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ALH84001: Historia de un descubrimiento
Alberto González Fairén (*)
arte es hoy un mundo frío y desierto, pero los datos que sugieren que en el pasado fue un planeta más cálido, e incluso biológicamente activo, se multiplican. Es la propia geomorfología marciana la que con más fuerza apunta hacia un periodo original templado. Marte está dividido en dos regiones muy diferentes: los dos tercios meridionales, un terreno antiguo, densamente craterizado y surcado por cuencas fluviales de diversos tipos; y el tercio septentrional, mucho más reciente, que tal vez sea la huella fosilizada de un primitivo océano boreal inmenso, o de varios lagos independientes de gran tamaño.

Los rasgos geológicos que confirman la hipótesis de un Marte más húmedo y cálido son variados. Tanto los sistemas de valles fluviales, como la existencia de numerosas depresiones morfológicamente similares a los lagos, con redes de drenaje confluyentes en ellos, y las posibles líneas de costa que perfila la dicotomía, así lo sugieren. De igual modo, la elevada tasa de erosión de los terrenos antiguos, los cráteres sin borde, la población de guijarros redondeados, los posibles conglomerados rocosos, la abundante arena y el polvo con alto contenido en hierro (incluidos algunos minerales con propiedades magnéticas, como la maghemita) parecen pruebas definitivas.

Por otra parte, durante algún tiempo, en Marte debió funcionar un campo magnético planetario de magnitud significativa: los datos de la sonda Mars Global Surveyor (MGS) muestran bandas magnéticas con polaridad alterna perfilando el contorno topográfico entre las tierras altas y el tercio septentrional, corroborando la idea de algunos autores de la posibilidad de tectónica de placas en el Marte antiguo (fig. 1). El bandeado es similar al que se forma en las dorsales oceánicas terrestres, originado al emerger magma enriquecido en metales a través de líneas de fractura, magma que queda magnetizado según la polaridad del campo magnético en ese momento. La presencia de un campo magnético planetario es esencial para la vida, ya que evita la pérdida masiva de hidrógeno en el espacio, bloqueando las radiaciones solares de gran intensidad, responsables de la fotodisociación del vapor de agua atmosférico; y desvía el flujo de viento solar capaz de barrer el hidrógeno asentado en las capas altas de la atmósfera por ser más ligero. Además, es un claro indicativo de que el planeta mantuvo su calor interno durante cierto tiempo, factor esencial para mantener una dinámica cortical capaz de regenerar el CO2, evitando su retención en forma de carbonatos y manteniendo una presión atmosférica suficiente para asegurar la estabilidad del agua en fase líquida.

Mapa magnético de Marte
Fig. 1: Las alineaciones magnéticas descubiertas por la sonda MGS se muestran en este mapa de Marte - (NASA)
Incluso es posible que aún hoy el agua líquida sea una realidad, aunque esté confinada en depósitos subterráneos aislados: MGS ha enviado imágenes de formaciones semejantes a avalanchas, con canales de drenaje en la base, originadas posiblemente por escorrentía superficial de agua y lodos (fig. 2).
Cráter al este de Gorgonum Chaos
Fig. 2: Cráter al este de Gorgonum Chaos, cuyas paredes presentan evidencias de excavación por agua - (NASA)
En cualquier caso, sí parece demostrado que hubo una época en la que el flujo de agua líquida sobre la superficie era pauta habitual. De hecho, es posible que Marte reuniese las condiciones adecuadas para el origen y evolución de la vida aún antes que la propia Tierra, merced a su mayor distancia respecto al Sol y a su menor tamaño (una mayor relación superficie/volumen propicia un enfriamiento más rápido tras la condensación planetaria).
Meteoritos de Marte
Algunos impactos de cuerpos de muy diverso volumen sobre la litosfera de Marte pudieron aportar la energía necesaria para arrancar cierto volumen de rocas de la superficie del planeta. De hecho, los impactos meteoríticos constituyen el único proceso conocido capaz de imprimir a una roca una velocidad superior a la velocidad de escape de su planeta, que en el caso de Marte es de 5 km/s. No existe fenómeno volcánico alguno capaz de expulsar rocas a tal velocidad. Los fragmentos rocosos entrarían en órbita marciana durante un periodo indefinido, e incluso podrían volver a caer transcurrido algún tiempo. Otros, no obstante, escaparían de la atracción gravitatoria del planeta y comenzarían a vagar por el Sistema Solar interior, pudiendo colisionar en su viaje con otros planetas o asteroides.

