ALH84001: Historia de un descubrimiento
Alberto González Fairén (*)
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arte
es hoy un mundo frío y desierto, pero los datos que sugieren
que en el pasado fue un planeta más cálido, e incluso
biológicamente activo, se multiplican. Es la propia geomorfología
marciana la que con más fuerza apunta hacia un periodo original
templado. Marte está dividido en dos regiones muy diferentes:
los dos tercios meridionales, un terreno antiguo, densamente craterizado
y surcado por cuencas fluviales de diversos tipos; y el tercio septentrional,
mucho más reciente, que tal vez sea la huella fosilizada de
un primitivo océano boreal inmenso, o de varios lagos independientes
de gran tamaño.
Los rasgos geológicos
que confirman la hipótesis de un Marte más húmedo
y cálido son variados. Tanto los sistemas de valles fluviales,
como la existencia de numerosas depresiones morfológicamente
similares a los lagos, con redes de drenaje confluyentes en ellos,
y las posibles líneas de costa que perfila la dicotomía,
así lo sugieren. De igual modo, la elevada tasa de erosión
de los terrenos antiguos, los cráteres sin borde, la población
de guijarros redondeados, los posibles conglomerados rocosos, la
abundante arena y el polvo con alto contenido en hierro (incluidos
algunos minerales con propiedades magnéticas, como la maghemita)
parecen pruebas definitivas.
Por otra parte, durante algún tiempo,
en Marte debió funcionar un campo magnético planetario
de magnitud significativa: los datos de la sonda Mars Global Surveyor
(MGS) muestran bandas magnéticas con polaridad alterna perfilando
el contorno topográfico entre las tierras altas y el tercio
septentrional, corroborando la idea de algunos autores de la posibilidad
de tectónica de placas en el Marte antiguo (fig. 1). El bandeado
es similar al que se forma en las dorsales oceánicas terrestres,
originado al emerger magma enriquecido en metales a través
de líneas de fractura, magma que queda magnetizado según
la polaridad del campo magnético en ese momento. La presencia
de un campo magnético planetario es esencial para la vida,
ya que evita la pérdida masiva de hidrógeno en el
espacio, bloqueando las radiaciones solares de gran intensidad,
responsables de la fotodisociación del vapor de agua atmosférico;
y desvía el flujo de viento solar capaz de barrer el hidrógeno
asentado en las capas altas de la atmósfera por ser más
ligero. Además, es un claro indicativo de que el planeta
mantuvo su calor interno durante cierto tiempo, factor esencial
para mantener una dinámica cortical capaz de regenerar el
CO2,
evitando su retención en forma de carbonatos y manteniendo
una presión atmosférica suficiente para asegurar la
estabilidad del agua en fase líquida. |
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Fig. 1: Las alineaciones
magnéticas descubiertas por la sonda MGS se muestran
en este mapa de Marte - (NASA) |
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| Incluso
es posible que aún hoy el agua líquida sea una realidad,
aunque esté confinada en depósitos subterráneos
aislados: MGS ha enviado imágenes de formaciones semejantes
a avalanchas, con canales de drenaje en la base, originadas posiblemente
por escorrentía superficial de agua y lodos (fig. 2). |
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Fig. 2: Cráter
al este de Gorgonum Chaos, cuyas paredes presentan evidencias
de excavación por agua - (NASA)
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| En cualquier
caso, sí parece demostrado que hubo una época en la
que el flujo de agua líquida sobre la superficie era pauta
habitual. De hecho, es posible que Marte reuniese las condiciones
adecuadas para el origen y evolución de la vida aún
antes que la propia Tierra, merced a su mayor distancia respecto
al Sol y a su menor tamaño (una mayor relación superficie/volumen
propicia un enfriamiento más rápido tras la condensación
planetaria). |
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Meteoritos
de Marte |
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Algunos
impactos de cuerpos de muy diverso volumen sobre la litosfera de
Marte pudieron aportar la energía necesaria para arrancar
cierto volumen de rocas de la superficie del planeta. De hecho,
los impactos meteoríticos constituyen el único proceso
conocido capaz de imprimir a una roca una velocidad superior a la
velocidad de escape de su planeta, que en el caso de Marte es de
5 km/s. No existe fenómeno volcánico alguno capaz
de expulsar rocas a tal velocidad. Los fragmentos rocosos entrarían
en órbita marciana durante un periodo indefinido, e incluso
podrían volver a caer transcurrido algún tiempo. Otros,
no obstante, escaparían de la atracción gravitatoria
del planeta y comenzarían a vagar por el Sistema Solar interior,
pudiendo colisionar en su viaje con otros planetas o asteroides.
