Mercurio y el radar de Arecibo
Jesús
Salvador Giner |
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En Puerto Rico hay un lugar donde
se encuentra, casi oculto por la densa selva tropical, un
radiotelescopio muy especial. Es, hasta hoy, el más
grande del mundo, y ha sido utilizado para importantes misiones
de exploración de los objetos astronómicos.
En una de ellas, hace justo cuarenta años, este radiotelescopio
sirvió para demostrar que Mercurio giraba sobre sí
mismo de manera peculiar, muy distinta a la que los científicos
habían supuesto. |
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orprende
que cuestiones tan básicas como la rotación de un planeta
cercano no hayan podido saberse hasta hace escasas décadas.
Sin embargo, no siempre es fácil determinar algunas características
de los cuerpos celestes que estudiamos, por muy cercanos o grandes
que éstos sean. A veces hay impedimentos ópticos, por
ejemplo cuando la superficie de un planeta está oculta por
una espesa atmósfera (como el caso de Venus, o de la luna Titán).
En otras la dificultad estriba en el tamaño del cuerpo, en
su albedo (la cantidad de luz solar que reflejan) o en aspectos orbitales
o dinámicos.
El caso de Mercurio es casi paradigmático en este sentido;
aunque se encuentre muy cerca del Sol, es un planeta muy pequeño
(el más pequeño, de hecho, si eliminamos de la lista
a Plutón), de modo que su luminosidad será en general
baja. Además, debido precisamente a su proximidad al Sol, la
poderosa luz de la estrella dificulta su observación, ya que
casi nunca se aleja demasiado de ella y, por tanto, hay poco tiempo
para estudiarlo (sólo en momentos anteriores a la salida y
posteriores al ocaso del Sol). Todo ello hace de Mercurio un mundo
realmente difícil de analizar a través de los telescopios,
y prueba de ello ha sido el poco conocimiento que de él ha
conseguido la Humanidad hasta la época de la exploración
espacial.
Muchos astrónomos se dedicaron a observar a Mercurio durante
los años anteriores al lanzamiento de sondas planetarias. Desde
Giovanni Schiaparelli a finales del siglo XIX hasta A. Dolfus a mediados
del pasado siglo, los numerosos dibujos realizados mostraban la superficie
de Mercurio de una manera bastante similar a la de Marte (figura 1).
Canales, largos trazos oscuros que semejaban fallas gigantescas, estructuras
rectilíneas, zonas más claras, grandes llanuras, cambiantes
manchas de albedo, etc. No parecía que Mercurio fuese precisamente
un planeta aburrido; tenía mucho que ofrecer, por lo visto. |
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Un hecho importante (trascendental, más bien)
que resultó de estas observaciones, las cuales, por otra parte,
se realizaban justo en el límite de lo observable y en condiciones
no precisamente idóneas por los motivos que hemos comentado,
fue la constatación de que Mercurio giraba alrededor del Sol
en el mismo tiempo que giraba sobre sí mismo, es decir, unos
88 días.
Desde hacía algún tiempo, los astrónomos del
siglo XIX venían sospechando que, tal vez, Mercurio mostraba
siempre su misma cara al Sol, al igual que ciertos satélites
con respecto a sus planetas (por ejemplo, el caso obvio de nuestra
Luna). Ello es debido a los efectos de marea que un cuerpo pequeño
sufre cuando está próximo a uno de mayor masa. Si algo
así sucedía con el sistema Tierra-Luna, que pese a su
corta distancia eran mundos relativamente pequeños y, por tanto,
con fuerzas de marea bastante débiles, era lógico suponer
que Mercurio, con una estrella más de 300.000 veces más
masiva que la Tierra a sólo 40 millones de kilómetros
de distancia, soportaría mareas muy considerables. Se creyó,
pues, que Mercurio había sincronizado su rotación con
el periodo orbital, y se esperó pacientemente hasta que fuera
posible obtener pruebas astronómicas de ello.