Después de un viaje de millones de años, algunos de estos fragmentos rocosos han llegado hasta la Tierra, y su análisis permite el examen más detallado que podemos realizar, hasta el momento, de nuestro mundo vecino. Sin embargo, no es hasta el año 1983, gracias a los datos proporcionados por las sondas Viking y su comparación con los resultados de los análisis de laboratorio de varios meteoritos, cuando se establece inequívocamente la procedencia marciana de varios de ellos recogidos en diferentes lugares del mundo.

Diversas evidencias corroboran el origen marciano de estos meteoritos. Por un lado, presentan edades de cristalización muy recientes, que sólo se pueden explicar si se han formado a través de procesos ígneos sucedidos en un cuerpo planetario magmáticamente activo recientemente; y los únicos objetos activos del Sistema Solar son Venus (estos meteoritos contienen arcillas y otros minerales ricos en agua, difícilmente concebibles bajo las temperaturas cercanas a los 480 ºC que caracterizan al planeta), Io, Tritón (las rocas deberían haber podido escapar de los intensos campos gravitatorios de Júpiter o Neptuno, respectivamente, lo que resulta casi inconcebible) y Marte, además de la propia Tierra. Por otro lado, tienen texturas minerales particulares, difíciles de explicar si se intenta su comparación con alguno de los otros 20.000 meteoritos recuperados en la superficie de nuestro planeta.

Pero la evidencia más determinante de la procedencia marciana de estos meteoritos es la composición química e isotópica de algunos de los gases ocluidos en sus minerales, diferente de la de las rocas terrestres o lunares, y virtualmente idéntica a la de la atmósfera de Marte, según los datos de Viking. La correlación de uno a uno entre las dos muestras de gases, en un rango de nueve órdenes de magnitud, respalda de modo contundente su origen marciano (fig. 3).

Correlación entre los gases
Fig. 3: Gráfica que demuestra la perfecta correlación entre los gases ocluidos en el meteorito EETA79001 y los de la atmósfera de Marte - (NASA)
Disponemos, por tanto, de 18 ejemplares de rocas marcianas. Cuatro de ellas se vieron caer en Chassigni (Francia), Nakhla (Egipto), Zagami (Nigeria) y Shergotty (India); el resto se han encontrado tiempo después de su caída, una en EE.UU., otra en Brasil, otra en el Sahara, 5 en Omán y 6 en la Antártida. Todas menos una se agrupan en la familia NSC, y comparten características muy similares, como su contenido en carbonatos, sulfatos, filosilicatos, hidratos y arcillas; así como trazas de magnetismo remanente. Pero la similitud fundamental entre los meteoritos marcianos radica en su edad, de 1.300 a 165 m.a. en todos los SNC. Sin embargo, el llamado ALH84001 tiene más de 4.000 m.a.

ALH84001 es un fragmento de roca compuesto básicamente por ortopiroxina, un silicato mineral, con inclusiones de vidrio feldespático, olivina, cromita, pirita y fases de carbonatos y filosilicatos (fig. 4). Pesa 1,9 kg., y fue arrancado de la superficie de Marte hace 16 m.a., según se deduce del análisis isotópico: cuando una porción de roca abandona su cuerpo progenitor, queda expuesto a los rayos cósmicos, constituidos por partículas elementales de alta energía; al interaccionar con la superficie del meteorito, se producen reacciones que forman nuevos isótopos (3He, 21Ne), cuya cuantificación ofrece una estima bastante ajustada del tiempo de permanencia de la roca en el espacio interplanetario. También sabemos por la datación isotópica del 14C, formado por desintegración de los isótopos anteriores una vez que el meteorito está protegido de los rayos cósmicos por la atmósfera terrestre, que ALH84001 llegó a la Tierra hace unos 13.000 años, a finales del Paleolítico. Fue recogido en 1984 por Roberta Score en el glaciar Far Western, de la región antártica Allan Hills.

