Mercurio: Caloris Planitia Jesús
Salvador Giner |
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En Mercurio abundan los cráteres;
de hecho, es el planeta del Sistema Solar con mayor números
de ellos por unidad de superficie. Entre los innumerables
hoyos dentro de sus límites, destaca la gran cuenca
«Caloris Planitia», una enorme formación
que abarca casi una tercera parte del planeta. |
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a exploración
directa de Mercurio, llevada a cabo por la sonda Mariner 10
entre los años 1974 y 1975, permitió obtener un mapa
general de alrededor del 40% de su superficie. Hubo muchas formaciones
dignas a destacar, aunque en un primer momento a muchos científicos
Mercurio sólo les sugirió una segunda Luna, como un
hermano mayor de nuestro satélite situado en las proximidades
del Sol. A grandes rasgos, Mercurio era un mundo por entero craterizado.
De entre las características geológicas más destacables
sobresalía una enorme cicatriz circular, visible tan sólo
en una pequeña parte, que parecía una gran cuenca de
impacto, situada en 30ºN y 170ºE. Denominada Caloris
Planitia, la formación alcanzaba unas dimensiones de más
de 1.300 kilómetros de diámetro (figura 1). ¿Cómo
y cuándo se formó? |
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Antes de explicar el origen de tan estupenda estructura,
debemos entender por qué Mercurio presenta una superficie como
la que observamos. Dos factores son fundamentales a este respecto:
la ausencia de atmósfera en Mercurio y la presencia del Sol
a tan corta distancia.
El primero de estos factores se relaciona con el poder transformante
que una atmósfera tiene en relación con la superficie
que engloba. Es decir, todos los mundos del Sistema Solar con una
atmósfera de cierta entidad (se entiende, una atmósfera
densa) han visto modificadas sus superficies a lo largo del tiempo
de una u otra manera.
Una atmósfera no es más que un estrato gaseoso de composición
química variable y densidad menor a medida que aumenta la altitud;
que unos planetas la tengan y otros no obedece a la distinta gravedad
que los cuerpos poseen: cuanto más masivo sea un mundo, mayor
probabilidad tendrá de retener los gases que forman la atmósfera.
Así, en general, los planetas y satélites pequeños
no conservan rasgos atmosféricos, mientras que otros mayores
sí lo hacen. Aunque haya otros motivos a tener en cuenta, no
solamente el tamaño y la masa de los cuerpos1, lo
cierto es que no se ha encontrado jamás un objeto poco masivo
con atmósfera, ni uno con mucha masa sin ella2.
Lo que se deduce de todo esto es que un cuerpo pequeño tiende
a perder con rapidez su envoltura gaseosa, ya que es incapaz de retener
las moléculas que la forman al carecer de la suficiente gravedad
y, en cambio, planetas como el gigante Júpiter, son tan masivos
que generan una gravedad enorme y dificultan el escape de las moléculas
gaseosas, incluso las más livianas.
Mercurio, al tratarse de un mundo pequeño y estar cerca del
Sol, no tuvo por tanto suerte y su superficie quedó desnuda
a los ojos ajenos desde los primeros tiempos de vida del Sistema Solar3.
El hecho de poseer atmósfera es, como hemos dicho, muy importante
a la hora de poder llevarse a cabo una transformación superficial
importante. Para ilustrar esto podemos contemplar lo distintas que
son las superficies de nuestro planeta y la Luna. Dado que la Tierra
es un mundo rocoso con una masa y un diámetro bastante considerables,
ha podido retener una atmósfera de cierta importancia desde
hace miles de millones de años. La atmósfera es un agente
geológico maravilloso: en la Tierra, permite la presencia de
agua en sus tres estados (sólido, líquido y gaseoso),
los cuales realizan una importantísima función de remodelación.
Huellas del pasado remoto en la Tierra han sido borradas, rellenas
y modificadas gracias a la acción del agua4. En
la Luna, en cambio, la ausencia de atmósfera ha sido la responsable
de que veamos estructuras y formaciones antiquísimas, del orden
de miles de millones de años: cuencas de impacto, fracturas,
cadenas montañosas, y la mayoría de los cráteres
se remontan a los primeros instantes de vida de la Luna; tras ese
periodo de intensos cambios, ningún fenómeno superficial5
ha vuelto a modificar la faz de nuestra compañera cósmica.
Por lo tanto, un suceso que quede hoy marcado en la superficie de
un mundo sin atmósfera permanecerá inalterado durante
muchísimo tiempo, a no ser que agentes externos, tales como
impactos de meteoritos o el choque del viento solar con la superficie,
lo transformen. Exactamente lo mismo sucede en el caso de Mercurio.
El segundo de los factores que comentábamos para entender por
qué Mercurio presenta un rostro tan profusamente craterizado
guardaba relación con el Sol. Lógicamente, y como todos
sabemos, el Sol es el motor gravitatorio del Sistema Solar, puesto
que con su enorme masa genera una gravedad tan intensa que obliga
a todos los demás cuerpos a rotar en torno suyo. Recordemos
que el Sol tiene una masa 330.000 veces la de la Tierra y mil veces
mayor que la de Júpiter. Lo que esto nos dice es que objetos
con órbitas no estables o características físicas
muy concretas (como cometas, asteroides o meteoritos) se verán
atraídos hacia al Sol con mucha facilidad, tendiendo a aproximársele
demasiado; el resultado es que, con facilidad, acabarán siendo
absorbidos en los ríos de plasma que forman el Sol. Sin embargo,
muchos otros, en su viaje hacia ese fatal destino, serán interceptados
por los planetas, que también generan un pozo gravitatorio
relativamente intenso. Como es comprensible, cuanto más cerca
esté el planeta del Sol más probabilidades de cortar
el paso a los ‘proyectiles’.