Obviamente, la sincronización de Mercurio exigía unas
condiciones superficiales dramáticas; si el planeta siempre
mostraba la misma faz al Sol, ello implicaba que el otro hemisferio
estaría también siempre en tinieblas perpetuas, excepto
pequeñas zonas que conseguirían recibir algo de luz
durante un instante, por causa de la excentricidad de la órbita
del planeta. Así, Mercurio debería tener un hemisferio
achicharrante, con temperaturas altísimas, de varios centenares
de grados, y otro gélido, mucho más frío que
cualquier lugar de la Tierra.
Los trabajos y observaciones de Schiaparelli a fines del siglo XIX,
que eran de gran calidad, proporcionaron la primera 'evidencia' de
que, en efecto, Mercurio presentaba la misma cara al Sol. Si bien
es cierto que los dibujos de Schiaparelli eran muy similares a otros
realizados por observadores de prestigio, hoy resultaría inaceptable
afirmar con rotundidad el periodo de rotación de un cuerpo
planetario en base únicamente a unos cuantos esbozos dispersos.
Sin embargo, gracias a los trabajos pioneros de Schiaparelli y de
los demás astrónomos, y a la más que curiosa
coincidencia de sus observaciones, durante los primeros años
del siglo XX era comúnmente aceptada la idea de la sincronización
total de Mercurio; el planeta, sin género de dudas, debía
mostrar siempre el mismo rostro a la estrella del Sistema Solar.
También fue curiosa la manera en la que otros astrónomos
posteriores confirmaron las observaciones originales con un cierto
toque de autosugestión; parece ser que no se limitaron a aceptar
la idea de la sincronización de Mercurio, sino que aseveraron
con detallados cálculos que dicha sincronización debería
tener un error mínimo, casi inexistente, tal era la perfección
con que rotación y translación se habían armonizado
con el tiempo. Asimismo hubo observaciones que multiplicaban los rasgos
observados en la superficie de Mercurio, casi de igual manera con
que P. Lowell exageró y colmó los planisferios de Marte
de ilusorios canales de drenaje.
Como explicaremos más adelante, los cálculos que se
efectuaron en su día y que sugerían una sincronización
perfecta eran esencialmente correctos, pero no tuvieron en cuenta
varios factores que con el tiempo se descubrieron. Sin embargo, antes
de las misiones de exploración planetaria y, en concreto, antes
de que la sonda norteamericana Mariner 10 alcanzara a Mercurio en
1974 y nos revelara los verdaderos detalles orbitales de Mercurio,
ya se había podido determinar con seguridad cuál era
el periodo de rotación del planeta. Pero para ello no fue necesario
enviar ningún ingenio hasta el planeta. De hecho, sólo
hizo falta un radiotelescopio y un poco de pericia...
La radioastronomía se encarga del estudio del Universo empleando
para ello las radioondas, es decir, radiación electromagnética
de longitudes de onda largas, a partir del extremo infrarrojo, básicamente.
Su ámbito de aplicación es muy amplio, pero abarca sobretodo
la investigación de nubes de hidrógeno neutro y fenómenos
como los púlsares y los cuásares y la observación
de remanentes de supernovas.
No obstante, a principios de la década de los 60 del siglo
pasado, se pensó en la posibilidad de utilizar un radiotelescopio
para realizar estudios de "astronomía de radar" en
objetos más cercanos. ¿En qué consiste esta técnica
y qué relación guarda con Mercurio y su periodo de rotación?
La astronomía de radar emplea un radiotelescopio ordinario,
aunque necesariamente potente, como explicaremos más adelante,
provisto de un transmisor igualmente potente. Todo ello puede transformarse
en un radar, como los que hay en las cimas de las montañas
propiedad de los ejércitos, por ejemplo. Mediante este radiotelescopio
rectificado se puede enviar un haz de microondas hasta la superficie
de un cuerpo celeste relativamente cercano; una vez que alcanza la
superficie, el haz rebota y el radar puede captar el eco producido.
La señal producida tendrá un corrimiento Doppler concreto,
que nos indicará la velocidad de rotación de la superficie
del cuerpo. Bien pero, ¿qué es el 'corrimiento Doppler'?
En realidad se habla siempre de "efecto Doppler", y es un
fenómeno que, seguro, todos hemos percibido. Imaginemos el
ejemplo clásico de la ambulancia en movimiento (figura 2).
