Entornos ácidos en el Sistema Solar
interior
Alberto González Fairén |
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La idea de que los
entornos químicos dominantes en los planetas terrestres
del Sistema Solar han sido moderada a extremadamente ácidos,
comienza a abrirse paso. Recientemente se ha demostrado
que los océanos primitivos de la Tierra también
eran ácidos. El descubrimiento de arcillas en los
terrenos más antiguos de Marte, sin embargo, plantea
nuevos interrogantes. |
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urante
la primera mitad del eón Proterozoico, entre 2.500 y 1.600
millones de años antes del presente, los océanos de
la Tierra eran muy pobres en oxígeno, y su pH era considerablemente
inferior al actual (cerca de 8), debido probablemente a las elevadas
concentraciones de hierro y azufre que contenían en disolución.
La evidencia ha llegado en forma de pigmentos fotosintéticos
fosilizados descubiertos al norte de Australia, que demuestran la
existencia de bacterias fotosintéticas en los océanos
de hace más de 1.600 millones de años (Figura 1). Estas
bacterias, conocidas como bacterias púrpura y verdes del azufre
por el color de sus pigmentos, eran de un tipo especial que aún
hoy existe y que precisa para vivir la posibilidad de acceso simultáneo
a la luz solar y al sulfito. En los mismos sedimentos, los fósiles
de algas y cianobacterias son muy escasos, sugiriendo que los entornos
ácidos y anóxicos impedían el completo desarrollo
de la vida moderna (plantas y animales, fundamentalmente). El sulfito
podría ser suministrado por otros grupos bacterianos capaces
de reducir el sulfato que llegaría a los océanos por
la erosión de las rocas. Los biomarcadores, descubiertos por
un grupo de investigadores del Instituto de Tecnología de Massachussets
y de la Universidad de Harvard dirigido por Jochen Brocks, que publicó
sus resultados en octubre de 2005, han servido para confirmar que
los océanos de la Tierra primitiva eran notablemente más
ácidos que los actuales.
También en la moderna Tierra existen algunos entornos caracterizados
por acidez extrema, cuyo análisis está ofreciendo pistas
importantes para la comprensión de los entornos ácidos
del Sistema Solar. Entre ellos, cabe destacar el río Tinto,
en Huelva, cuyo pH es el resultado de un complejo proceso de interacción
entre las comunidades bacterianas que lo habitan y el sustrato. Es
decir, que es la vida la que ha modelado y transformado su medio para
adecuarlo a sus necesidades, en lugar de adaptarse a él como
sucede en otros ecosistemas ácidos. Además, el grado
de biodiversidad del Tinto no ha sido descrito en ningún otro
hábitat de condiciones similares. En esta continua adecuación
del medio circundante, las comunidades bacterianas han promovido la
precipitación del hierro, mezclado con azufre y otros metales.
El proceso es llevado a cabo por procariotas que obtienen su energía
a expensas de los minerales que afloran de la franja pirítica
de Huelva, una de las mayores provincias férricas del mundo.
Por tanto, las condiciones de extrema acidez y de elevadas concentraciones
de ión férrico y sulfato son debidas a la actividad
quimiolitotrófica de los microorganismos que habitan las aguas
del río y que son capaces de oxidar los sulfuros metálicos,
en alta concentración en la zona de afloramiento del Tinto.
Y su actividad es tan importante que ni siquiera el aporte acuoso
de los diversos afluentes del río, los distintos regímenes
de lluvias a lo largo de años sucesivos o la neutralización
debida al CO2 disuelto en el agua, son capaces de variar el pH, el
potencial redox o las concentraciones de ión férrico
y sulfatos del Tinto, que se mantienen constantes a lo largo de todo
su extenso cauce.