Meteorito ALH84001
Fig. 4: El meteorito ALH84001: sección transversal y ampliaciones de los glóbulos de carbonato - (JOHN W. WALLEY, et al., 1998)
El encuentro de dos biosferas
La edad del meteorito es de unos 4.000-4.500 m.a., una época en la que Marte podría mantener un clima al menos tan propicio para la vida como el de la propia Tierra. Constituido a partir de la solidificación de magma, sufrió varios procesos de impacto cuando aún formaba parte de la litosfera marciana. Estos impactos originaron fracturas en su interior, por las que se infiltró un fluido rico en CO2, seguramente agua; en las grietas se formaron glóbulos de carbonato de un diámetro comprendido entre los 20 y los 250 µm., que están adheridos a las paredes interiores de las fracturas (fig. 4). Los glóbulos tienen una edad aproximada de 3.910 m.a. y, cerca de ellos, aparecen concentraciones importantes de hidrocarburos policíclicos aromáticos.

El origen marciano de los glóbulos de carbonato parece confirmado si se tiene en cuenta su edad y el momento del impacto que formó el meteorito; aparte de que resulta difícil proponer un mecanismo eficaz de formación de carbonatos en la Antártida. Igualmente, su zonación química en forma de capas concéntricas, así como la presencia de granos minerales de óxido y sulfuro de hierro y de los hidrocarburos policíclicos aromáticos, posible resultado de la descomposición orgánica, es indiscutible. Además, en la Tierra, la formación de carbonatos requiere el concurso de los seres vivos en la mayoría de los casos, y parece que la temperatura de constitución de los del meteorito no superó los 380 K, un valor que no parece limitante para la vida. Y el interior de los glóbulos de carbonato presenta un gran desequilibrio químico, característica esencial de los productos de los sistemas vivos.

En los glóbulos se han encontrado ciertas estructuras microscópicas ovoidales, de entre 40 y 80 nm.; y otras tubulares, alargadas o curvas, que oscilan entre los 30 y los 700 nm (fig. 5 A). En todos los casos son morfológicamente similares a algunos grupos bacterianos terrestres muy antiguos. Desde su descubrimiento, en agosto de 1996, se han presentado pruebas y análisis tanto a favor como en contra del origen biológico de tales estructuras.

Estructuras
- Fig. 5 A: Nanoestructura bacteriforme de 380 nm. encontrada en el interior de ALH84001 - (NASA)
- Fig. 5 B: Microfósil de 380 nm. encontrado a 400 m. de profundidad en Washington - (NASA)
Por un lado, sugiere un origen biogénico la carencia de caras cristalinas en las estructuras tubulares; así como su asimetría, con el eje anteroposterior característico de las bacterias móviles bien definido; y su segmentación, similar a la organización trical de algunas algas terrestres. Tampoco el tamaño parece óbice: las estructuras tubulares presentan un volumen similar al de ciertas nanobacterias fósiles encontradas en el interior de muestras de basalto procedentes de formaciones geológicas a 400 m. de profundidad en la depresión del río Columbia, en EE.UU (fig. 5 B). En cambio, las estructuras ovoidales son tan pequeñas que no se pueden identificar ni con la más diminuta de las bacterias terrestres conocidas. Pero esto no parece un argumento definitivo para descartar su posible origen biológico: podrían ser fragmentos o partes de unidades mayores. Además, en los seres vivos, la reducción del volumen es interpretada como una adaptación a los cambios de un entorno que se vuelve extremo, y tal parece que pudo ser el caso según todos los modelos de evolución climática de Marte.

Sin embargo, la morfología de los glóbulos de carbonato podría explicarse mediante reacciones a alta temperatura o por procesos de coprecipitación; los hidrocarburos policíclicos aromáticos se pueden sintetizar por procesos catalíticos inorgánicos; y las estructuras bacteriformes pueden ser producto de simples reacciones inorgánicas ocurridas en la superficie de los glóbulos. Igualmente, en la Tierra, el 99% del carbono es 12C, proporción que se incrementa si la muestra ha formado parte de un sistema químico orgánico, mientras que aumenta el contenido en 13C en los materiales inorgánicos; y el carbono de los glóbulos de ALH84001 está más enriquecido en 13C que cualquier materia natural de la Tierra. Además, el contacto con la biosfera terrestre conlleva cierto grado de contaminación que podría estar en el origen de muchas de las características mencionadas.

