El corazón de Mercurio
Jesús
Salvador Giner |
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Prosiguiendo nuestro recorrido
por algunas de las más sorprendentes particularidades
de Mercurio, en esta ocasión nos centraremos en conocer
el interior del mundo más cercano al Sol, el corazón
oculto de este mundo caliente y minúsculo. Es, sin
embargo, un interior enigmático, desafiante, que
se rebela ante nuestras teorías acerca de los campos
magnéticos. ¿Cómo es posible?. |
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ara saber
qué hay en el interior de un cuerpo planetario, como el caso
de nuestra Tierra, se recurren a las ondas sísmicas. Las diferentes
velocidades y los cambios en la dirección a la que viajan estas
ondas por debajo de la superficie nos indican algunas importantes
características físicas de la materia que atraviesan.
Así, cuando tiene lugar un terremoto, se generan vibraciones
sísmicas, de las que pueden distinguirse dos tipos principales:
ondas P o primarias, que producen movimientos de compresión
y distensión, y ondas S o secundarias, que a su vez producen
movimientos transversales. Ambos tipos de ondas se reflejan y refractan
de manera distinta en los mismos medios, de suerte que han permitido,
por ejemplo, inferir que ya que las ondas S no se propagan en el núcleo
externo de la Tierra, éste debe mantenerse en estado líquido,
a pesar de las enormes presiones reinantes allá abajo.
Este método, en caso de poder utilizarse a discreción
en los demás mundos del Sistema Solar, sería de una
ayuda inestimable para determinar qué hay bajo las cortezas
sólidas planetarias. Pero desgraciadamente ello no es posible
en la casi totalidad de los casos porque no podemos instalar sismógrafos,
los instrumentos empleados en la Tierra para medir la intensidad de
las ondas sísmicas (y en la Luna también, gracias a
los astronautas del programa Apolo), en cuerpos situados a cientos
o miles de millones de kilómetros, por razones obvias. Quizá
ello sea posible dentro de unas décadas, cuando sea más
factible cubrir fácilmente las distancias interplanetarias,
pero de momento este método no nos sirve y tenemos que buscar
alternativas.
Una de ellas es determinar, por algún procedimiento, la densidad
de un planeta o satélite; a partir de este dato podemos inferir
su interior, al menos a grandes rasgos: si el cuerpo tiene una densidad
muy baja, es porque los materiales que lo forman son ligeros y si
por el contrario es muy alto nos indica que sus materiales son pesados.
En el caso de la Tierra, su densidad es de 5,5 g/cm3, es
decir, 5 veces y media la densidad del agua. Ello nos está
indicando, por supuesto, que en el interior terrestre existen materiales
bastante más densos que el agua. Si la densidad de la Tierra
fuera de
1 g/cm3, significaría que la Tierra tendría
un interior extremadamente liviano, formado por elementos ligeros,
como el hidrógeno y el helio, junto con trazas de otros materiales
más pesados. Pero, ¿cómo se descubre cuál
es la densidad de un planeta?.
Necesitamos para ello dos datos imprescindibles: la masa y el volumen
de dicho planeta. Cuando un planeta tiene un satélite orbitando
a su alrededor el procedimiento de calcular su masa es bastante sencillo;
únicamente se requieren unos pocos datos, como la velocidad
angular del satélite, el radio de su órbita, y la constante
de gravitación universal1. Pero cuando el planeta
no tiene satélites, como es el caso de Mercurio, la cosa es
más complicada. Como carece de lunas sobre las que poder observar
sus características orbitales, los astrónomos se han
visto obligados a emplear un método bastante oscuro, pero realmente
efectivo, para hallar su masa: se trata de analizar cuidadosamente
cualquier perturbación que sufra tanto la órbita de
Mercurio como la de posibles cuerpos que se le acerquen. Obviamente,
si se quiere tener éxito en una empresa semejante son necesarios
muchos años de observaciones muy detalladas realizadas con
instrumentos de precisión y mediante rigurosos cálculos
de mecánica celeste. Tras todo ello, los astrónomos
han podido determinar la masa de Mercurio con una más que razonable
precisión: 3,23x1023 kg.
