Europa, una década después
de la Galileo Jesús
Salvador Giner |
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De entre los mundos del Sistema Solar
externo, Europa, la luna de Júpiter, es uno de los
más sobresalientes. Destaca por muchos motivos, y
si hubiera que destacar uno sería lógico hablar
de sus excelentes condiciones para la existencia vida, al
menos en comparación con los demás cuerpos
conocidos. Sin embargo, también merece consideración
por sus características geológicas, algunas
de las cuales vamos a tratar aquí. La singularidad
de Europa se manifiesta en su superficie a la mayor escala
posible; miremos adonde miremos, nuestros ojos siempre encontrarán
algún rasgo espectacular, asombroso
o enigmático. |
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escubierta
en 1610 por Galileo Galilei (1572-1642) según los anales históricos
de la Astronomía, aunque posiblemente avistada ya unos meses
antes por el observador Simon Marius (1570-1630), Europa orbita al
planeta Júpiter desde una distancia al Sol de casi 800 millones
de kilómetros, en poco más de tres días y medio
y con una baja excentricidad e inclinación orbitales. Le separan
del planeta 670 000 kilómetros; su densidad es bastante alta,
lo cual nos indica que Europa no es satélite de hielo convencional,
sino que en su interior también abundan las rocas y posiblemente
un núcleo metálico.
Aunque Júpiter tiene numerosas lunas, cuatro de ellas son consideradas
como las principales: Ío, Europa, Ganímedes y Calixto.
A estas lunas se las denomina "satélites Galileanos".
De las cuatro, Europa es la más pequeña y la segunda
más cercana al gigante Júpiter. Con un radio de 1565
km, es ligeramente más pequeña que la luna de la Tierra.
Pero, se espera que objetos de este tamaño pierdan su calor
interno en un periodo de tiempo relativamente breve. Por ejemplo,
casi toda la actividad volcánica de la Luna cesó aproximadamente
3000 millones de años atrás, y los últimos eventos
de este tipo sobre la misma tuvieron lugar unos 1000 millones de años
atrás. En vista de esto, se podría especular que Europa
es un cuerpo muerto, geológicamente hablando...
Sin embargo, resulta que existe una fuente de energía que mantiene
a Europa geológicamente activa hasta el día de hoy.
Tres de las lunas de Júpiter, Ío, Europa y Ganímedes
orbitan en una condición conocida como de "resonancia":
cada vez que Ío realiza dos órbitas alrededor de Júpiter,
Europa completa una órbita. De igual manera, cada vez que Europa
realiza dos órbitas alrededor de Júpiter, Ganímedes
completa una órbita. La gravedad de cada luna actúa
ligeramente sobre las restantes, y debido a la resonancia o sincronismo
orbital, este tirón gravitatorio siempre actúa con más
intensidad en el mismo sector de la órbita de cada luna. Como
consecuencia de esto, Ío y Europa tienen órbitas ligeramente
elípticas.
Si estas órbitas fueran perfectamente circulares, cada luna
sentiría en cualquier parte de su órbita, el mismo tirón
gravitatorio debido a Júpiter. Sin embargo, y debido a que
las trayectorias orbitales no son completamente circulares, la fuerza
gravitacional no es la misma en cualquier punto de la órbita.
Esto hace que tanto Ío como Europa en sus periplos alrededor
de Júpiter se deformen ligeramente por las mareas. Esta perpetua
deformación proporciona un mecanismo eficiente de generación
de energía: las rocas y trozos de hielo friccionan entre sí,
produciendo calor. Este calor es muy importante para el entendimiento
de la historia geológica de estos objetos.
En Ío, por ejemplo, este calentamiento genera una actividad
volcánica mucho más intensa y activa que en nuestro
planeta. En Europa, este calentamiento por mareas puede haber calentado
lo suficiente su interior como para derretir el hielo y producir un
océano subterráneo. La Tierra y la Luna igualmente experimentan
este tipo de deformación por mareas, pero el calor generado
en ambos cuerpos no es significante.