Al principio, cuando la ambulancia se acerca a nosotros y oímos
su sirena, notamos un sonido agudo. Es decir, nosotros percibimos
un aumento (aparente) de la frecuencia de la onda acústica.
Por el contrario, cuando la ambulancia se aleja de nosotros, percibimos
un sonido más grave. Es decir, para nosotros ahora la frecuencia
de la onda acústica ha disminuido su frecuencia.
Cuando la ambulancia se acerca, las ondas provenientes de la sirena
se comprimen, es decir, el tamaño de las ondas disminuye, lo
cual se traduce en la percepción de una frecuencia mayor. Cuando
la ambulancia se aleja, las ondas se separan en relación con
el observador causando que la frecuencia observada sea menor que la
de la fuente. Por el cambio en la frecuencia de la sirena, se puede
saber si la misma se está alejando o acercando.
Una fuente emisora de ondas sonoras que se aproxima, se acerca al
observador durante el período de la onda. Y, dado que la longitud
de la onda se acorta y la velocidad de propagación de la onda
permanece sin cambios, el sonido se percibe más alto. Por esta
misma razón, la altura de una fuente que se aleja, se reduce.
El fenómeno fue descrito por primera vez por el matemático
y físico austríaco Christian Doppler (1803-1853) y se
lo observa siempre que la fuente de ondas (sonoras, electromagnéticas,
etc.) se mueve con respecto al observador. Resumiendo, es el efecto
producido por una fuente de ondas móvil por el cual hay un
aparente desplazamiento de la frecuencia hacia arriba para los observadores
hacia los cuales se dirige la fuente y un aparente desplazamiento
hacia abajo de la frecuencia para los observadores de los cuales la
fuente se aleja. Es importante notar que el efecto no se debe a un
cambio real de la frecuencia de la fuente. |
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Figura 2: El
efecto Doppler: es el efecto producido por una fuente de
ondas móvil por el cual hay un aparente desplazamiento
de la frecuencia hacia arriba para los observadores hacia
los cuales se dirige la fuente (B) y un aparente desplazamiento
hacia abajo de la frecuencia para los observadores de los
cuales la fuente se aleja (A).
Si llamamos F1 a
la frecuencia de la señal, V a la velocidad
de propagación de la misma, Vs
a la velocidad del emisor de la señal (la ambulancia
en nuestro caso), Vo
a la velocidad del observador y Fo
a la frecuencia medida por el observador, entonces por ejemplo
para el caso de ondas elásticas se puede demostrar
que: |
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En este ejemplo se supone
que la fuente y el observador se mueven a lo largo de la
línea
que los une.
Para el caso de ondas electromagnéticas, el efecto
Doppler debe calcularse necesariamente por medio del principio
de relatividad. De todas formas, se llega a una relación
similar
a la anterior. |
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En Astronomía, el Efecto Doppler fue estudiado
originalmente en la parte visible del espectro electromagnético.
Hoy, el "desplazamiento Doppler", como también se
lo conoce, se estudia en todo el espectro de ondas. Debido a la relación
inversa que existe entre frecuencia y longitud de onda, podemos describir
el desplazamiento Doppler en términos de longitudes de onda.
La radiación se corre hacia el rojo cuando la longitud de onda
aumenta y se corre hacia el azul cuando la longitud de onda disminuye.
Los
astrónomos se basan en el desplazamiento Doppler para calcular
con precisión la velocidad de las estrellas y otros cuerpos
celestes con respecto a la Tierra y para determinar si se acercan
o se alejan. Por ejemplo, las líneas espectrales del gas hidrógeno
en galaxias lejanas es frecuentemente observada con un corrimiento
hacia el rojo considerable. La línea del espectro de emisión,
que normalmente (en la Tierra) se encuentra en una longitud de onda
de 21 centímetros, puede ser observada a 21,1 centímetros.
Este milímetro de corrimiento hacia el rojo indicaría
que el gas se está alejando de la Tierra a 1400 kilómetros
por segundo.
