Diversidad planetaria y habitabilidad
Alberto González Fairén |
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La colección
de mundos que orbitan en torno a estrellas de nuestra galaxia
configura un bestiario planetario, cuyas enormes proporciones
empiezan a conocerse. Planetas gigantes pueden esconder
mundos más pequeños, en los que la vida tal
vez encuentre una oportunidad. Además, la evolución
propia de las estrellas parece determinar el momento preciso
en que los mundos alcanzan las condiciones precisas para
la habitabilidad, según los cánones terrestres. |
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a detección
de planetas orbitando estrellas allende nuestro Sol es uno de los
objetivos fundamentales de la astronomía observacional. Para
conseguirlo, es preciso separar la pequeña fracción
de fotones que refleja el planeta del ingente caudal de luz que emite
la estrella. Normalmente, se emplean dos o más grandes telescopios
capaces de suprimir en gran medida el flujo luminoso estelar, ya sea
con pantallas coronográficas o con técnicas de interferencia
destructiva, que permiten extraer la pequeña señal lumínica
planetaria de la luz estelar dominante. No obstante, las técnicas
más empleadas consisten en elaborar mediciones precisas de
las pequeñas aceleraciones estelares inducidas por la gravedad
del planeta en órbita.
Hace algunos meses atrás, sin embargo, el equipo de Drake Deming,
del Goddard Center for Astrobiology, consiguió por primera
vez hacer medidas directas de luz infrarroja de dos planetas que orbitan
estrellas de tipo solar, utilizando un pequeño telescopio,
el Spitzer (Figura 1), y sin instrumentación especializada
para suprimir la luz estelar. Sus resultados fueron posibles debido
a que los planetas analizados eclipsan y son eclipsados alternativamente
por las estrellas a las que orbitan. Cuando son eclipsados, la caída
en cantidad de luz del sistema estrella-planeta es igual a la cantidad
de luz emitida por el planeta. En definitiva, el método es
inverso al utilizado tradicionalmente: en lugar de suprimir la luz
de la estrella mediante técnicas telescópicas o analizar
la caída en cantidad de luz que provoca un eclipse usual (o
eclipse primario), se estudia la supresión de la luz del planeta
por parte de la estrella (eclipse secundario).
La alta sensibilidad de Spitzer permitió la detección
directa de los dos planetas, HD 209458b y TrES-1, en sistemas relativamente
lejanos al Sol, situados a 150 y 500 años luz, respectivamente.
Ambos planetas gigantes, con periodo orbital en torno a los tres días,
habían sido descubiertos con anterioridad mediante técnicas
convencionales. La caída en cantidad de luz fue medida por
Spitzer en dos bandas espectrales. Los dos planetas parecían
tener un brillo de 1/400 respecto a sus estrellas respectivas a longitudes
de onda del infrarrojo medio. Por tanto, sus temperaturas en los hemisferios
orientados hacia la estrella deben ser superiores a los 800º
C, nada sorprendente en planetas con radio orbital reducido. Además,
la duración de los eclipses permite calcular la excentricidad
orbital del planeta: si la órbita tiene excentricidad cero
(es decir, que es circular), los eclipses primario y secundario deben
suceder alternativamente a intervalos de medio periodo orbital. Como
esto es precisamente lo que se ha observado, las orbitas deben ser
prácticamente circulares.
HD 209458b es un planeta de dimensiones extraordinarias, con un radio
cerca de un 35% mayor que el de Júpiter. Tales dimensiones
se han explicado como resultado de las fuerzas de marea en el interior
del planeta, que provocarían una acelerada disipación
de calor que mantendría estable el radio del planeta contra
la compresión gravitacional. Sin embargo, esta hipótesis
requiere una órbita con cierta excentricidad. Alternativamente,
se ha propuesto que la atmósfera del planeta esté dilatada
por el calor de la estrella, pero entonces es difícil explicar
el pequeño radio de TrES-1, similar al de Júpiter. |
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Los análisis de Spitzer, sin embargo, no pueden
ser empleados en cuerpos que no sean planetas tipo Júpiter
y muy calientes. Para estudiar y caracterizar planetas más
pequeños fuera de nuestro Sistema Solar, conociendo sus tamaños,
temperaturas, radios orbitales y composiciones atmosféricas,
se requiere el desarrollo de sistemas de observación nuevos
que permitan mayor contraste, en telescopios más resolutivos.
Por el momento, sólo se pueden realizar aproximaciones teóricas.
En este sentido, un equipo de la Open University dirigido por Barrie
Jones ha calculado que casi la mitad de los 130 sistemas planetarios
conocidos puede albergar planetas tipo Tierra.