Pero los entornos ácidos no sólo han caracterizado la
Tierra a lo largo de su historia. El mismo fenómeno ha dominado
la evolución ambiental de Venus y Marte. En Venus, las nubes
bajas de la atmósfera están formadas básicamente
por gotas de ácido sulfúrico con un contenido en agua
de varios cientos de partes por millón, el pH es prácticamente
0, la presión es del orden de 1 atmósfera y la temperatura
oscila entre 25 y 75ºC. Son entornos estables y continuos, de
estructura semilíquida, que alternan periodos de luz y oscuridad
con una frecuencia de 4-6 días terrestres. Si se recuerda que
las pruebas de laboratorio han verificado que ciertos tipos bacterianos
terrestres son capaces de crecer y dividirse en aerosoles, y que otros
medran a pH cercano a 0, la adaptación de las formas vivas
a un ambiente tan exótico para nosotros como el de las hiperácidas
nubes de Venus parece posible. Además, aparte de los componentes
básicos de la atmósfera de Venus (CO2 y N2), hay trazas
de otros gases; entre ellos, se cuentan especies moleculares altamente
oxigenadas como el O2 y el SO2, junto con otras reducidas como el
H2S o el H2. La convivencia de tales moléculas indica que la
atmósfera está en desequilibrio químico, por
lo que debe de existir un mecanismo de reposición constante
para estos gases. Tal desequilibrio químico permitiría
la activación de reacciones de oxidación-reducción
cuya energía derivada podría ser empleada por seres
vivos.
Y también Marte ha tenido una evolución geológica
caracterizada por la acidez de sus entornos acuosos. El robot de la
NASA Mars Exploration Rover Opportunity ha confirmado que la
zona donde aterrizó en enero de 2004, la llanura denominada
Meridiani, es el lecho fosilizado de la playa de un antiguo océano
que posiblemente se extendía sobre la totalidad de las vastas
planicies septentrionales de Marte. Sulfatos de hierro y magnesio
aparecen conspicuamente formando parte del terreno, así como
cloro y bromuro. También se ha confirmado la presencia de jarosita,
mineral compuesto principalmente por sulfatos de hierro hidratados
y que es abundante en las zonas ricas en agua. Es muy importante señalar
que, para que las jarositas se formen, el pH del agua no debe ser
superior a 3. De hecho, en la cabecera del río Tinto, las jarositas
son abundantes, y allí el pH puede ser inferior a 1. Por lo
tanto, su presencia en Meridiani confirma definitivamente que el agua
en la que precipitó la jarosita era muy ácida. El problema
es determinar en qué momento se formó la jarosita, para
saber cuándo hubo agua líquida en Marte.
La jarosita es un mineral extremadamente delicado, que una vez precipitado
permanece estable únicamente en condiciones de aridez extrema,
y evoluciona a hematites en presencia de pequeñas cantidades
adicionales de agua líquida; por tanto, es incapaz de resistir
las variaciones de temperatura y humedad que tienen lugar sobre la
superficie marciana, o de permanecer inalterada frente a las tormentas
de viento de escala planetaria que se suceden en Marte. En conclusión,
es muy posible que los afloramientos de jarosita se formaran en pequeños
lagos poco profundos de aguas hiperácidas en épocas
recientes de la historia marciana. Además, los últimos
resultados del espectrómetro de infrarrojos de la sonda Mars
Express, publicados el pasado mes de diciembre por el equipo de
François Poulet, han revelado la existencia de afloramientos
de arcillas (filosilicatos) en algunos de los terrenos más
antiguos de Marte (Figura 2). Las arcillas se forman al entrar en
contacto las rocas ígneas con masas de agua, generalmente a
elevada temperatura y alcalinas, y no suelen formarse con agua ácida.
Por lo tanto, el descubrimiento parece indicar que los océanos
más antiguos de Marte tuvieron un pH similar a los de la Tierra
moderna, y que después evolucionaron a una mayor acidez, posiblemente
como consecuencia de la disminución de la cantidad de agua
y el consiguiente aumento de la concentración iónica.
Es decir, que la hidrosfera marciana habría evolucionado químicamente
de forma totalmente opuesta a la terrestre.
Estos resultados permiten especular con la posibilidad de que alguna
forma de vida evolucionara en el húmedo pasado de Marte de
modo análogo a la Tierra, ya que la selección iónica
y la catálisis de moléculas orgánicas complejas
sobre la superficie de las arcillas podrían estar asociadas
a las primeras etapas del origen de la vida. Incluso hoy podrían
sobrevivir ecosistemas acidófilos en el subsuelo, o temporalmente
en pequeños lagos de bajo pH sobre la superficie, derivados
de la primigenia biosfera por adaptación a un entorno progresivamente
más ácido.
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| Madrid, España, 01 de Junio de 2006. |
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