Más allá de las observaciones llevadas a cabo con telescopios
terrestres, en los que Europa nunca dejaba de ser un disco luminoso
cercano a Júpiter (aunque hubo quien vio detalles superficiales,
no fueron corroborados posteriormente), las naves Voyager tuvieron
el privilegio, como en otras ocasiones, de ser las sondas que abrieron
el espectacular panorama espacial que Europa representa para los ansiosos
ojos de los astrónomos y planetólogos.
Las sondas Voyager, y básicamente la Voyager 2 que pasó
muy cerca, han aportado muchas fotografías y datos interesantes
sobre esta luminosa y lisa luna (figura 1). Los espectros de Europa
sugerían una superficie compuesta casi toda ella por hielo
de agua, en una proporción de más del 90%. De hecho,
su albedo es de 0,64, correspondiente a un cuerpo de gran capacidad
reflectante, algo que se ajusta perfectamente a la cubierta casi total
de hielo en Europa. No obstante, esta luna tiene una fisonomía
superficial extraordinaria: apenas tiene cráteres de impacto,
y en cambio está tapizada con su sinfín de extrañas
y casi fantasmales estrías oscuras muy largas que destacan
nítidamente entre el blanco y el amarillo del hielo.
El primero de estos dos detalles es muy importante, pero de él
hablaremos más adelante. Centrémonos ahora en las estrías
oscuras: ¿qué son y a qué se deben?. Se asemejan
mucho a los canales que el italiano Giovanni Schiaparelli creyó
ver en Marte a finales del siglo XIX, pero la diferencia estriba en
que los de Europa son reales. Son muy variables en cuanto a longitud
y anchura, llegando a alcanzar en ocasiones 70 kilómetros de
ancho y casi 3000 de largo. Sin embargo, no debemos interpretarlas
como cañones o valles profundos sobre el hielo; en realidad,
los relieves más altos apenas tienen unos cientos de metros
sobre el nivel cero de Europa. Esto se sabe porque, por ejemplo, en
la Luna las grandes cadenas montañosas arrojan sombras muy
pronunciadas, incluso las elevaciones más insignificantes.
En Europa, por el contrario, prácticamente no se observan sombras,
ni siquiera cuando la luz da muy tangencialmente. |
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Se piensa que estas estrías -como otras características-
son el resultado de las fracturas producidas en la superficie helada
y el posterior surgimiento de material "sucio" desde el
interior del planeta. Los científicos creen que las fuerzas
de marea son las responsables de estos procesos, al calentar y deformar
en forma global a este cuerpo.
Por supuesto, cabía esperar que unas formaciones tan espectaculares
y rectilíneas (figuras 2 y 3) pronto fueran interpretadas como
"artificiales". Algunos sugerían que eran como carreteras
o grandes vías de transporte de una civilización extraterrestre
inteligente. Quizá si hubieran echado un vistazo a las imágenes
en alta resolución que la sonda Galileo obtuvo de Europa a
partir de 1996 no hubiesen creído en tal posibilidad, puesto
que las vías se superponen unas a otras constantemente y al
final la impresión general de una zona cualquiera de Europa
es de caos total; estrías anchas que desaparecen de repente,
multitud de otras más pequeñas que pasan sobre las de
mayor tamaño y longitud, estrías serpenteantes muy poco
prácticas, etc. En definitiva, y aunque no sea necesario dar
más importancia a estos detalles, la verdad es que si en Europa
vivió una civilización inteligente, no fueron muy doctos
en asuntos de ingeniería. |
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También es posible observar en la superficie
de esta luna cantidad de estructuras lineales sobreelevadas o "cordilleras":
las más jóvenes tienen
habitualmente fracturas centrales, protuberancias alineadas y manchas
oscuras de formas irregulares.
Estas y otras características podrían indicar la existencia
de criovulcanismo o procesos relacionados con la erupción de
hielo y gases. Algunas de las cordilleras podrían haber sido
formadas por la tensión en la helada corteza: a medida que
dos placas se separan, material más caliente, procedente del
interior, podría emerger y congelarse formando una cordillera.
Otras podrían haberse formado por compresión: a medida
que dos placas se empujan mutuamente, el material donde se produce
el contacto podría deformarse para dar lugar a la cordillera. |
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