Después de un viaje de millones de años, algunos
de estos fragmentos rocosos han llegado hasta la Tierra, y su
análisis permite el examen más detallado que podemos
realizar, hasta el momento, de nuestro mundo vecino. Sin embargo,
no es hasta el año 1983, gracias a los datos proporcionados
por las sondas Viking y su comparación con los resultados
de los análisis de laboratorio de varios meteoritos, cuando
se establece inequívocamente la procedencia marciana de
varios de ellos recogidos en diferentes lugares del mundo.
Diversas evidencias corroboran el origen marciano de estos meteoritos.
Por un lado, presentan edades de cristalización muy recientes,
que sólo se pueden explicar si se han formado a través
de procesos ígneos sucedidos en un cuerpo planetario magmáticamente
activo recientemente; y los únicos objetos activos del
Sistema Solar son Venus (estos meteoritos contienen arcillas y
otros minerales ricos en agua, difícilmente concebibles
bajo las temperaturas cercanas a los 480 ºC que caracterizan
al planeta), Io, Tritón (las rocas deberían haber
podido escapar de los intensos campos gravitatorios de Júpiter
o Neptuno, respectivamente, lo que resulta casi inconcebible)
y Marte, además de la propia Tierra. Por otro lado, tienen
texturas minerales particulares, difíciles de explicar
si se intenta su comparación con alguno de los otros 20.000
meteoritos recuperados en la superficie de nuestro planeta.
Pero la evidencia más determinante de la procedencia marciana
de estos meteoritos es la composición química e
isotópica de algunos de los gases ocluidos en sus minerales,
diferente de la de las rocas terrestres o lunares, y virtualmente
idéntica a la de la atmósfera de Marte, según
los datos de Viking. La correlación de uno a uno
entre las dos muestras de gases, en un rango de nueve órdenes
de magnitud, respalda de modo contundente su origen marciano (fig.
3).
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Fig. 3: Gráfica
que demuestra la perfecta correlación entre los gases
ocluidos en el meteorito EETA79001 y los de la atmósfera
de Marte - (NASA)
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Disponemos, por tanto, de 18
ejemplares de rocas marcianas. Cuatro de ellas se vieron caer en
Chassigni (Francia), Nakhla (Egipto), Zagami (Nigeria) y Shergotty
(India); el resto se han encontrado tiempo después de su
caída, una en EE.UU., otra en Brasil, otra en el Sahara,
5 en Omán y 6 en la Antártida. Todas menos una se
agrupan en la familia NSC, y comparten características
muy similares, como su contenido en carbonatos, sulfatos, filosilicatos,
hidratos y arcillas; así como trazas de magnetismo remanente.
Pero la similitud fundamental entre los meteoritos marcianos radica
en su edad, de 1.300 a 165 m.a. en todos los SNC. Sin embargo,
el llamado ALH84001 tiene más de 4.000 m.a.