El volumen, por su parte, se obtiene al aplicar otra fórmula2,
y cuando tenemos ya tanto la masa como el volumen del planeta dividimos
el primero por el segundo dato y conseguimos la densidad del cuerpo.
En el caso de Mercurio, su masa, 3,23x1023 kg, dividida
por su volumen,
60.849.792.819 km3, nos da 5,44. Para los otros planetas,
tenemos densidades muy diversas: Venus 5,25; Tierra 5,52 ; Marte 3,95;
Júpiter 1,33; Saturno 0,69; Urano 1,29 y Neptuno 1,64. Todos
estos datos nos informan acerca del interior de cada uno de los planetas.
Aunque externamente puedan tener aspectos globales generales (por
ejemplo los cuatro planetas rocosos e internos y los cuatro gigantes
gaseosos externos), en su interior difieren sustancialmente unos de
otros. |
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Figura 1: los
ocho planetas del Sistema Solar; Mercurio, Venus, Tierra,
Marte, Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno. La variedad
de sus densidades nos indica la distinta composición
interna. Así es como sabemos, por ejemplo, que Saturno
es menos denso que el agua o que Mercurio, pese a su pequeñez,
es tan denso como la Tierra. Los tamaños no están
a escala. (NASA/JPL) |
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Si nos fijamos en el grupo de los planetas rocosos,
es evidente que Venus y la Tierra guardan cierta semejanza común,
lo que indica un interior de composición seguramente muy similar,
formada por silicatos en sus capas superiores y por materiales más
pesados, como el níquel y el hierro, en las más profundas.
Marte, por su parte, cuya densidad es de sólo 3,95 g/cm3,
nos habla de un interior más liviano, constituido por elementos
más ligeros.
Pero, ¿y Mercurio?. Echando un vistazo a las densidades de
los mundos rocosos y las lunas externas de nuestro entorno planetario,
comprobaremos un hecho curioso: generalmente, un cuerpo pequeño
tiene una densidad reducida, y uno grande una densidad elevada (figura
2). |
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Esto se cumple tanto en Venus, la Tierra y Marte como
en los satélites Ío, Europa y nuestra propia luna: a
medida que las dimensiones de un mundo aumentan, también lo
hace su densidad. Así, Ío y la Luna, similares en tamaño,
tienen densidades parecidas, ambas bastante bajas; en cambio, Marte,
mayor que estos dos satélites, posee una densidad más
grande y, finalmente, la Tierra y Venus, los mayores objetos de la
comparativa, tienen con diferencia la más alta densidad. De
hecho, podemos imaginar trazar una línea que recorra los diferentes
puntos de la gráfica, desde Europa hasta la Tierra, y que comprende
a todos los mundos que hemos considerado hasta ahora. Es decir, existe
una evidente correlación entre tamaño y densidad.
Sin embargo, fijémonos en la presencia de un “punto rebelde”
(el triángulo negro), que queda por completo fuera de esta
correlación. Este punto representa a Mercurio; nos encontramos
ante un planeta pequeño (de hecho, es el más pequeño
del Sistema Solar3), pero con una densidad casi tan alta
como la de la propia Tierra. ¿Por qué motivo?.
Un dato curioso es que Mercurio es el segundo planeta más denso
del Sistema Solar, por detrás únicamente de nuestro
planeta; pero la Tierra es más densa debido a la compresión
gravitacional, pues en un estado sin compresión la densidad
de la Tierra sería de 4,0 gr/cm3 y la de Mercurio
5,5 gr/cm3. ¿Por qué razón Mercurio
es tan denso?. La única explicación razonable de esto
es suponer la existencia de un núcleo de hierro muy extenso.
