Los científicos de los primeros años
de la década de los 60 del siglo pasado estaban ansiosos por
poder emplear un radiotelescopio, transformarlo en un potente radar
y estudiar el periodo de rotación de varios planetas que aún
no se conocían con total seguridad. Sin embargo, sólo
con la puesta en marcha de un nuevo y espectacular radiotelescopio
en Puerto Rico, en noviembre de 1963, en medio de una espesa selva
tropical y aprovechando una concavidad natural, los astrónomos
planetarios pudieron empezar a estudiar el Universo cercano escuchando,
en lugar de observando.
El radiotelescopio en cuestión, llamado de Arecibo por la proximidad
del pueblo del mismo nombre, era el mayor del mundo en ese momento
(y sigue siéndolo, cuatro décadas después!) con
un plato de 305 metros de diámetro, y está gestionado
por la Universidad de Cornell, de los Estados Unidos. Su coste en
1963 fue de casi 10 millones de dólares; construirlo hoy sería,
como mínimo, diez veces más caro. Hay 3 torres apoyando
la estructura, de 111 y 81 metros de altura. La cúpula central
que alberga los reflectores gregorianos tiene una altura de 6 pisos.
Es, en definitiva, una instalación científica gigantesca
(figura 3). |
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Apenas un año después de su inauguración,
los astrónomos G. H. Pettengill y R. B. Dyce, de las Universidades
de Cornell y Sydney, respectivamente, utilizaron el radiotelescopio
de Arecibo para medir la rotación del planeta Mercurio, empleando,
como es lógico, las técnicas de radar. Necesitaron un
transmisor con una potencia de salida de casi un millón de
voltios para que sus investigaciones tuvieran éxito, y en dos
intervalos temporales distintos (desde el 6 hasta el 25 de abril y
desde el 2 al 24 de agosto de 1965) enviaron hacia el planeta una
señal de microondas con frecuencia conocida y recibieron su
eco unos minutos después. El resultado que obtuvieron echó
por tierra las observaciones telescópicas desde Schiaparelli,
hacía más de 70 años.
En un artículo publicado en el volumen 206 de Nature,
en ese mismo año de 1965, Pettengill y Dyce describían
los datos que habían obtenido de sus investigaciones por radar.
En otros artículos, aparecidos más tarde en Astronomical
Journal en colaboración con I. Shapiro, del Massachussets
Institute of Technology (EE.UU.), analizaban también los datos
sobre Venus, otro planeta cuyo periodo de rotación no estaba
por entonces demasiado claro.
Los resultados no dejaban lugar a demasiadas dudas; aunque, como lo
propios autores reconocían, el valor de la rotación
de Mercurio no estaba aún lo suficientemente determinado, y
que por tanto era preciso nuevos datos más fiables para corroborar
los suyos, Pettengill y Dyce resumieron toda su revolucionaria investigación
sobre Mercurio en estos términos, en un artículo publicado
en el volumen 72 del Astronomical Journal; "El valor de
59 ± 3 días para el periodo de rotación del eje
de Mercurio, aunque no haya sido determinado con tanta precisión
como el de Venus, es muy consistente con muchos de los datos ópticos
y análisis teóricos". Así pues, Mercurio
no mostraba siempre su misma cara al Sol. Los astrónomos
de hacía sólo medio siglo estaban absolutamente equivocados.
Ello se podía comprobar echando una ojeada a la información
proporcionada por los autores en su artículo (figura 4). Un
periodo de rotación de aproximadamente 59 días encajaba
a perfección en las observaciones mediante radar. Si hubiera
sido de 88 días en lugar de 59, los datos del efecto Doppler
que se analizaron hubieran mostrado una importante desviación,
la cual no fue observada en ningún momento. Así pues,
no sólo los datos obtenidos eran fiables y guardaban una evidente
relación, sino que todas las suposiciones acerca del comportamiento
de las señales reflejadas en la superficie del planeta y la
forma en que estas se registraron indicaban que en ningún caso
se podía hablar de un periodo de rotación de 88 días. |
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Figura 4: los
datos sobre la rotación de Mercurio obtenidos por
el radar de Arecibo y publicados en el artículo original
de Pettengill y Dyce en Astronomical Journal, volumen 72,
página 357. En primer lugar aparece una tabla con
los valores del efecto Doppler medidos, y después
una gráfica donde se muestran los datos reales del
efecto Doppler debido a un periodo de rotación de
59 días. Si el periodo hubiese sido de 88 días,
los datos deberían haber seguido la curva inferior;
como no fue el caso, todo indicaba que el tiempo que tardaba
Mercurio en girar sobre sí mismo era de 58 días.
(Dyce, B. R., Pettengill, G. H., & Shapiro, I. I., Astronomical
Journal, Vol. 72, p. 357 (1967)) |
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Posteriormente a este innovadora técnica y a
los trabajos de Pettengill, Dyce y Shapiro, otros científicos
emplearon el radar, perfeccionándolo para conseguir datos más
fiables aún, y hacia 1971 A. Goldstein precisó el periodo
de rotación de Mercurio en 58,65 días. Con la llegada
al planeta de la sonda Mariner 10, en 1974, el valor se pudo concretar
todavía más, hasta que el científico planetario
Klassen dictaminó que, definitivamente, el planeta giraba una
vez sobre sí mismo en 58,646 días.