ALH84001 es un fragmento de roca compuesto
básicamente por ortopiroxina, un silicato mineral, con
inclusiones de vidrio feldespático, olivina, cromita, pirita
y fases de carbonatos y filosilicatos (fig. 4). Pesa 1,9 kg.,
y fue arrancado de la superficie de Marte hace 16 m.a., según
se deduce del análisis isotópico: cuando una porción
de roca abandona su cuerpo progenitor, queda expuesto a los rayos
cósmicos, constituidos por partículas elementales
de alta energía; al interaccionar con la superficie del
meteorito, se producen reacciones que forman nuevos isótopos
(3He,
21Ne), cuya
cuantificación ofrece una estima bastante ajustada del
tiempo de permanencia de la roca en el espacio interplanetario.
También sabemos por la datación isotópica
del 14C,
formado por desintegración de los isótopos anteriores
una vez que el meteorito está protegido de los rayos cósmicos
por la atmósfera terrestre, que ALH84001 llegó a
la Tierra hace unos 13.000 años, a finales del Paleolítico.
Fue recogido en 1984 por Roberta Score en el glaciar Far Western,
de la región antártica Allan Hills.
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Fig. 4: El meteorito
ALH84001: sección transversal y ampliaciones de los
glóbulos de carbonato - (JOHN W. WALLEY, et al.,
1998)
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El
encuentro de dos biosferas |
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La
edad del meteorito es de unos 4.000-4.500 m.a., una época
en la que Marte podría mantener un clima al menos tan propicio
para la vida como el de la propia Tierra. Constituido a partir de
la solidificación de magma, sufrió varios procesos
de impacto cuando aún formaba parte de la litosfera marciana.
Estos impactos originaron fracturas en su interior, por las que
se infiltró un fluido rico en CO2,
seguramente agua; en las grietas se formaron glóbulos de
carbonato de un diámetro comprendido entre los 20 y los 250
µm., que están adheridos a las paredes interiores de
las fracturas (fig. 4). Los glóbulos tienen una edad aproximada
de 3.910 m.a. y, cerca de ellos, aparecen concentraciones importantes
de hidrocarburos policíclicos aromáticos.
El origen marciano de los glóbulos de carbonato
parece confirmado si se tiene en cuenta su edad y el momento del
impacto que formó el meteorito; aparte de que resulta difícil
proponer un mecanismo eficaz de formación de carbonatos
en la Antártida. Igualmente, su zonación química
en forma de capas concéntricas, así como la presencia
de granos minerales de óxido y sulfuro de hierro y de los
hidrocarburos policíclicos aromáticos, posible resultado
de la descomposición orgánica, es indiscutible.
Además, en la Tierra, la formación de carbonatos
requiere el concurso de los seres vivos en la mayoría de
los casos, y parece que la temperatura de constitución
de los del meteorito no superó los 380 K, un valor que
no parece limitante para la vida. Y el interior de los glóbulos
de carbonato presenta un gran desequilibrio químico, característica
esencial de los productos de los sistemas vivos.
En los glóbulos se han encontrado ciertas
estructuras microscópicas ovoidales, de entre 40 y 80 nm.;
y otras tubulares, alargadas o curvas, que oscilan entre los 30
y los 700 nm (fig. 5 A). En todos los casos son morfológicamente
similares a algunos grupos bacterianos terrestres muy antiguos.
Desde su descubrimiento, en agosto de 1996, se han presentado
pruebas y análisis tanto a favor como en contra del origen
biológico de tales estructuras.
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- Fig. 5 A: Nanoestructura
bacteriforme de 380 nm. encontrada en el interior de ALH84001
- (NASA)
- Fig. 5 B: Microfósil de 380 nm. encontrado a 400
m. de profundidad en Washington - (NASA) |
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| Por un lado, sugiere un origen biogénico
la carencia de caras cristalinas en las estructuras tubulares; así
como su asimetría, con el eje anteroposterior característico
de las bacterias móviles bien definido; y su segmentación,
similar a la organización trical de algunas algas terrestres.