En el interior terrestre distinguimos clásicamente tres capas,
a saber: corteza, manto y núcleo. Para explicar la gran densidad
de nuestro planeta, mucho mayor que la de las rocas superficiales,
sólo cabe postular la presencia de un núcleo interno
de hierro y níquel, elementos estos muy densos, de forma que
compense la escasa densidad superficial y tenga lógica el valor
de 5,5 gr/cm3. Este núcleo, por otra parte, es ya
un hecho absolutamente comprobado, gracias a innumerables mediciones
geofísicas y a un gran número de evidencias o indicios
que apoyan su existencia.
En el caso de Mercurio, nos encontramos ante un problema análogo.
En la formación del planeta, los silicatos (generalmente los
constituyentes más abundantes de la corteza y el interior superficial
de un cuerpo rocoso) se separaron del hierro y del níquel poco
después de la constitución del planeta, mientras Mercurio
aún estaba en fase de fusión. Los elementos pesados,
al ser más densos, se hundieron hasta el centro, permaneciendo
los livianos en el manto y en la corteza. Si Mercurio estuviese formado
sólo por silicatos, su densidad global sería muy baja,
pero dado que es tan elevada, los científicos se han visto
obligados a dotar al planeta de un núcleo ferroso de extraordinarias
dimensiones, mayor incluso que el de nuestro propio mundo (recordemos
que la Tierra es casi tres veces mayor que Mercurio). En la actualidad
se cree que el núcleo de hierro domina tres cuartas partes
del diámetro del planeta, es decir, Mercurio posee un núcleo
de 1.800 kilómetros de espesor o más aún (figura
3), rodeado por una corteza de 500 a 600 kilómetros de grosor.
En Mercurio no existe manto como tal, sino que hay una diferenciación
neta entre el núcleo y la corteza, disminuyendo bruscamente
la densidad entre una y otra capa. |
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Así pues, Mercurio tiene un núcleo de
hierro más grande incluso que toda nuestra Luna (!). ¿A
qué puede deberse tan alta concentración de hierro?.
Según la hipótesis de la nebulosa protoplanetaria, a
partir de la cual nacerían el Sol y los planetas, los elementos
más pesados, como el hierro y el níquel, permanecieron
en las proximidades de la estrella recién formada, y los más
livianos, como el hidrógeno y el helio, fueron expulsados hacia
el exterior, donde con el tiempo se crearían los grandes planetas
gaseosos. De modo que hasta cierto punto es lógico encontrar
bastante hierro en Mercurio; sin embargo, ¿cómo consiguió
un planeta tan pequeño atrapar una cantidad tan enorme de este
material?. Se han propuesto algunas hipótesis para explicar
este elevado porcentaje de hierro respecto al de silicatos. Una de
ellas sugiere que durante la temprana formación del planeta,
Mercurio sufrió un impacto con un cuerpo de menores dimensiones,
que le despojó del manto menos denso, compuesto sobretodo por
silicatos. De ser así, Mercurio sería mucho mayor en
sus orígenes que en la actualidad, quizá tan grande
como la misma Tierra. Pero esto no es más que una hipótesis,
y ciertamente a día de hoy aún no estamos en condiciones
de saber si ésa fue o no la historia de Mercurio y el por qué
de la existencia de tanto hierro en su corazón.
Un hecho a tener también en cuenta es la casi total ausencia
de hierro en la superficie del planeta; al contrario que la Tierra,
la Luna o Marte, Mercurio no posee apenas hierro más allá
de su interior, lo cual complica más las cosas, si cabe. ¿Cómo
es posible un núcleo tan extenso de hierro y, en cambio, una
superficie libre de él?. En la Tierra, por ejemplo, hay hierro
porque surge fundido a través de grietas y volcanes superficiales,
desde las profundidades del manto. Cabe suponer que en Mercurio su
corteza también presenta hierro, pero aunque en la superficie
se hayan observado evidencias de fisuras y fracturas, por las que
es posible que hayan surgido alguna vez por ellas elementos fundidos,
resulta harto extraño no hallar trazas de estos materiales
pesados en la superficie. Quizá tengamos que esperar a la llegada
de la sonda espacial Messenger hasta las proximidades de Mercurio,
dentro de pocos meses, para que con los nuevos datos podamos salir
de dudas definitivamente.
