Interior |
Descendemos ahora desde la superficie de Europa hasta
sus capas inferiores para intentar inferir qué se esconde allí,
más allá de la espesa corteza de hielo del satélite.
Dado que no hay manera (al menos no la hay en la actualidad) de penetrar
en la costra de hielo y conocer su interior los científicos
se han servido de datos procedentes del estudio del campo magnético
y gravitacional del satélite. Decíamos al principio
del artículo que Europa tenía una densidad bastante
elevada, mucho más de lo esperado en el caso de tratarse de
una luna formada solamente con hielo; 3,04 gramos por centímetro
cúbico (en el caso de la Tierra es de 5,5 gramos por centímetro
cúbico). De modo que la única explicación es
que, a mayores profundidades, Europa posee cierta cantidad de rocas
que aumentan la densidad global. Ahora bien, este material estará
posiblemente diferenciado en un núcleo rico en metales, de
quizá 700 kilómetros de espesor, y un manto rico en
rocas junto con hielo de agua en pequeñas cantidades.
Los datos derivados de observaciones gravimétricas no terminan
de aclarar la naturaleza de la capa inmediatamente inferior a la superficie
de Europa; podría tratarse de una capa de hielo enteramente
sólida o quizá un océano sub-superficial con
agua líquida. No obstante, el análisis del campo magnético
joviano sugiere esta segunda posibilidad, ya que las sales disueltas
del océano de Europa son buenas conductoras eléctricas
y pueden modificar el campo magnético de Júpiter en
las cercanías de la luna. Este fenómeno ha sido detectado
por los instrumentos de la sonda Galileo y es una de los indicios
más fuertes a favor de un océano líquido global
bajo la superficie de Europa.
Estos mismos datos procedentes del estudio del campo magnético
presuponen que el océano de Europa está situado a una
profundidad no menor de 10 kilómetros. Los argumentos geológicos
que se derivan del análisis de las fotografías de alta
resolución dan por hecho que existe un espeso manto de agua
a cierta profundidad, pero no nos sacan de dudas acerca de la capa
de hielo sólido que tiene encima. Hay dos propuestas a este
respecto: una de ellas sugiere que la capa de hielo superficial es
muy estrecha, de un espesor de solamente uno o dos kilómetros,
de manera que frecuentemente el océano encuentra fisuras por
la costra de hielo y escapa a la superficie, donde forma las estrías,
crestas y cordilleras que hemos visto anteriormente. La otra, por
el contrario, aboga por una muy ancha capa de hielo, de unos 20 kilómetros
de espesor, de forma que el océano queda muy por debajo de
la superficie y no tiene acceso a ella de ninguna manera. Hasta el
momento, hay indicios a favor de una u otra postura.
Hay quien sugiere que la presencia de grandes cráteres en la
superficie es una evidencia de que la corteza es relativamente espesa;
de lo contrario al formarse los cráteres hubieran excavado
la corteza en su totalidad y el material del océano hubiera
subido rápidamente a la superficie, congelándose de
inmediato. Aunque esto es de sentido común, varios ejemplos
de cráteres (figura 6) parecen indicar que, en efecto, material
procedente de las profundidades ha brotado hasta la superficie. Desde
un punto de vista general, quizá la mejor alternativa sea la
que nos ofrece un punto de vista intermedio: tal vez la corteza de
hielo de Europa es bastante espesa en muchos lugares, y sólo
en algunos de ellos lo suficientemente delgada para que llegue hasta
la superficie el material del océano y forme las estructuras
que hemos visto. O, posiblemente, sea al revés y lo inusual
sean las regiones con una espesa corteza de hielo. Sea como fuere,
la cuestión del océano en Europa ha dejado de ser una
controversia para convertirse en una realidad aceptada por muchos;
no tenemos evidencias directas de su existencia, pero los indicios
son tantos y las pruebas superficiales tan numerosas y claras que
resulta muy difícil negar la posibilidad de que Europa sea
el primer mundo del Sistema Solar con un océano de agua líquida
bajo su costra helada de kilómetros y kilómetros de
ancho. Para una evidencia absolutamente irrefutable deberemos esperar
a la puesta en marcha de alguna sonda destinada en exclusiva a perforar
la costra de hielo y alcanzar el citado océano. Sin embargo,
una propuesta más económica sería el envío
de una sonda equipada con sofisticados instrumentos, entre ellos un
sistema de radar capaz de penetrar varios kilómetros la superficie,
tal cual lo hace en Marte la exitosa sonda europea Mars Express. |
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Atmósfera
y vida |
El 23 de febrero de 1995, hace justamente una década,
se anunció el descubrimiento de una tenue atmósfera
de oxígeno en Europa, gracias a observaciones realizadas con
el Telescopio Espacial Hubble (HST). Sólo Marte y Venus poseen
una atmósfera de oxígeno molecular, además de
la Tierra, obviamente. Respecto a las otras lunas del Sistema Solar,
únicamente tres poseen atmósfera: Ío, en Júpiter,
de dióxido de azufre; Titán, en Saturno, de nitrógeno
y metano, y por último Tritón, en Neptuno, con la misma
composición. Esta atmósfera de Europa, sin embargo,
es extraordinariamente tenue; equivale a una cien mil millonésima
parte de la presión atmosférica terrestre a nivel del
suelo. Su origen no está ligado, como en el caso de nuestro
mundo, a los procesos biológicos (que mantienen en la Tierra
un constante 21% de oxígeno), sino que se debe a fenómenos
de otra índole. Como la superficie de Europa está expuesta
siempre a la luz solar, sufre los impactos directos del polvo y partículas
cargadas que quedan atrapadas en el gigantesco campo magnético
de Júpiter. El hielo de la superficie, lentamente, se sublima
directamente a vapor de agua a consecuencia de estos ligeros impactos.