Tampoco el tamaño parece óbice: las estructuras tubulares
presentan un volumen similar al de ciertas nanobacterias fósiles
encontradas en el interior de muestras de basalto procedentes de formaciones
geológicas a 400 m. de profundidad en la depresión del
río Columbia, en EE.UU (fig. 5 B). En cambio, las estructuras
ovoidales son tan pequeñas que no se pueden identificar ni
con la más diminuta de las bacterias terrestres conocidas.
Pero esto no parece un argumento definitivo para descartar su posible
origen biológico: podrían ser fragmentos o partes de
unidades mayores. Además, en los seres vivos, la reducción
del volumen es interpretada como una adaptación a los cambios
de un entorno que se vuelve extremo, y tal parece que pudo ser el
caso según todos los modelos de evolución climática
de Marte. Sin embargo, la morfología
de los glóbulos de carbonato podría explicarse mediante
reacciones a alta temperatura o por procesos de coprecipitación;
los hidrocarburos policíclicos aromáticos se pueden
sintetizar por procesos catalíticos inorgánicos; y
las estructuras bacteriformes pueden ser producto de simples reacciones
inorgánicas ocurridas en la superficie de los glóbulos.
Igualmente, en la Tierra, el 99% del carbono es 12C,
proporción que se incrementa si la muestra ha formado parte
de un sistema químico orgánico, mientras que aumenta
el contenido en 13C
en los materiales inorgánicos; y el carbono de los glóbulos
de ALH84001 está más enriquecido en 13C
que cualquier materia natural de la Tierra. Además, el contacto
con la biosfera terrestre conlleva cierto grado de contaminación
que podría estar en el origen de muchas de las características
mencionadas.
Cuando aún no se disponía de una respuesta
definitiva a todas estas cuestiones, un nuevo descubrimiento se
incorporó al debate en el año 2000: en el interior
de los glóbulos de carbonato se descubrió una serie
de pequeñas cadenas de cristales de magnetita, de estructura
y composición química singulares. Estas cadenas se
han considerado biomarcadores, ya que son idénticas a las
que forman algunas bacterias terrestres (Cuadro 1), hasta el punto
de que resulta imposible distinguir física, química
o morfológicamente las cadenas de cristales de magnetita
de ALH84001 de las que forma la bacteria magnetotáctica marina
MV-1 (Cuadro 2). Se ha propuesto que el origen de las magnetitas
pudiera ser abiótico, por metamorfismo de shock; pero la
descomposición termal del carbonato a altas temperaturas
que este proceso conlleva induciría la formación de
MgO y CaO por la ruptura del carbonato ferromagnésico, y
no se han descrito restos de tales óxidos.
El enriquecimiento en 13C
detectado en los glóbulos de carbonato tampoco implicaría
una formación abiótica de las cadenas de magnetita,
ya que éstas deben tener un origen ajeno al meteorito: los
organismos endolíticos terrestres son sésiles, y las
magnetobacterias móviles. Por lo tanto, los magnetosomas
encontrados en el interior de ALH84001 no deben pertenecer a bacterias
que vivían en el meteorito, sino que son restos de microorganismos
que habitaban en medios acuosos, y que fueron arrastrados hasta
la roca suspendidos en un fluido rico en carbonatos (posiblemente
agua) que percoló por sus fisuras. La evaporación
posterior del líquido formó los glóbulos de
carbonato, y los cristales de magnetita fueron depositados en la
periferia de los discos carbonatados.
Posteriormente, mezclas vítreas de plagioclasas
y ortopiroxenos recubrieron los glóbulos, protegiendo su
contenido y aislándolos del medio. Este proceso permite descartar
el hipotético origen terrestre de las magnetitas, ya que
anula cualquier posibilidad de que sean producto de contaminación
por materiales de la Tierra (fig. 6). El aislamiento quedó
demostrado al mantener un fragmento del meteorito sumergido durante
meses en una solución concentrada de acetato de uranio; después
de incluirlo en resina, cortarlo y pulirlo, se hicieron secciones
transversales de los glóbulos de carbonato, cuyo análisis
determinó la ausencia absoluta de uranio. Sin embargo, la
realidad de este proceso plantea una incógnita de muy difícil
respuesta: ¿cómo fue posible la fusión y recristalización
de plagioclasas, que requiere temperaturas del orden de 1.200 ºC,
sin efecto sobre los carbonatos y su posible contenido de origen
biológico?