Es más, estudiando el Efecto Doppler, se puede obtener información
acerca de estrellas específicas. Las galaxias son grupos de
estrellas que en general rotan alrededor de su centro de masa. La
radiación electromagnética emitida por cada estrella
de una galaxia distante aparecerá desplazada hacia el rojo
si la estrella al rotar se aleja de la Tierra. En el caso contrario
aparecerá desplazada hacia el azul.
Pero debe tomarse en cuenta lo siguiente: Los desplazamientos de frecuencia
pueden ser el resultado de otros fenómenos, no del movimiento
relativo del observador y la fuente. Otros dos fenómenos pueden
estar involucrados: la existencia de campos gravitacionales muy fuertes
que dan origen al "desplazamiento gravitacional hacia el rojo";
y el llamado "desplazamiento cosmológico hacia el rojo",
debido a la expansión del espacio producto de la Gran Explosión.
Con la astronomía de radar pueden conocerse muchos parámetros
y características de un cuerpo planetario: informaciones valiosas
de su órbita, su periodo de rotación, la composición
y la topografía de su superficie, e incluso datos de su atmósfera.
En el tema que nos interesa el efecto Doppler está relacionado
con la medición de la señal reflejada en la superficie
de un cuerpo planetario. Nuestro interés se centra en conocer
cuál es el periodo de rotación de un planeta, así
que ¿cómo podemos conocerlo a través de esta
técnica de la radarastronomía?
Antes de describirla, es necesario tener en cuenta que enviar un haz
de microondas a un mundo lejano y estudiar su eco no es tarea fácil.
No solamente son necesarios radiotelescopios gigantes, sino que además
es imprescindible que el cuerpo a estudiar esté relativamente
cercano. Esto se debe a que el eco captado es inversamente proporcional
a la cuarta potencia de la distancia; o sea, que a medida que un objeto
se aleja su eco es cada vez más débil de registrar.
Si medimos el eco de un cuerpo a una distancia concreta y el eco de
otro cuerpo situado al doble de distancia la señal captada
de este último será 16 veces menor. Así que esta
técnica tan útil se reduce a mundos y objetos astronómicos
relativamente próximos a la Tierra.
Ahora supongamos que queremos conocer cuál es el periodo de
rotación de un planeta cualquiera, o de una luna que gira en
torno a un planeta, o incluso el de un simple asteroide que pasa cerca
de la Tierra. Para conseguirlo, primero debemos poseer un radiotelescopio
y un transmisor potentes, que sean capaces de emitir una señal
de microondas a una cierta frecuencia. La señal viajará
por el espacio hasta alcanzar la superficie del planeta, luna o asteroide.
Y aquí es donde el efecto Doppler entra en escena: la frecuencia
o longitud de onda de la señal que rebota en la superficie
es distinta de la de la señal original. Es decir, el haz de
microondas ha sufrido una alteración al impactar contra la
superficie del cuerpo, y como éste está en movimiento
(no solamente de translación, sino también de rotación
sobre su propio eje), la señal que volverá hacia la
Tierra tendrá una frecuencia que estará en función
de si el cuerpo se aleja o se acerca de la Tierra. De manera exactamente
igual al ejemplo de la ambulancia, si la superficie que ha recibido
el haz de microondas se mueve en dirección a nuestro mundo,
la frecuencia de la señal reflejada será mayor que la
de la señal original (es decir, las ondas que recibamos en
la Tierra estarán más "amontonadas" que las
que enviamos al cuerpo en cuestión). Si resulta que la superficie
que ha recibido el haz se estaba alejando de la posición de
la Tierra, entonces la señal rebotada tendrá una frecuencia
menor (de modo que las ondas registradas tendrán una mayor
amplitud entre ellas).
Se necesitan mediciones del reflejo del haz de microondas durante
varios meses, ya que en ese tiempo la dirección del cuerpo
en relación con la posición de nuestro planeta habrá
cambiado, y así es posible establecer la dirección en
la que gira alrededor de su eje. Conocido esto y con el registro de
las señales de eco recibidas, puede establecerse el periodo
de rotación de un objeto astronómico cercano, eliminando
previamente los efectos Doppler debidos a los movimientos de la órbita
terrestre. |
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