Cuando aún no se disponía de una respuesta definitiva a todas estas cuestiones, un nuevo descubrimiento se incorporó al debate en el año 2000: en el interior de los glóbulos de carbonato se descubrió una serie de pequeñas cadenas de cristales de magnetita, de estructura y composición química singulares. Estas cadenas se han considerado biomarcadores, ya que son idénticas a las que forman algunas bacterias terrestres (Cuadro 1), hasta el punto de que resulta imposible distinguir física, química o morfológicamente las cadenas de cristales de magnetita de ALH84001 de las que forma la bacteria magnetotáctica marina MV-1 (Cuadro 2). Se ha propuesto que el origen de las magnetitas pudiera ser abiótico, por metamorfismo de shock; pero la descomposición termal del carbonato a altas temperaturas que este proceso conlleva induciría la formación de MgO y CaO por la ruptura del carbonato ferromagnésico, y no se han descrito restos de tales óxidos.

El enriquecimiento en 13C detectado en los glóbulos de carbonato tampoco implicaría una formación abiótica de las cadenas de magnetita, ya que éstas deben tener un origen ajeno al meteorito: los organismos endolíticos terrestres son sésiles, y las magnetobacterias móviles. Por lo tanto, los magnetosomas encontrados en el interior de ALH84001 no deben pertenecer a bacterias que vivían en el meteorito, sino que son restos de microorganismos que habitaban en medios acuosos, y que fueron arrastrados hasta la roca suspendidos en un fluido rico en carbonatos (posiblemente agua) que percoló por sus fisuras. La evaporación posterior del líquido formó los glóbulos de carbonato, y los cristales de magnetita fueron depositados en la periferia de los discos carbonatados.

Posteriormente, mezclas vítreas de plagioclasas y ortopiroxenos recubrieron los glóbulos, protegiendo su contenido y aislándolos del medio. Este proceso permite descartar el hipotético origen terrestre de las magnetitas, ya que anula cualquier posibilidad de que sean producto de contaminación por materiales de la Tierra (fig. 6). El aislamiento quedó demostrado al mantener un fragmento del meteorito sumergido durante meses en una solución concentrada de acetato de uranio; después de incluirlo en resina, cortarlo y pulirlo, se hicieron secciones transversales de los glóbulos de carbonato, cuyo análisis determinó la ausencia absoluta de uranio. Sin embargo, la realidad de este proceso plantea una incógnita de muy difícil respuesta: ¿cómo fue posible la fusión y recristalización de plagioclasas, que requiere temperaturas del orden de 1.200 ºC, sin efecto sobre los carbonatos y su posible contenido de origen biológico?

Glóbulo de Carbonato
Fig. 6: Glóbulo de carbonato (ca) que contiene cadenas de magnetita incluidas en cristales de plagioclasa (pg) y piroxenita (px) - (IMRE FRIEDMANN, et al., 2001)
El análisis de ALH84001 continúa, a fin de comprender enteramente el proceso, o de proponer otro alternativo. Si se confirma su veracidad, cerca del 25% de las cadenas detectadas en el meteorito serían el único resto fosilizado de bacterias cuyo cuerpo habría desaparecido al morir. Las demás, con diversas morfologías, parecen análogas a las magnetitas inorgánicas terrestres. También en rocas de la Tierra se han encontrado cristales de magnetita de bacterias magnéticas fosilizados, que se conocen como magnetofósiles; e igualmente aparecen ejemplos de mezcla de magnetitas bióticas y abióticas.
Perspectivas
Aunque todo el trabajo sobre las posibles bacterias magnetotácticas marcianas se ha centrado en su interés exobiológico, es indudable que su presencia avala de una forma definitiva las teorías que mantienen que Marte gozó, en algún tiempo al menos al principio de su historia, de un clima más benigno, con una atmósfera más densa y con agua líquida en superficie; de otro modo, no parece posible la evolución de formas bacterianas con mecanismos de desplazamiento. Además, el tactismo magnético sólo tiene sentido en un mundo con un campo magnético planetario intenso, donde suponga una ventaja adaptativa para los organismos que lo posean. Así, si se confirma que los restos encontrados en ALH84001 corresponden a organismos magnetotácticos, se corroboraría definitivamente la existencia del paleocampo magnético marciano.

Si Marte poseyó alguna vez un campo magnético significativo, una atmósfera más potente y agua en estado líquido, su potencial biogenésico era similar al de la Tierra. De hecho, el último meteorito marciano reconocido como tal hasta la fecha, SAU 094, que fue recogido en el desierto de Omán el 19 de junio de 2001, presenta un sorprendente número de pequeñas grietas que parecen incluir concentraciones de gases representativas de la atmósfera de Marte tal como era hace 700 m.a. Otra roca marciana descubierta en el Sahara occidental en diciembre de 2000, NWA 817, muestra signos evidentes de haber sido expuesta a corrientes de agua durante un tiempo prolongado. Y en el meteorito caído en Nakhla se han detectado restos de poblaciones presumiblemente bacterianas, descritas como microestructuras filamentosas (fig. 7); aunque en este caso existen evidencias de contaminación por bacterias y hongos terrestres que devalúan la importancia del descubrimiento.