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Fig. 6: Glóbulo
de carbonato (ca) que contiene cadenas de magnetita incluidas
en cristales de plagioclasa (pg) y piroxenita (px) - (IMRE
FRIEDMANN, et al., 2001)
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| El análisis de ALH84001 continúa,
a fin de comprender enteramente el proceso, o de proponer otro alternativo.
Si se confirma su veracidad, cerca del 25% de las cadenas detectadas
en el meteorito serían el único resto fosilizado de
bacterias cuyo cuerpo habría desaparecido al morir. Las demás,
con diversas morfologías, parecen análogas a las magnetitas
inorgánicas terrestres. También en rocas de la Tierra
se han encontrado cristales de magnetita de bacterias magnéticas
fosilizados, que se conocen como magnetofósiles; e igualmente
aparecen ejemplos de mezcla de magnetitas bióticas y abióticas.
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Perspectivas |
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Aunque
todo el trabajo sobre las posibles bacterias magnetotácticas
marcianas se ha centrado en su interés exobiológico,
es indudable que su presencia avala de una forma definitiva las
teorías que mantienen que Marte gozó, en algún
tiempo al menos al principio de su historia, de un clima más
benigno, con una atmósfera más densa y con agua líquida
en superficie; de otro modo, no parece posible la evolución
de formas bacterianas con mecanismos de desplazamiento. Además,
el tactismo magnético sólo tiene sentido en un mundo
con un campo magnético planetario intenso, donde suponga
una ventaja adaptativa para los organismos que lo posean. Así,
si se confirma que los restos encontrados en ALH84001 corresponden
a organismos magnetotácticos, se corroboraría definitivamente
la existencia del paleocampo magnético marciano.
Si Marte poseyó alguna vez un campo magnético significativo,
una atmósfera más potente y agua en estado líquido,
su potencial biogenésico era similar al de la Tierra. De
hecho, el último meteorito marciano reconocido como tal
hasta la fecha, SAU 094, que fue recogido en el desierto de Omán
el 19 de junio de 2001, presenta un sorprendente número
de pequeñas grietas que parecen incluir concentraciones
de gases representativas de la atmósfera de Marte tal como
era hace 700 m.a. Otra roca marciana descubierta en el Sahara
occidental en diciembre de 2000, NWA 817, muestra signos evidentes
de haber sido expuesta a corrientes de agua durante un tiempo
prolongado. Y en el meteorito caído en Nakhla se han detectado
restos de poblaciones presumiblemente bacterianas, descritas como
microestructuras filamentosas (fig. 7); aunque en este caso existen
evidencias de contaminación por bacterias y hongos terrestres
que devalúan la importancia del descubrimiento.
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Fig. 7: Nanobacteria
fósil atrapada en las vetas arcillosas del meteorito
de Nakhla - (NASA)
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En definitiva,
la posibilidad de demostrar la existencia de vida en otro planeta,
aunque sea vida ya extinta, debe ser un objetivo científico
de primera magnitud. Las actuaciones futuras deberán estar
centradas en dos aspectos fundamentales:
Por un lado, es preciso un detallado análisis de los meteoritos
marcianos, buscando pruebas de la existencia de pared celular
en las posibles estructuras fosilizadas, evidencias de reproducción
(estructuras que indiquen bacterias dividiéndose), de crecimiento
(varias estructuras de distintos tamaños) o de formación
de colonias.
Por otro lado, si fragmentos rocosos de pequeño volumen
contienen numerosos restos presumiblemente bacterianos, tales
bacterias debieron habitar alguna vez conspicuamente los sedimentos
de los mares y lagos marcianos. Parece claro que debió
de ser así: en la Tierra, donde la vida se extiende como
una unidad por toda la superficie y hasta a varios kilómetros
en el subsuelo, las nanobacterias alcanzan densidades del rango
de billones de individuos por milímetro cúbico.