Después, estas moléculas de gas sufren reacciones químicas
diversas que las transforman en oxígeno e hidrógeno
molecular. El hidrógeno es un gas muy ligero (el más
ligero, de hecho), y escapa al espacio sin ninguna dificultad, pero
el oxígeno es más pesado y se acumula hasta generar
la tenue atmósfera, la cual según los datos podría
extenderse hasta unos 200 kilómetros por encima de la superficie
de Europa.
Con todos estos elementos propios, la pregunta sobre si la vida es
posible en Europa es inevitable. En principio son necesarios tres
ingredientes básicos para la aparición de vida: la presencia
de agua, la de compuestos orgánicos y, finalmente, una fuente
de energía razonablemente importante. En palabras de Donald
Greeley, de la Universidad de Arizona, y miembro del equipo de análisis
de las fotografías de la Galileo, “Europa obviamente
posee una cantidad importante de hielo de agua, y se sabe que los
compuestos orgánicos son comunes en el Sistema Solar. La gran
cuestión ha sido cuánto calor se genera en su interior”.
Imágenes transmitidas por la sonda Galileo insinúan
la existencia de lenguas de material helado sobre la superficie, cuyo
origen seguramente se relaciona con procesos volcánicos. El
hecho de que existan estas estructuras es un indicativo claro de que
existe bajo la superficie el calor necesario para producirlas. “Europa,
por tanto, posee un gran potencial para cumplir los criterios de la
exobiología", concluye Greeley. |
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Si Europa satisface los tres requisitos necesarios
que según nuestros conocimientos son necesarios de cara a la
aparición de organismos, entonces nos encontramos ante un objetivo
de primera línea en la búsqueda de biologías
extraterrestres ya que, de todos los demás cuerpos del Sistema
Solar, sólo ella -y por supuesto la Tierra- permiten la presencia
de agua líquida, tienen abundantes compuestos orgánicos
(Europa podría recibirlos de Ío, su luna hermana cercana,
que expulsa al espacio importantes cantidades de distintos materiales)
y albergan en su interior cierta energía residual, capaz de
acelerar las reacciones químicas que dan lugar a la vida. Otros
mundos como Marte o Titán carecen directamente de algunos de
estos tres requisitos, lo cual reduce nuestras esperanzas de encontrar
allí algo vivo en estos momentos. En Marte la vida tal vez
ya haya muerto, y en Titán quizá aún no haya
aparecido, pero en Europa se dan las circunstancias propicias para
soñar con la posibilidad de que, ahora mismo, algunas formas
biológicas extraterrestres se encuentren en activo. Tan sólo
tenemos que ir a buscarlas...
Que Europa es una luna estimulante y fascinante nadie lo duda; no
hay más que observar las fotografías obtenidas por las
sondas espaciales que la han visitado o reflexionar sobre las condiciones
de ese más que posible océano en su interior. Galileo
Galilei (o, en su defecto, Simon Marius) tuvo el privilegio de descubrir,
posiblemente, el primer mundo de nuestro Sistema Solar en donde los
seres humanos podremos por fin detectar la huella de la vida más
allá de la Tierra. No puedo corroborarlo firmemente ya que
se trata de una simple apreciación personal, pero tengo la
impresión de que bastante antes de que el presente siglo llegue
a la mitad de su recorrido ya sabremos si Europa cobija en su seno
la semilla de lo vivo, para júbilo de los seres humanos que
siguieron la pista de la vida hasta esa remota isla de hielo en medio
de la inmensidad del espacio interplanetario. |
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Jesús
Salvador Giner
www.astrosafor.net
Gandía (Valencia), España, 24 de Setiembre de 2005. |
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