¿Qué es la vida? (y II)
Alberto González Fairén |
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El mes
pasado describíamos en estas páginas
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uno de los últimos intentos por definir
la vida de una forma concluyente. Vamos a repasar
ahora algunos de las definiciones históricas. |
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a carencia
de una definición universal de la vida representa un problema
práctico para la biología en numerosas ocasiones. Por
ejemplo, en las discusiones sin fin acerca de si un virus está
vivo o no (Figura 1), en los debates sobre la naturaleza última
de las estructuras microscópicas del meteorito marciano ALH84001
(Figura 2), o en los avances de la biología sintética
que han llevado a la síntesis química de un genoma bacteriano
completo y a su incorporación dentro de un mycoplasma. Probablemente
se requiere más un marco general que una definición
precisa. La respuesta debe venir de la unión de diferentes
especialistas trabajando en problemas diferentes y con diferentes
perspectivas, desde el origen de la vida en la Tierra y la biología
sintética hasta la búsqueda de vida extraterrestre. |
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Stephane Tirard, de la Facultad de Ciencias de Nantes,
y sus colaboradores, han llevado a cabo un repaso histórico
con el que ponen de manifiesto que es más sencillo encontrar
en la literatura conceptos intuitivos de “vida” que definiciones
precisas. Las diferentes propuestas sobre el origen de la vida sugeridas
por Buffon, Lamarck, Darwin, Huxley, Oparin o Haldane eran parte de
sus teorías sobre la evolución, pero también
revelan diversas concepciones de la vida. Desde el punto de vista
de la biología contemporánea, un conocimiento a fondo
de las propiedades mínimas que debe reunir un sistema para
poder ser considerado “vivo” requiere comprender los procesos
evolutivos que han llevado a formar el sistema en estudio. La aparición
de la vida sobre la Tierra conllevó la transición desde
reacciones puramente químicas a entidades autónomas
y reproductoras capaces de evolucionar por selección natural.
Cómo tuvo lugar este proceso es algo que aún no conocemos.
Y también es desconocida la naturaleza de los primeros sistemas
vivos.
Cuando la biología molecular mostró que la vida era
capaz de automantenerse basada en redes de reacciones anabólicas/catabólicas
y en flujos de energía, surgió el concepto de vida como
sistema autopoiético, esto es, una entidad definida por un
proceso interno de automantenimiento y autogeneración. Desde
esta perspectiva, la reproducción es la condición esencial
para la persistencia de la vida, mientras que la replicación
es tan sólo el mecanismo molecular que guiaba la reproducción
de los organismos. Como las propiedades que definen las habilidades
de automantenimiento de los seres vivos son el resultado de procesos
históricos longevos, esta definición asumía implícitamente
los procesos evolutivos que han conducido al desarrollo de la autopoiesis:
en biología, la historia implica genealogía y, a largo
plazo, filogenia. La filogenia requiere un aparato genético
intracelular capaz de almacenar, expresar y, mediante la reproducción,
transmitir información a la descendencia, información
susceptible de sufrir cambios evolutivos.
Poco después, en 1994, un comité de NASA encargado de
encontrar una definición de la vida siguió una sugerencia
de Carl
Sagan (Figura 3) para concluir que la vida es “un sistema
químico automantenido capaz de experimentar evolución
darwiniana”. El término “sistema” se empleó
para definir entidades vivas que no necesariamente tuvieran que ser
ejemplos del concepto “vida” (por ejemplo, si lo que define
a la vida es la capacidad de reproducirse, entonces un conejo no está
vivo: dos conejos, macho y hembra, están vivos, pero un conejo
sólo no está vivo). La palabra “automantenido”
se refiere a que el sistema vivo no necesita la intervención
continuada de otra entidad (un estudiante de doctorado, por ejemplo)
para mantenerse con vida. Y la frase “evolución darwiniana”
quería resumir el proceso de replicación imperfecta
del ADN y la consiguiente variabilidad en la descendencia. Esta definición
ha tenido un éxito apreciable, y es la que aún hoy se
emplea en numerosas ocasiones. |
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Por lo tanto, parece que la evolución darwiniana
es esencial para entender la naturaleza última de la vida.
Pero, ¿es suficiente? La definición propuesta por NASA
implica que los organismos autótrofos, como las plantas, son
seres vivos. Pero, ¿qué sucede con las primeras formas
vivas? Si al principio la vida era ya un sistema automantenido capaz
de convertir los recursos externos en partes de su estructura, entonces
debería haber contado con algún tipo de ruta metabólica
para hacer uso de esos recursos. Una posibilidad alternativa es que
los primeros seres vivos fueran sistemas capaces de experimentar evolución
darwiniana, esto es, que contaran ya con polímeros genéticos
capaces de proporcionar replicación y heredabilidad, y cuyas
propiedades de automantenimiento dependieran de la disponibilidad
de moléculas orgánicas presentes en su entorno. En este
segundo caso, es necesario explicar también cómo estos
sistemas replicativos primitivos se encapsularon en el interior de
membranas biológicas y cómo evolucionaron las primeras
rutas metabólicas.
Continuamos sin disponer de una respuesta definitiva a la pregunta
que da título a este artículo, y seguimos sin conocer
los procesos que precedieron a la vida. Pero tenemos evidencias poderosas
que sostienen la idea de un continuo evolutivo que unió la
síntesis prebiótica y la acumulación de moléculas
orgánicas en la Tierra primitiva con la emergencia de sistemas
químicos replicativos y automantenidos capaces de experimentar
evolución darwiniana. En otras palabras, la aparición
de la vida en la Tierra fue el resultado de un complejo proceso evolutivo,
y no un evento único y fortuito. Por lo tanto, la pregunta
a formular cuando queremos conocer la naturaleza última de
la vida no debe ser “¿qué características
presentan los organismos vivos que no se observan en los objetos inanimados?”,
si no “¿cómo estas características se asociaron
progresivamente para dar lugar a los organismos vivos?”. |
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| San Francisco (California), EEUU, 04 de Febrero
de 2011. |
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