Las futuras misiones a Marte deberán dirigirse hacia las
antiguas cuencas sedimentarias, donde se puede presumir una mayor
abundancia de restos fósiles de la primitiva biosfera del
planeta. E incluso si realmente el agua líquida fluye aún
a través de poros y grietas de rocas bajo la superficie,
quizá haya servido como refugio para biotas que se fueran
adaptando a las condiciones ambientales marcianas, y tal vez los
herederos de las estructuras de ALH84001 sigan medrando de algún
modo.
Si como resultado de esta investigación se determina sin
ningún género de dudas la existencia de organismos
unicelulares en Marte hace 4.000 m.a., se trataría de la
vida más antigua jamás datada. Y, por su similitud
con la terrestre, se abriría un interesante debate sobre
la identidad de los mecanismos bioquímicos y fisiológicos,
y sobre las respuestas morfológicas, adaptativas y de selección
de hábitat de los seres vivos, sea cual fuere su lugar
de origen y evolución.
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| Sobre
el Autor |
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Alberto González
Fairén desarrolla su labor investigadora en el
Centro de Biología Molecular, CSIC-Universidad Autónoma
de Madrid y en el Grupo de Ciencias Planetarias de la Universidad
Complutense de Madrid, España.
Se dedica fundamentalmente a realizar estudios de extremofilia
y geoquímica del Arcaico y el Noeico. |
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Cuadro
1 |
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La
navegación magnética en bacterias
Algunos
organismos acuáticos son magnetotácticos, esto
es, tienden a nadar guiándose por las líneas
del campo magnético terrestre. Esta respuesta no es
exclusiva de las bacterias, si bien es en ellas donde ha sido
mejor y más ampliamente estudiada.
Las bacterias magnetotácticas
tienen la capacidad de sintetizar pequeños cristales
de magnetita (Fe3O4)
y/o greigita (Fe3S4);
lo consiguen a partir del hierro que obtienen sin dificultad
a concentraciones de 1 mg/l, aproximadamente, en los ambientes
naturales donde habitan. Después transportan los cristales
en su interior, recubiertos de una fina membrana, que debe
servir para mantener a cada partícula en una posición
fija dentro de la estructura celular. Se constituyen de este
modo los magnetosomas, unidos entre sí por material
orgánico estable y dispuestos en cadenas paralelas
al eje mayor de la célula. Todo el proceso está
sujeto a un estricto control genético de composición,
tamaño, morfología y orientación cristalográfica.
La magnetita es un óxido
de hierro con propiedades magnéticas, con lo que la
cadena de magnetosomas constituye una brújula biomagnética
de suficiente potencia como para orientar a la bacteria, de
un modo eficaz, en la dirección de las líneas
de fuerza del campo geomagnético terrestre. Este apunta
hacia el norte y hacia abajo en el hemisferio septentrional,
y al norte y hacia arriba en el meridional. Así, las
bacterias del hemisferio septentrional nadan buscando el norte
(hacia abajo), y las del meridional buscan el sur (también
nadan hacia abajo). En base a ello, se ha propuesto que la
magnetotaxia bacteriana es un mecanismo para migrar hacia
el fondo de las masas de agua y permanecer en los sedimentos:
la bacteria se deja arrastrar, en su movimiento de natación,
por el efecto que ejerce sobre su brújula biomagnética
el campo magnético terrestre. Y como todas son anaerobias
o microaerófilas, esta tendencia a migrar al fondo,
a los lugares con menor concentración de oxígeno,
constituye una ventaja evolutiva: sirve para encontrar la
situación óptima, en un gradiente vertical de
concentración de O2,
en la zona de transición oxigénica/anoxigénica
de las interfases agua-sedimento de los sustratos cenagosos
y de los sedimentos en los que habitan. |
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| Cuadro
2 |
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Las magnetitas de ALH84001
Aparecen
seis características fundamentales de los cristales
de magnetita producidos por las bacterias magnetotácticas
terrestres, sólo explicables bajo un origen biológico,
y que son compartidas por un 25% de los cristales del meteorito
(Thomas-Keprta, et al., 2000 y 2001):
- Los cristales son de tamaño similar, unos 40 nm.