Microestructuras
Fig. 7: Nanobacteria fósil atrapada en las vetas arcillosas del meteorito de Nakhla - (NASA)
En definitiva, la posibilidad de demostrar la existencia de vida en otro planeta, aunque sea vida ya extinta, debe ser un objetivo científico de primera magnitud. Las actuaciones futuras deberán estar centradas en dos aspectos fundamentales:

Por un lado, es preciso un detallado análisis de los meteoritos marcianos, buscando pruebas de la existencia de pared celular en las posibles estructuras fosilizadas, evidencias de reproducción (estructuras que indiquen bacterias dividiéndose), de crecimiento (varias estructuras de distintos tamaños) o de formación de colonias.

Por otro lado, si fragmentos rocosos de pequeño volumen contienen numerosos restos presumiblemente bacterianos, tales bacterias debieron habitar alguna vez conspicuamente los sedimentos de los mares y lagos marcianos. Parece claro que debió de ser así: en la Tierra, donde la vida se extiende como una unidad por toda la superficie y hasta a varios kilómetros en el subsuelo, las nanobacterias alcanzan densidades del rango de billones de individuos por milímetro cúbico. Las futuras misiones a Marte deberán dirigirse hacia las antiguas cuencas sedimentarias, donde se puede presumir una mayor abundancia de restos fósiles de la primitiva biosfera del planeta. E incluso si realmente el agua líquida fluye aún a través de poros y grietas de rocas bajo la superficie, quizá haya servido como refugio para biotas que se fueran adaptando a las condiciones ambientales marcianas, y tal vez los herederos de las estructuras de ALH84001 sigan medrando de algún modo.

Si como resultado de esta investigación se determina sin ningún género de dudas la existencia de organismos unicelulares en Marte hace 4.000 m.a., se trataría de la vida más antigua jamás datada. Y, por su similitud con la terrestre, se abriría un interesante debate sobre la identidad de los mecanismos bioquímicos y fisiológicos, y sobre las respuestas morfológicas, adaptativas y de selección de hábitat de los seres vivos, sea cual fuere su lugar de origen y evolución.

 
Sobre el Autor
Alberto González Fairén desarrolla su labor investigadora en el Centro de Biología Molecular, CSIC-Universidad Autónoma de Madrid y en el Grupo de Ciencias Planetarias de la Universidad Complutense de Madrid, España.
Se dedica fundamentalmente a realizar estudios de extremofilia y geoquímica del Arcaico y el Noeico.
 
Cuadro 1
La navegación magnética en bacterias

(D. Bazylinski)Algunos organismos acuáticos son magnetotácticos, esto es, tienden a nadar guiándose por las líneas del campo magnético terrestre. Esta respuesta no es exclusiva de las bacterias, si bien es en ellas donde ha sido mejor y más ampliamente estudiada.

Las bacterias magnetotácticas tienen la capacidad de sintetizar pequeños cristales de magnetita (Fe3O4) y/o greigita (Fe3S4); lo consiguen a partir del hierro que obtienen sin dificultad a concentraciones de 1 mg/l, aproximadamente, en los ambientes naturales donde habitan. Después transportan los cristales en su interior, recubiertos de una fina membrana, que debe servir para mantener a cada partícula en una posición fija dentro de la estructura celular. Se constituyen de este modo los magnetosomas, unidos entre sí por material orgánico estable y dispuestos en cadenas paralelas al eje mayor de la célula. Todo el proceso está sujeto a un estricto control genético de composición, tamaño, morfología y orientación cristalográfica.