El equipo de Jones ha creado un modelo matemático que considera
las características de cada sistema exoplanetario conocido,
con su estrella y sus planetas gigantes. Después han introducido
un planeta tipo Tierra a distintas distancias de la estrella, y han
estudiado sus posibilidades de supervivencia. Las simulaciones sugieren
que cada planeta gigante crea a su alrededor dos “zonas de desastre”,
una exterior a su órbita y otra interior. En estas zonas, la
gravedad del planeta gigante causa cambios catastróficos en
la órbita del planeta tipo Tierra, que termina colisionando
con el gigante o con la estrella, o siendo expulsado fuera del sistema.
Las “zonas de desastre” no dependen sólo de la
masa del planeta gigante, sino también de la excentricidad
de su órbita.
Posteriormente, el equipo británico comparó la localización
de las “zonas de desastre” con las “zonas de habitabilidad”
(Figura 2), el anillo circumestelar donde el agua puede permanecer
en estado líquido en un planeta con las mismas características
que la Tierra (igual potencia y composición atmosféricas,
fundamentalmente). El resultado fue que cerca de la mitad de los sistemas
planetarios conocidos ofrecen una “zona de habitabilidad”
que coincide con un área de seguridad donde planetas tipo Tierra
podrían evolucionar sin estar sometidos a cambios fundamentales
durante largos periodos de tiempo, llegando a tener agua líquida
estable sobre sus superficies.
Es cierto que el concepto de “zona de habitabilidad” está
muy discutido, y que en sentido estricto sólo puede ser aplicado
a planetas idénticos a la Tierra orbitando estrellas de tipo
solar. En este caso restringido, el estudio de Jones y colaboradores
muestra que el número de “Tierras” potencialmente
candidatas a desarrollar hidrosferas estables aumenta si se considera
toda la vida de la estrella: a medida que la estrella envejece, la
“zona de habitabilidad” se desplaza hacia el exterior
del sistema, con lo que algunos planetas pueden ser templados ahora,
otros lo habrán sido en el pasado, y otros los serán
en el futuro. Introduciendo esta variable, el número de sistemas
que podrían albergar planetas templados tipo Tierra aumenta
hasta los dos tercios del total.
En realidad, la extensión del concepto invita incluso a buscar
planetas habitables en torno a estrellas de tipo solar y de edad elevada:
los modelos de evolución estelar predicen que estas estrellas
experimentarán un aumento en la emisión lumínica
al final de su vida. En consecuencia, planetas o satélites
situados en las regiones exteriores del sistema, que habrían
permanecido congelados durante miles de millones de años, recibirán
mucho más calor al final de la vida de su estrella, propiciando
la descongelación de posibles vastas reservas de hielo y la
formación de océanos. El equipo de Bruno López,
del Observatoire de la Cote d'Azur, ha analizado la evolución
de las “zonas de habitabilidad” de estrellas similares
al Sol, y de otras con masas 1.5 y 2 veces la masa solar. Posteriormente,
han comparado el tiempo de residencia estimado de un planeta en su
“zona de habitabilidad” y el tiempo que tardó la
vida en aparecer sobre la Tierra, el único ejemplo conocido
de biogénesis, para determinar si la vida ha podido surgir
en otros sistemas planetarios.
El equipo de López calculó que planetas orbitando a
distancias de entre 2 y 9 unidades astronómicas de sus estrellas
tipo solar, podrían permanecer dentro de la “zona de
habitabilidad” hasta 2.000 millones de años. Asumiendo
un rango de 500 a 1.000 millones de años como tiempo máximo
para el origen de la vida, muchos sistemas estelares podrían
albergar planetas habitados. Y este fenómeno podría
suceder también en algunos cuerpos de nuestro propio Sistema
Solar, como Marte o Europa. En ambos casos, hoy sus hidrosferas superficiales
permanecen congeladas, pero a medida que la “zona de habitabilidad”
del Sol se desplace hacia el exterior del Sistema Solar, es posible
que alcancen el estado líquido. En el caso de Marte, se podrían
volver a formar extensos océanos hemisféricos; Europa,
más exótica, podría transformarse en un auténtico
mundo de agua. La vida, entonces, podría tener allí
una oportunidad, tal vez como fenómeno autóctono, o
quizá transportada desde nuestro mundo, mediante procesos estocásticos
(a bordo de meteoritos) o algo más ordenados: ¿es la
inteligencia el recurso más complejo que ha elaborado la vida
para escapar a las severas restricciones temporales que le impone
la evolución estelar? |
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| Madrid, España, 01 de Agosto de 2006. |
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