en su eje más largo. Presentan la misma relación
longitud/anchura en todos los casos, debido a que crecen en
el interior de una vesícula que funciona como catalizador.
- La morfología de los cristales es única: se
trata de hexaoctaedros truncados, poliedros con 8 caras octaédricas,
6 hexagonales y 6 cúbicas. De las 8 octaédricas,
las dos perpendiculares al eje de elongación del cristal
son equivalentes entre sí, y distintas a las otras
6, también equivalentes entre sí. No se conoce
ningún mecanismo inorgánico de formación
de hexaoctaedros con tales características.
- La pureza química de los cristales es muy elevada:
sólo tienen Fe y O a niveles detectables (>150 ppm.).
En la Tierra, las bacterias adquieren el hierro a través
de un sideroporo, y el transporte depende del contenido interno;
si se cultivan en un medio con Cu, Co, Zn, Mo, Ni, Mg, Al
ó Mn, estos elementos no aparecen en los cristales,
si bien constituyen las impurezas más comunes en la
magnetita inorgánica.
- La perfección cristalográfica que presentan
tiene como objeto no perder propiedades ferromagnéticas,
optimizando el momento magnético neto del cristal de
magnetita. En las bacterias terrestres, la habilidad para
construir cristales perfectos parece un producto de la selección
natural.
- La elongación es siempre en una dirección
determinada, a lo largo del eje mayor del cristal, lo que
incrementa su estabilidad magnética.
- Los cristales se encuentran ordenados en cadenas. Así,
el momento magnético dipolar es máximo, ya que
el momento magnético total de la célula es la
suma de los momentos dipolares de cada cristal.
Además,
el análisis con microscopía electrónica
de transmisión (Friedmann, et al., 2001) ha revelado
otras 5 características comunes de las cadenas de magnetitas
de ALH84001 y las de ciertas bacterias terrestres:
- Los cristales están orientados en el eje mayor de
la cadena, siguiendo la dirección de éste, cuando
la disposición más favorable desde un punto
de vista energético sería que se encontraran
adosados lateralmente, con el eje mayor perpendicular a la
cadena.
- Aparecen espacios entre los cristales, lo que en las bacterias
terrestres exige un control genético: en las cadenas
no biológicas, formadas en un campo magnético
fuerte, nunca existen espacios.
- Entre los cristales se sitúa un material orgánico
plástico, lo que otorga estabilidad y flexibilidad
a las cadenas.
- Los cristales están rodeados de membranas, que regulan
el crecimiento y la disposición de la cadena. En los
restos encontrados en ALH84001, aparece un halo alrededor
de los cristales, que pudiera ser el resto de una estructura
membranosa.
- La configuración en cadenas no es la más estable
energéticamente: la energía total del sistema
se reduciría sustancialmente si las partículas
colapsaran en un agregado no lineal.
Todas estas evidencias sugieren el origen biológico
de las estructuras magnéticas del meteorito, ya que
su objetivo es maximizar el momento magnético dipolar
de cada cristal de magnetita y el de la cadena completa, por
procedimientos que no aparecen en la síntesis abiótica
de magnetitas y que precisan, por tanto, un control genético:
no existe proceso inorgánico alguno capaz de rendir
estructuras similares. |
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(*) Alberto González Fairén (2001):
ALH84001: Historia de un descubrimiento.
Tribuna de Astronomía y Universo, 29, 32-38.
Madrid, España, 01 de Setiembre de 2003. |
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