La magnetita es un óxido de hierro con propiedades magnéticas, con lo que la cadena de magnetosomas constituye una brújula biomagnética de suficiente potencia como para orientar a la bacteria, de un modo eficaz, en la dirección de las líneas de fuerza del campo geomagnético terrestre. Este apunta hacia el norte y hacia abajo en el hemisferio septentrional, y al norte y hacia arriba en el meridional. Así, las bacterias del hemisferio septentrional nadan buscando el norte (hacia abajo), y las del meridional buscan el sur (también nadan hacia abajo). En base a ello, se ha propuesto que la magnetotaxia bacteriana es un mecanismo para migrar hacia el fondo de las masas de agua y permanecer en los sedimentos: la bacteria se deja arrastrar, en su movimiento de natación, por el efecto que ejerce sobre su brújula biomagnética el campo magnético terrestre. Y como todas son anaerobias o microaerófilas, esta tendencia a migrar al fondo, a los lugares con menor concentración de oxígeno, constituye una ventaja evolutiva: sirve para encontrar la situación óptima, en un gradiente vertical de concentración de O2, en la zona de transición oxigénica/anoxigénica de las interfases agua-sedimento de los sustratos cenagosos y de los sedimentos en los que habitan.
 
Cuadro 2
Las magnetitas de ALH84001

(Thomas-Keprta, et al.)Aparecen seis características fundamentales de los cristales de magnetita producidos por las bacterias magnetotácticas terrestres, sólo explicables bajo un origen biológico, y que son compartidas por un 25% de los cristales del meteorito (Thomas-Keprta, et al., 2000 y 2001):

- Los cristales son de tamaño similar, unos 40 nm. en su eje más largo. Presentan la misma relación longitud/anchura en todos los casos, debido a que crecen en el interior de una vesícula que funciona como catalizador.

- La morfología de los cristales es única: se trata de hexaoctaedros truncados, poliedros con 8 caras octaédricas, 6 hexagonales y 6 cúbicas. De las 8 octaédricas, las dos perpendiculares al eje de elongación del cristal son equivalentes entre sí, y distintas a las otras 6, también equivalentes entre sí. No se conoce ningún mecanismo inorgánico de formación de hexaoctaedros con tales características.

- La pureza química de los cristales es muy elevada: sólo tienen Fe y O a niveles detectables (>150 ppm.). En la Tierra, las bacterias adquieren el hierro a través de un sideroporo, y el transporte depende del contenido interno; si se cultivan en un medio con Cu, Co, Zn, Mo, Ni, Mg, Al ó Mn, estos elementos no aparecen en los cristales, si bien constituyen las impurezas más comunes en la magnetita inorgánica.

- La perfección cristalográfica que presentan tiene como objeto no perder propiedades ferromagnéticas, optimizando el momento magnético neto del cristal de magnetita. En las bacterias terrestres, la habilidad para construir cristales perfectos parece un producto de la selección natural.

- La elongación es siempre en una dirección determinada, a lo largo del eje mayor del cristal, lo que incrementa su estabilidad magnética.

- Los cristales se encuentran ordenados en cadenas. Así, el momento magnético dipolar es máximo, ya que el momento magnético total de la célula es la suma de los momentos dipolares de cada cristal.

(AMES)Además, el análisis con microscopía electrónica de transmisión (Friedmann, et al., 2001) ha revelado otras 5 características comunes de las cadenas de magnetitas de ALH84001 y las de ciertas bacterias terrestres:

- Los cristales están orientados en el eje mayor de la cadena, siguiendo la dirección de éste, cuando la disposición más favorable desde un punto de vista energético sería que se encontraran adosados lateralmente, con el eje mayor perpendicular a la cadena.

- Aparecen espacios entre los cristales, lo que en las bacterias terrestres exige un control genético: en las cadenas no biológicas, formadas en un campo magnético fuerte, nunca existen espacios.

- Entre los cristales se sitúa un material orgánico plástico, lo que otorga estabilidad y flexibilidad a las cadenas.

- Los cristales están rodeados de membranas, que regulan el crecimiento y la disposición de la cadena. En los restos encontrados en ALH84001, aparece un halo alrededor de los cristales, que pudiera ser el resto de una estructura membranosa.

- La configuración en cadenas no es la más estable energéticamente: la energía total del sistema se reduciría sustancialmente si las partículas colapsaran en un agregado no lineal.

Todas estas evidencias sugieren el origen biológico de las estructuras magnéticas del meteorito, ya que su objetivo es maximizar el momento magnético dipolar de cada cristal de magnetita y el de la cadena completa, por procedimientos que no aparecen en la síntesis abiótica de magnetitas y que precisan, por tanto, un control genético: no existe proceso inorgánico alguno capaz de rendir estructuras similares.
 
(*) Alberto González Fairén (2001): ALH84001: Historia de un descubrimiento.
Tribuna de Astronomía y Universo, 29, 32-38.
Madrid, España, 01 de Setiembre de 2003.
 
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