Enseguida se observó que había una evidente conexión
entre la rotación de Mercurio y su periodo de translación
alrededor del Sol. Este último era de 88 días y el primero
de 58, lo cual equivalía a dos tercios de aquel: Mercurio rota
sobre sí mismo una vez y media en cada órbita. En otras
palabras, Mercurio efectivamente había conseguido sincronizar
estos dos movimientos orbitales. Después de todo, aquellos
observadores del siglo anterior que sugerían esta posible sincronización
(o resonancia), no estaban equivocados, al menos en parte.
Este hecho es importante en sí mismo, porque implica que mientras
Mercurio da dos vueltas en torno al Sol (o sea, dos años mercuriales),
gira tres veces sobre sí mismo (figura 5). En comparación,
la Tierra gira unas 730 veces sobre su eje en el transcurso de dos
revoluciones alrededor del Sol, lo cual nos revela la extremada lentitud
de la rotación de Mercurio sobre su eje.
Si alguna vez estuviéramos en la superficie del planeta, veríamos
hechos verdaderamente insólitos; aparte de que el cielo, como
en la Luna, es negro oscuro siempre, independientemente de la presencia
o ausencia del Sol, porque Mercurio tiene una atmósfera casi
inexistente, un día en Mercurio, por ejemplo el tiempo entre
dos salidas consecutivas del Sol por el mismo horizonte, duraría
dos años y tres rotaciones completas. Además, los demás
planetas se verían durante toda la noche, y las puestas o salidas
de sol, vistas desde los lugares adecuados, podrían ser surrealistas;
debido a los movimientos de Mercurio y a cuestiones de mecánica
celeste, en este planeta pueden darse hasta dos salidas o puestas
consecutivas. En un momento dado, el Sol oculto ya por el horizonte,
vuelve a elevarse en el cielo hasta que casi todo él es visible
de nuevo para, poco después, descender otra vez y desaparecer
de la vista de un hipotético observador en el planeta. |
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El motivo de estas singulares características
orbitales de Mercurio hay que buscarlo en las mareas que el Sol ocasiona
en el pequeño planeta. Los astrónomos del pasado, que
pensaban en la sincronización perfecta de Mercurio, no tuvieron
en cuenta un hecho trascendental; el planeta no recorre una órbita
perfectamente circular, sino que, como pudo saberse a mediados del
siglo pasado, es fuertemente excéntrica. Ello obliga a que
Mercurio, cuando se halla en el punto de su órbita más
cercano a la estrella (perihelio) sufra un importante "tirón"
gravitatorio por parte del Sol. Este fenómeno, con el tiempo,
ocasionó que Mercurio acelerara su velocidad de rotación,
lo que produjo que el día no estuviese sincronizado con el
año y, con el tiempo (posiblemente estamos hablando de mil
millones de años), ambos entraron en resonancia de la manera
actual. Si la órbita de Mercurio fuera circular, y el planeta
no tuviese una forma ligeramente distinta a la perfectamente esférica,
el planeta en efecto siempre mostraría su misma cara al Sol
y, por tanto, tendría sincronizados a la perfección
periodo de rotación y de translación.
Aunque Schiaparelli y los astrónomos que le sucedieron no tuvieron
demasiada fortuna con Mercurio (la sonda Mariner 10, que ha fotografiado
casi la mitad del planeta, ha revelado que la mayoría de las
características superficiales no concuerdan con lo descrito
por ellos, figura 6), y tal vez se les pueda acusar de cierto convencimiento
de la sincronización de Mercurio, sin datos objetivos que lo
apoyaran, es verdad que pese a sus errores abrieron el camino que
llevaría a sus sucesores, más de medio siglo después,
a conocer cómo rota este pequeño mundo, abrasado por
el poder del Sol desde el inicio del Sistema Solar. Precisamente el
hecho de que ellos no fuesen demasiado objetivos en sus juicios sobre
el planeta ha sido la causa de que lo conozcamos mejor. A veces, por
tanto, el conocimiento humano avanza a palos de ciego. |
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Bibliografía |
Radar determination of the rotations of Venus and
Mercury, Dyce, B. R., Pettengill, G. H., & Shapiro, I. I.,
Astronomical Journal, Volumen 72, 1967. A radar determination
of the rotation of the planet Mercury, Pettengill, G. H y Dyce,
R.B., Nature, Volumen 206, 1965. La rotación de
Mercurio, L. Anselmo, ASTRONOMÍA, sección Sistema
Solar, págs. 217-218, 1992. Diccionario del Cosmos,
J. Gribbin, Crítica, Barcelona, 1996. |
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| Gandía, Valencia, España, 02 de Julio
de 2005. |
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