasez de recursos o por otros motivos. De hecho, los organismos
más pequeños conocidos se sitúan en ramas relativamente
recientes de la filogenia del ARN. Pero ¿existe un límite
mínimo de tamaño para los seres vivos? Aparentemente,
esta pregunta debería ser sencilla de responder: basta con
identificar y medir las células más pequeñas
(Figura 1). Sin embargo, para poder entender los factores que determinan
este límite inferior hay que comprender la química y
la ecología de la vida celular. Se puede abordar la cuestión
desde dos ángulos diferentes y complementarios. Por un lado,
es necesario determinar los límites observables de los organismos
que habitan la Tierra hoy. Y, por otro, establecer los límites
teóricos de tamaño de los seres vivos, no fijados por
la bioquímica de células conocidas. |
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| La respuesta a la primera cuestión evoluciona
a medida que lo hacen las técnicas biológicas de observación
y de identificación. Hace una década, existía
cierto consenso acerca de que las bacterias con tamaño entre
300 y 500 nm son comunes en entornos oligotróficos, mientras
que no era posible observar células más pequeñas.
Las observaciones indicaban que el tamaño mínimo era
similar en bacterias y arqueas. Sin embargo, en 2006, el grupo de
Brett Baker, de Berkeley, descubrió tres variedades de arqueas
que presentan un diámetro inferior a 200 nm, y que habitan
en fluidos recogidos en el interior de minas, alimentándose
de compuestos de hierro y acidificando su entorno (Figura 2). La búsqueda
del tamaño mínimo continúa, por lo tanto, aunque
se enfrenta con dos problemas que lastran el objetivo de conseguir
una respuesta final. En primer lugar, los métodos usados para
medir el tamaño celular acarrean un inherente margen de error,
que puede resultar crítico en este caso. Y, en segundo término,
la biología aún no es capaz de hacer crecer en laboratorio
a la mayoría de las células descritas en sus entornos
naturales, lo que condiciona el conocimiento de la diversidad biológica
en nanoescala. |
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| La segunda cuestión ha sido largamente debatida
por la comunidad científica, que llegó a un primer consenso
en 1998: los organismos de vida libre (no parásitos ni simbiontes)
requieren un mínimo de proteínas, genes y ribosomas.
Para las proteínas, este número se estimó en
aproximadamente 1.000 copias de unas 250 a 450 proteínas no
ribosomales. El complemento génico indispensable oscilaría
entre 250 y 450 genes, lo que representaría un 10-15% del peso
seco del microorganismo, teniendo en cuenta que una doble cadena de
ADN tiene un diámetro de 2 nm (Figura 3). Los ribosomas serían
uno de los factores determinantes del tamaño, ya que un solo
ribosoma tiene un grosor de unos 20 nm, y rodeado por membrana y pared
ocuparía una esfera de entre 50 y 60 nm; como el número
de ribosomas depende básicamente de la tasa de crecimiento
del organismo, los microorganismos más pequeños deben
tener una tasa de duplicación muy reducida. Una esfera capaz
de albergar este paquete molecular tendría de unos 250 a 300
nm de diámetro. Este tamaño incluiría el espesor
de la membrana celular, pero únicamente si el organismo fuese
esférico y tuviera una presión osmótica no muy
superior a la del medio en el que viviese. Se ha sugerido también
que podrían existir microorganismos, sobre todo en los inicios
de la evolución biológica, con tamaños de hasta
50 nm. |
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| Mención aparte merece el concepto de “nanobacteria”.
Robert Folk, de la Universidad de Texas, descubrió en 1993
unas minúsculas partículas esféricas en las termas
de Viterbo, de entre 10 y 200 nm, que consideró fósiles
bacterianos de individuos extremadamente pequeños (Figura 4).
A partir de entonces, otros investigadores anunciaron el descubrimiento
de más nanobacterias, incluso en la sangre, la saliva y la
orina humanas, como agentes patógenos. Las partículas
incluían ácidos nucleicos y proteínas en su composición,
avalando su calificación como seres vivos. Sin embargo, en
2000, John Ciscar, del NIH, descubrió que ciertos cristales
de apatito formados por fosfolípidos unidos a calcio y fosfato
aparecían y se comportaban exactamente igual que las nanobacterias:
entre otras cosas, crecían y se replicaban como si fuesen seres
vivos. El descubrimiento de que las supuestas nanobacterias son en
realidad nanopartículas cristalizadas a partir de minerales
comunes que se agregan espontáneamente ha sido posteriormente
confirmado por diversos grupos de investigación. Sin embargo,
no se descarta la participación de cristales autoorganizados
de manera simple y predecible en el origen de la vida, ya que partículas
autoreplicativas formadas por complejos mineral-orgánicos pudieron
servir para proteger y compartimentalizar los primeros procesos conducentes
a la síntesis biológica. |
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| San Francisco (California), EEUU, 04 de Febrero
de 2010. |
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