En resumen, si Mercurio presenta una faz tan intensamente castigada
por los impactos, tanto de cometas como de asteroides o pequeños
meteoritos, es porque carece de atmósfera que filtre los más
pequeños (como sucede en la Tierra) y que, con el tiempo, borre
las huellas superficiales de los más grandes y, también,
porque al estar tan cerca del Sol se encuentra en el punto de mira
de multitud de estos cuerpos que tienen el final de su camino en nuestra
estrella. Una vez entendemos el motivo de la existencia en Mercurio
de tantos miles de cráteres y formaciones antiguas, podemos
regresar al motivo central de este artículo, la cuenca de impacto
Caloris Planitia (figura 2). |
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Dados nuestros conocimientos acerca del material cósmico
presente en los alrededor del Sol, no constituyó ninguna sorpresa
encontrar muchos cráteres en Mercurio, ni tampoco estructuras
de cierto tamaño, como cuencas de impacto, fracturas, escarpes
u otras formaciones similares. Las cuencas de impacto estaban casi
todas ellas rellenadas por material que, seguramente, afloró
tras las colisiones con los cuerpos impactores; la lava debió,
pues, fluir por un tiempo relativamente largo en la superficie de
Mercurio, hasta que el posterior bombardeo, a lo largo de millones
de años, ha ido cubriendo de impactos menores el área
abarcada por estas cuencas.
Como detectives planetarios, los geólogos han reconstruido
la historia de Mercurio en general, y la de Caloris Planitia en particular.
Esta historia conjunta se describe de la siguiente manera: el planeta
nació, como los otros mundos mayores del Sistema Solar, hace
aproximadamente 4.600 millones de años. Poco después
de su constitución inicial, aún pululaban por el espacio
interplanetario enormes planetésimos, algo así
como los desperdicios no usados en la formación del Sol y los
planetas, que vagaban sin rumbo a grandes velocidades y chocaban con
violencia contra los objetos mayores. Estos impactos se reproducían
en cualquier planeta del Sistema, desde Mercurio hasta Neptuno, y
liberaban suficiente energía para hacer que capas de material
más profundo, en estado fluido, ascendiera hasta la superficie
y, a través de las grietas y las fallas consecuencia de los
impactos, alcanzara la superficie de los planetas. Mercurio también
sufrió estos impactos, y a tenor de las marcas mostradas en
su rostro, parece ser que incluso cabe la posibilidad de que su superficie
estuviese completamente derretida en algún momento, hace unos
4.000 millones de años. Es posible encontrar en Mercurio signos
de fenómenos geológicos que son habituales tras la solidificación
de una superficie6 (figura 3). |
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1 Uno de ellos es, precisamente, el otro
de los factores que íbamos a citar: la cercanía del
Sol. En efecto, si un mundo está próximo a su estrella
madre, ésta calentará tanto las moléculas de
su hipotética atmósfera que acabarán excitándose
y moviéndose a grandes velocidades, con el resultado de que
pueden escapar de la atracción gravitatoria que el planeta
ejerce sobre ellas y, así, ser liberadas al espacio exterior.
Puede, incluso, que un mundo de ciertas dimensiones (tal como un planeta
gigante gaseoso) se vea privado de su atmósfera si su situación
es demasiado cercana a la estrella a la que orbita.
2 Echemos un vistazo al Sistema Solar planetario, por ejemplo:
los cuatro planetas interiores poseen atmósferas densas en
sólo dos casos (los cuerpos más masivos, Venus y la
Tierra), y los otros dos o bien no la conservan (Mercurio) o bien
es muy tenue (Marte); y, por su parte, en el reino de los planetas
gigantes todos sin excepción poseen una atmósfera densa
(de hecho, es casi enteramente su componente constitutivo, pues únicamente
presentan en su interior más profundo un núcleo sólido;
el resto es pura atmósfera). Una excepción a esta ‘regla’
la constituye Titán, la mayor luna de Saturno, con unas dimensiones
bastante reducidas (sólo un poco mayor que Mercurio) pero envuelta
por una espesa atmósfera de nitrógeno y argón,
tan densa que de hecho impide la observación directa de la
superficie del satélite.
3 No obstante, durante una exploración telescópica con
espectrómetro del planeta en 1985, se observó la presencia
de dos líneas de emisión de sodio, así como de
potasio, que sugieren la existencia de una muy tenue atmósfera
(quizá temporal) de estos elementos. Además, los análisis
de la Mariner 10 evidenciaron también la presencia de átomos
de helio, hidrógeno y oxígeno, aunque en proporciones
que prácticamente pueden considerarse vacío (4.500 átomos
de helio y 8 de hidrógeno por centímetro cúbico).
4 Y, también, a la tectónica de placas.
5 Excepto los causados por el enfriamiento posterior de la corteza
(tanto en la Luna como en Mercurio).
6 Por ejemplo, ciertas estructuras rectilíneas (figura 3) que
posiblemente son el resultado de una rápida solidificación
cuando el planeta rotaba más rápido que en la actualidad;
en estas condiciones el planeta tendría un bulbo ecuatorial,
el cual iría poco a poco conformándose hacia la esfericidad
a medida que Mercurio perdía velocidad de rotación.
Cabe la posibilidad de que estas estrías se formasen al ir
la superficie acomodándose a este cambio de fisonomía
global, y dado que no se superponen a la cuenca Caloris, esto nos
indica que son anteriores a su formación, es decir, como mínimo
tienen 4.000 millones de años. |
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