Esta historia de Mercurio y su denso núcleo de hierro nos lleva
en otra dirección, igualmente sorprendente. Es comúnmente
aceptada la idea de que la presencia de un campo magnético
planetario necesita de dos requisitos imprescindibles: un núcleo
líquido y una rápida rotación. La Tierra posee
un campo magnético importante dado que tiene su núcleo
fundido y gira rápidamente sobre sí misma. Cuando se
llevaron a cabo cálculos para determinar, teóricamente,
si Mercurio tenía un interior sólido o líquido,
se constató que en el caso de estar solidificado completamente,
el planeta debería haber sufrido una contracción global
de 40 kilómetros, y no de 3 o 4 kilómetros, como se
observa en la superficie. No obstante, Mercurio es un planeta pequeño,
y es de suponer, como sucede en otros casos, que los mundos pequeños
pierden pronto su calor interno residual y su núcleo se compacta
y solidifica. Por lo tanto, he aquí la primera contradicción
entre teoría y observación.
Por otra parte, se supone que el campo magnético sólo
aparece en casos en los que el cuerpo en cuestión gira rápidamente,
pero Mercurio gira sobre sí mismo una vez cada 58,6 días,
es decir, lo hace con gran lentitud. Otra contradicción más.
Cuando se detectó el campo magnético de Mercurio, cuya
intensidad es una centésima del terrestre (es decir, bastante
notable para un cuerpo tan pequeño), los científicos
no sabían cómo afrontar esta ‘indisciplina planetaria’.
La teoría exige interior líquido y rotación veloz
para la presencia de un campo magnético; Mercurio, con su interior
sólido y su perezosa rotación, desafía los conocimientos
que tenemos acerca del magnetismo. ¿Es Mercurio tan sólo
una excepción que confirma la regla o, por el contrario, son
nuestras reglas las que están equivocadas?. De nuevo parece
que la única manera de encontrar una respuesta a esta pregunta
será confiar en la sonda Messenger. Con ella, quizá
por fin caiga el velo de este enigma planetario y podamos entender
mejor a uno de los mundos más enigmáticos del Sistema
Solar (figura 4) que, pese a su aparente insignificancia, aún
guarda para todos nosotros muchos misterios que esperan ser descifrados. |
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| 1Para quienes sientan especial interés
en estas cuestiones, detallo a continuación la fórmula
empleada generalmente para determinar la masa de un planeta que posee,
como mínimo, un satélite: |
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Donde M es la masa del planeta en cuestión,
corresponde
a la velocidad angular del satélite, R el radio medio de la
órbita del satélite, y G la constante de gravitación
universal. A modo de ejemplo, tomemos el caso de Saturno y su satélite
Titán. Su órbita tiene un radio de 1.222.000 kilómetros
(1,222x109 metros), y el periodo de revolución es
de 15,945 días, que corresponden a 1.377.648 segundos; multiplicados
por 2x3,1416 radianes, ya tenemos la velocidad angular. Sustituimos
estos valores en la fórmula y los elevamos al cubo y al cuadrado,
respectivamente, y luego lo dividimos todo entre G, que equivale a
6,6720x10-11, y obtendremos la masa de Saturno: 5,6x1026
kg, aproximadamente. |
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2 ,
donde r es el radio de la esfera. Por ejemplo, si queremos saber el
volumen de la Tierra, en la fórmula anterior debemos hacer:
r = 6.370 kilómetros.
Así obtenemos finalmente: V = 1.082.699.464.246 km3. |
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| 3Si no consideramos ya a Plutón
como tal; al descubrirse en julio de 2005 un cuerpo de mayores dimensiones
que Plutón en las afueras del Sistema Solar, la mayoría
de los investigadores ha decidido rebajar este mundo a la categoría
de planetoide. Sus características físicas y orbitales,
además, también sugieren que Plutón no tiene
mucho en común con los ocho verdaderos planetas. |
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| Gandía (Valencia), España, 29 de
Octubre de 2005. |
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